La penas con vino son menos


El vistoso comienzo de Nuestra vida en la Borgoña, la nueva película del francés Cédric Klapisch, con las esplendorosas y cambiantes vistas de las cepas borgoñonas durante las cuatro estaciones, podría ser parte de un documental de cualquier museo del vino. Pronto descubrimos, sin embargo, que en medio de ese paisaje cálido y acogedor laten profundas pasiones familiares que sacará de su letargo el hijo pródigo Jean (Pio Marmaï), que regresa a la heredad y a la familia de las que hace años quiso escapar, y que será el encargado de narrar ese retorno y sus razones. De este modo, y desde el principio, Klapisch nos sitúa en el marco geográfico, social y personal que rodeará el relato.

El esquema recuerda bastante al de otra película de Klapisch, Como en las mejores familias (1996, con guion de Agnés Jaoui y Jean-Pierre Bacri). Como en ésta, Nuestra vida en la Borgoña parte de la historia de tres hermanos, dos hombres y una mujer, que media entre los varones. Juntos han de enfrentarse a su futuro personal y profesional teniendo siempre presente el pasado familiar (que, como en la cinta de 1996, se nos muestra por medio de flashbacks aclaratorios) y las relaciones con sus progenitores (sobre todo el padre). Sin embargo, a pesar de las tensiones y las constantes explosiones de furia o tierna emotividad entre los hermanos, se diría que en Nuestra vida en la Borgoña la hermosura del entorno y la comicidad de algunas situaciones acaban atemperando todo, y lo que en Como en las mejores familias hacía saltar chispas e incluso afiladas esquirlas, aquí se torna en un discurso que, contradiciendo incluso lo que dicen y manifiestan los personajes, aboga sin ambages por una idílica comprensión de los semejantes, sean o no hermanos, alcanzando niveles de absoluta inverosimilitud en las relaciones entre vinateros y vendimiadores.

Kaplisch, siempre agudo en su análisis de los personajes y con un excelente tino para elegir y dirigir a sus actores (Ana Girardot y François Civil brillan especialmente) está aquí más cerca de la levedad de Casa de locos (2002) que del mordiente que aportaba, aunque fuera con humor, la pareja Jaoui-Bacri. Sus constantes temáticas siguen patentes: una necesidad de escapar, aunque sea a través de pequeñas rebeldías, del propio destino y de quienes nos lo imponen, que convive con la imposibilidad de la huida, porque es imposible huir de uno mismo. Sin embargo, el empeño por retratar a los personajes a través de los ciclos de la producción del vino acaba trasmitiéndonos la sensación de que a la película le interesa más describir pormenorizadamente cómo se despalilla o pisa la uva que ahondar en las relaciones de sus protagonistas.

Vista en el contexto de otros atribulados reencuentros fílmicos entre hermanos, y al contrario que La familia Savages de Tamara Jenkins (2007), Margot y la boda de Noah Baumbach (2007) o Solo el fin del mundo, de Xavier Dolan (2016), la agitada Arcadia que Cédric Kaplisch describe en Nuestra vida en la Borgoña resulta agradable al paladar. Y ello se debe a la ágil puesta en escena que caracteriza a este director, a la soltura del guion (escrito a medias con el argentino Santiago Amigorena) y a la eficacia de los actores. Pero a esta nueva película del francés le falta un toque de acidez. Tiene poco cuerpo y le sobra fruta en el paladar.



 

NUESTRA VIDA EN LA BORGOÑA

Dirección: Cédric Klapisch.

Intérpretes: Pio Marmaï, Ana Girardot, François Civil, María Valverde, Jean-Marc Roulot.

Género: drama. Francia, 2017.

Duración: 113 minutos.

 


 

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