El juego de las comparaciones


Si se mantiene fresco el recuerdo de El seductor de Don Siegel, es casi imposible no establecer un continuo juego automático de comparaciones mientras se está viendo La seducción, la nueva versión que Sofia Coppola ha rodado casi medio siglo después. Es algo que parece algo asumido por parte de la cineasta, e incluso quién sabe si directamente pretendido, desde el momento en que no solo toma como referencia la novela original de Thomas P. Cullinan, sino que declara en los títulos de crédito que se ha basado de igual manera en el texto escrito por Albert Matz e Irene Kamp para Siegel. En cualquier caso, aunque al final no queden muy claras las razones por las cuales ha entablado este diálogo artístico la directora de las Las vírgenes suicidas y María Antonieta, vemos que no pretende enmendar la plana a nadie ni plantear un remake siguiendo conveniencias de estudio o directrices de mercado.

Poco o nada cambia en la esencia de la historia del nordista malherido, en territorio perteneciente todavía a La Confederación, a quien acogen y curan las mujeres de un internado. La disposición de las secuencias no varía, muchas líneas se repiten y la presencia masculina acaba desatando las mismas pasiones, con sus consecuencias fatales, dentro del grupo de devotas cristianas –niñas, adolescentes e institutrices – que ven cómo saltan por los aires sus quietudes y se abren las puertas que habían retenido las pulsiones de los deseos. La seducción no deja de ser en ningún momento el mismo drama malévolo que transcurría durante la guerra de Secesión y cobraba intensos tintes de gótico sureño. La diferencia estriba en que Coppola lo realiza con otros medios diametralmente opuestos a los de la primera cinta: clasicismo cinematográfico y (mucha) frialdad, el gusto por un arte pictórico y una vestuario que se aproximan mucho a una estética dieciochesca tardía, frente al espíritu febril y jaranero, a los sudores pringosos y el carácter alucinatorio que mostraba Siegel a principios de los años setenta.

En 2017 se transmite mejor la idea de un descomunal espacio cerrado, y hay sentimientos en la protagonistas que se explican sin necesidad de voces en off ni flashbacks. En general, se ofrece una imagen más compacta del colectivo femenino protagonista. Y no deja de resultar llamativo el retrato bastante menos canallesco del galán que encarnaba Clint Eastwood (aquí Collin Farrell, un actor que gana bastante en los papeles de época, como ya demostró en La señorita Julia), o la decisión de eliminar al personaje de la criada, con lo que conlleva de evitarse cuestiones racistas. Al final, sin embargo, las variaciones tampoco aportan nada sustancial y parecen apuntes destinados a mostrar una seña de identidad, pero sin que den un giro a los significados. El espectador sentirá que ha sido invitado sin más a comparar sensibilidades artísticas. Y la duda consistirá en determinar si la contención y la elegancia han servido de vehículos para la emoción turbia; si el juego ha resultado demasiado cerebral y etéreo, cuando el relato parecía pedir que los fotogramas exudaran sustancias malsanas.



 

LA SEDUCCIÓN

Dirección: Sofia Coppola.

Intérpretes: Nicole Kidman, Kirsten Dunst, Elle Fanning, Colin Farrell.

Género: drama.

Estados Unidos, 2017

Duración: 93 minutos

 


 

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