A ritmo de purga

Santiago Alonso


En estos tiempos de Twitter y Facebook en los que un despiadado régimen dictatorial como el norcoreano es fuente de chascarrillos para consumo de la aldea global, mientras que, ya de paso, se genera despreocupadamente munición gratis en una guerra de propaganda muy bien diseñada, el estreno de La muerte de Stalin supone un ejemplo sobresaliente de que la sátira política con entidad y hondura es todavía posible, incluso mirando hacia el totalitarismo. Convertido ya en maestro actual del género, Armando Iannucci ha concebido una comedia muy negra y alocada en la que el propósito es divertir, pero también mostrar una cara particularmente desoladora de la humanidad; por ello, en ningún momento pierde la perspectiva de que el material manejado contiene el sufrimiento de un pueblo y una carga de horror inconmensurable. Tanta muerte y crueldad, sin duda, no se puede explicar con la brevedad de un chiste.

La cinta tiene su origen en dos tebeos de los franceses Fabian Nury y Thierry Robin, trabajos que, partiendo de una consistente documentación histórica, cuentan en clave de ficción política la lucha por el liderazgo en la cúpula dirigente soviética tras el fallecimiento del “padre de los pueblos”. Iannucci intensifica los aspectos humorísticos de un relato ya de por sí con episodios verídicos que entran de lleno en lo ridículo —Stalin agonizaba entre orines en el suelo de su despacho, ¡pero los guardias estaban demasiado asustados como para entrar a ver qué pasaba!—, al tiempo que caricaturiza ostensiblemente a los personajes respecto a como los mostraba el tebeo. El cineasta construye y diferencia así las personalidades de tanto sujeto inquietante. Los principales participantes de tanta intriga son Krushchev, Malenkov, Molotov y Beria, interpretados a las mil maravillas por Steve Buscemi, Jeffrey Tambor, Michael Palin (el miembro de Monthy Python sigue en forma) y Simon Rusell Beale respectivamente. La imponente composición que hace este último del jefe de NKVD, cuya eficaz mano para poner a funcionar el terror no tenía parangón, es de esas que no se olvidan.

El director escocés plantea todo con el ritmo y los estallidos verbales a veces de vértigo que ya demostró manejar a la perfección en la serie The Thick of It (2005-2012) y en el largometraje In the Loop (2009), derivado de la misma. Momentos como el raudo montaje a modo de danza que muestra una purga a pleno rendimiento, la expectación ante el gesto de Molotov durante una reunión decisiva o el problemático cambio de posiciones cuando los protagonistas custodian en público el féretro del dictador son ejemplos del nivel que alcanza La muerte de Stalin. Y su desenlace, que acentúa la expresividad grotesca de la película hasta aproximarse al Goya más oscuro y culmina con la imagen de unas cenizas esparcidas por el aire, certifica que estamos ante una obra mayor.

Diseccionando los gabinetes de vicepresidencia del Reino Unido y de Estados Unidos o los engranajes del autoritarismo, Iannucci demuestra que la sátira funciona todavía como una de las pocas herramientas lúcidas que nos quedan, entre tanta distorsión y tanto guirigay mediático, para entender cualquier centro de poder político.



 

LA MUERTE DE STALIN

Dirección: Armando Iannucci

Intérpretes: Steve Buscemi, Jeffrey Tambor, Michael Palin, Simon Rusell Beale, Olga Kurylenko, Paddy Considine

Género: sátira política, comedia negra. Francia, Reino Unido, Bélgica, 2017

Duración: 96 minutos

 


 

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