El Sena teñido de rojo

Daniel Pérez Pamies


En El narrador, Walter Benjamin escribía que “morir, en el curso de los tiempos modernos, es algo que se empuja cada vez más lejos del mundo perceptible de los vivos”. Un proceso de alejamiento que se vio acelerado desde el siglo XIX con el objetivo subconsciente de “facilitarle a la gente la posibilidad de evitar la visión de los moribundos”. Desplazado, fuera de un discurso oficial cada vez más aséptico, el sida sacudió la década de los ochenta como una pandemia silenciosa —o más bien silenciada—, que aparentemente solo afectaba a los sectores marginales de la sociedad. Una zona a las afueras desde la que emergieron grupos de acción directa como ACT UP, decididos a llamar la atención sobre la enfermedad y sus víctimas, exigir responsabilidades políticas, presionar a las farmaceúticas y aumentar las campañas de prevención.

120 pulsaciones por minuto, la película de Robin Campillo, aborda los primeros años y acciones de uno de estos grupos, Act Up-Paris, para sacudir en un doble gesto (concretado en esos globos de sangre falsa convertidos en arma arrojadiza) el discurso más reaccionario y anquilosado alrededor de la enfermedad. Frente a propuestas de voluntad más lacrimógena y pudorosas, como podrían ser Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013) o la recurrente Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), 120 pulsaciones por minuto no esquiva la tragedia, pero es ante todo una celebración de la vida. Los colores y el confetti vuelan por los aires junto con cualquier tabú. Entre luces y sombras, Campillo filma las relaciones sexuales como los bailes de discoteca -y viceversa. Las reuniones asamblearias de ACT UP, en un aula que da cuenta de la naturaleza de un movimiento prácticamente estudiantil, se alternan en el montaje con las maniobras activistas. Vida pública y privada se entrecruzan, por ejemplo, con el romance entre el recién llegado Nathan (Arnaud Valois) y el enérgico Sean (Nahuel Pérez Biscayart), enfermo de sida. Es este último personaje, enfrentado al abismo de la muerte sin renunciar nunca a la lucha, sobre el que podrían recuperarse una vez más las palabras de Benjamin pues “es ante nada en el moribundo que, no sólo el saber y la sabiduría del hombre adquieren una forma transmisible, sino sobre todo su vida vivida, y ése es el material del que nacen las historias”.

El discurso cinematográfico, a través de esta película a caballo entre el documental y la ficción, se presenta como el medio por excelencia para rescatar una historia marginal, para dar voz a unos activistas que, entre sus maniobras, fantaseaban con reivindicaciones tan quijotescas como teñir el Sena de rojo. Una propuesta prácticamente inviable que ahora el cine es capaz de recoger, como un guante, para convertirlo en un impactante gesto visual, en una metáfora en la que convergen el fluir de la vida, las víctimas y el tiempo. Todo aquello que Campillo saca a flote para un retrato alejado de los llantos de las plañideras. La imagen perfecta para contener una película cuyo único inconveniente podría ser el exceso de minutos, no de pulsaciones.



 

120 PULSACIONES POR MINUTO

Dirección: Robin Campillo.

Guion: Robin Campillo, Philippe Mangeot.

Intérpretes: Nahuel Pérez Biscayart, Adèle Haenel, Yves Heck, Arnaud Valois,Emmanuel Ménard, Antoine Reinartz, François Rabette.

Género: drama. Francia, 2017.

Duración: 143 minutos.

 


 

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