Acelerando el motor de la historia

Jaime Lorite


Ministro de Cultura de su país a finales de los noventa, el compromiso del haitiano Raoul Peck con la justicia social recorre su filmografía. Durante años, Peck ha trasladado al cine importantes acontecimientos de la historia moderna de África, con dos películas dedicadas a la vida del héroe anticolonialista congoleño Patrice Lumumba –el documental Lumumba: La muerte de un profeta (1993) y el biopic Lumumba (2000)– o una crónica del genocidio en Ruanda, narrada desde el impacto que la escalada de odio tuvo entre familiares y amigos –Siempre en abril (2005). El recorrido le llevaría a interesarse más tarde por la lucha de la población negra en Estados Unidos contra las leyes de segregación, a la que dedicó en 2016 su trabajo más contundente y reconocido: I Am Not Your Negro, brutal estallido de rabia que denunciaba la vigencia de los abusos policiales y del racismo en la sociedad, a partir de un texto inacabado (y, pese a haberse escrito décadas atrás, terriblemente actual) de James Baldwin. Ahora, en El joven Karl Marx, el director cambia nuevamente de objeto de atención y dedica un riguroso drama a los inicios del autor de El capital (1867–1894). La elección tal vez pueda resultar llamativa, pero nunca desconcertante.

Peck, de hecho, ya dedicó en el año 2000 un mediometraje documental a redefinir la lucha de clases en el contexto del nuevo orden mundial, Le profit et rien d’autre!, centrado en la situación de Haití. No ha sido su único esfuerzo en esa línea: después del terremoto de 2010, el cineasta ha firmado otro documental y un largo de ficción denunciando el desigual reparto del dinero (supuestamente de ayudas) entre la sociedad civil y el derrocamiento simbólico de las instituciones, impotentes ante la toma de control de organizaciones extranjeras más poderosas. A través de su nueva película, igual que en I Am Not Your Negro, el haitiano mira al pasado para entablar un diálogo directo con la actualidad.

El joven Karl Marx arranca con el traslado del genio a París, junto a su mujer Jenny von Westphalen, después de un choque con las autoridades prusianas producido por un artículo donde Marx atacaba a la monarquía. La llegada del filósofo a la Ciudad de la Luz marcará un antes y un después para el movimiento obrero gracias a su asociación con Friedrich Engels. Crítico del idealismo, el socialismo utópico, el materialismo contemplativo y la filosofía abstracta, Marx poco a poco dará forma al concepto del materialismo histórico como herramienta para transformar el mundo, punto del que partirá junto a Engels para enfrentarse a la desfasada intelectualidad revolucionaria del momento y reorganizar a un proletariado derrotado, dividido y totalmente desesperanzado. El biopic que ha erigido Peck en torno al pensador no va, por tanto, encaminado a narrar su vida ni a conformar una especie de inane y superficial resumen del denso corpus de su obra: la película es el relato de cómo dos teóricos, dentro de la catastrófica crisis humanitaria que azotaba a toda Europa, asestaron una estocada letal al viejo mundo y a los restos de un Antiguo Régimen cuyos privilegios, simplemente, no habían hecho más que pasar de unas manos a otras.

No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que el diálogo planteado por el director y guionista apela a los desafíos de la izquierda actual, con una clase obrera cada vez menos identificada con quienes la representan y unos viejos partidos socialdemócratas perdidos para la causa. Resulta enormemente curioso que en El joven Karl Marx, sin que queden fuera de campo las durísimas condiciones de vida de los trabajadores fabriles o los desvergonzados (y todavía muy escuchados) argumentos de los explotadores de niños, los conflictos que se narren con más pasión sean las luchas intestinas de Marx y Engels contra anarquistas y utópicos. Es infrecuente encontrar títulos dedicados a grandes figuras intelectuales que asuman la complejidad del pensamiento del protagonista como lo hace este: el debate de ideas es el centro de la película, pero, lejos de aturullar a nadie, Peck demuestra una extraordinaria capacidad para hacerlo tan acalorado y emocionante como los mejores profesores. El enorme triunfo de este trabajo no se queda ahí. El cariño con que el haitiano retrata la solidaridad entre los desfavorecidos, la camaradería entre los compañeros de trinchera más allá de matices ideológicos y el respeto horizontal de hombres a mujeres, sin relación de poder, sino con el mismo afecto mutuo y ganas de luchar –destacando el importante papel que la película reserva a Jenny y a la mujer de Engels, mucho más que comparsas–, hacen de El joven Karl Marx una obra profundamente conmovedora. Su energía como vehículo ideológico, didáctico y discursivo la hace también indudablemente relevante.

Lejos del sentimentalismo de otros directores que se prodigan en el cine de denuncia, las dos últimas películas de Raoul Peck se alzan como rotundas, necesarias llamadas a la reorganización de los subyugados y a la acción.


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Cartel El joven Karl Marx.jpg

 

EL JOVEN KARL MARX

Dirección y guion: Raoul Peck

Intérpretes: August Diehl, Stefan Konarske, Vicky Krieps, Olivier Gourmet, Hannah Steele, Eric Godon, Rolf Kanies.

Género: drama. Francia, 2017.

Duración: 118 minutos.

 


 

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