La niña que no lloraba


Ya desde el prólogo de Verano 1993, la pequeña Frida acapara el centro de nuestra atención. Algo sucede, sin embargo, a su alrededor. Se encuentra en una casa repleta de adultos. Apenas vemos sus caras dentro de plano. Entran y salen de las habitaciones, van de un lado para otro, desmontando un hogar y una vida que ya no existen, hablando a media voz como si la niña no pudiera escuchar. Pese a tener tanta gente al lado y que todo lo que hacen los mayores es por ella, Frida se siente sola. Posiblemente ni siquiera nosotros, los espectadores, la acompañamos aunque capitalice presencial y emocionalmente la pantalla, porque intentamos reconstruir lo que sucede con los retazos de lo que oímos y lo poco que vemos. A Frida se le ha muerto la madre a los seis años y, como ya había perdido al padre tiempo atrás, tiene que marcharse a otro lugar. Los presentes la quieren muchísimo, la miman, pero preparan el cambio. Su casa no será ya su casa. Su vida ya no será su vida. Al rato, sale a la calle ya de noche a jugar con otros niños. Uno de ellos le pregunta que por qué no llora. Más tarde la meten un coche. Cambia la secuencia y la transición nos ha conducido, a ella y a nosotros, hasta el campo, hasta la luz del día. Comienza el desamparo de Frida, y también el largometraje con el que la directora Carla Simón debuta a lo grande, tal y como certificaron a principios de año los éxitos cosechados en los festivales de Berlín (Mejor ópera prima) y Málaga (Biznaga a la Mejor película).

Simón se instala y rebusca en un fondo abiertamente autobiográfico, habiéndose marchado a rodar, incluso, al mismo pueblo de La Garrotxa gerundense donde fue a vivir con sus tíos cuando se quedó huérfana a la misma edad de Frida. Apuesta por la representación naturalista como la mejor manera para plasmar los recuerdos, creando ella misma una familia a imagen y semejanza de aquella verdadera que nació durante un verano de su niñez. Con ese objetivo, ha juntado cuatro presencias en pantalla que construyen un inusual motor entre la actuación profesional (los adultos) y la espontánea (las pequeñas). A la omnipresente e inolvidable Laia Artigas en la piel de la protagonista hay que sumar a Paula Robles, que es la hermanilla, y a los intérpretes profesionales que encarnan a la nueva madre y al nuevo padre, Bruna Cusí y David Verdaguer. Entre los cuatro generan la ilusión de que asistimos, sin ningún artificio de por medio, a pedazos de vida extraídos de cuajo: tanta es que no asoma traza alguna de la complicadísima preparación que lógicamente hay por detrás.

Si la sensación de veracidad le confiere una dimensión artística tan difícil de cuestionar a esta historia de soledad y espera, la asombrosa capacidad de Carla Simón para analizar y mostrar la psicología infantil la engrandece todavía más. Aunque todo adulto haya sido niño, trazar un mapa de los sinuosos vericuetos en el comportamiento de un menor no está al alcance de cualquiera. Hasta para aquel que cuenta una experiencia personal de la infancia tan traumática. Este quizás sea el mayor mérito de una directora que ha regalado al público una hermosa película que responde a la pregunta de por qué aquella niña del pasado no lloraba.



 

VERANO 1993

Dirección: Carla Simón.

Intérpretes: Laia Artigas, Paula Robles, David Verdaguer, Bruna Cusí.

Género: drama. España, 2017

Duración: 97 minutos.

 


 

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