De La Moraleja a Lavapiés


Selfie contiene muchas secuencias, destacando entre ellas la de cierre, que certifican la idea que planea a lo largo de toda la función: Víctor García León (Más pena que gloria, Vete de mí) se ha puesto muy azconiano en su propósito de hacer un retrato de la realidad española actual. El director y guionista habla acerca de la crisis (esa que pronto cumplirá una década de existencia) y el momento político (la tensión entre lo viejo y lo nuevo) realizando observación de costumbres, mientras cubre un arco ambiental que discurre entre dos polos. Parte de la acomodada urbanización para ricos y llega al viejo barrio popular que habitan los empobrecidos o los abiertamente desheredados, como son jóvenes e inmigrantes, para dar una visión en clave de humor, tirando hacia lo amargo y grotesco, de las miserias humanas que hay en ambos lugares.

Acapara la centralidad casi absoluta del relato el personaje de Bosco (Santiago Alverú), hijo de papá ministro y pijo de manual, que de un día a otro ve cómo su mundo se derrumba, pues la lucha de los jueces contra la corrupción torpedea y hunde la Arcadia familiar. Caído del cielo y directo al lodazal de los mortales, el joven debe sobrevivir por las calles de Madrid, sin ayuda de nadie ni un duro en el bolsillo. Si al inicio ya se le pintaba como figura irrisoria, el camino de muy poca perfección que emprende a lo largo del filme hará de Bosco un mamarracho supino.

El metraje se articula mediante el juego de reproducir imágenes supuestamente reales, con equipo de grabación que sigue, y veces interroga, a Bosco en su periplo a través de un universo regido por una sola constante, aquella que emana de la vida de barrio: la precariedad, ya sea laboral, anímica o sentimental. Y la excusa narrativa de encontrarnos ante un documental sobre la vida del protagonista se refuerza, además, con la inclusión de auténticas filmaciones in situ, cuando la acción se traslada a mítines políticos de Podemos y el Partido Popular. Son momentos propios de un cine de guerrilla que tuvo sus buenos momentos en España durante los años setenta – recuérdese Tigres de papel de Fernando Colomo, con sus escenas rodadas en medio de las elecciones de 1977 – y que últimamente vuelve a brillar con luz propia, aunque sea en los márgenes de la industria.

Y como decíamos, Selfie basa lo mejor que tiene en reeditar las maneras que caracterizaban a Rafael Azcona, que afloran del todo, como colofón, en la escena final. Salen de la historia Bosco y los dos secundarios más destacados, ambos de la cuerda ideológica opuesta a la del pijo. Veremos caminar a unos personajes ridículos y miserables que al final provocan ternura, mientras se destila un escepticismo desolado. Pero, ¿son suficientes esta sustancia y estos modos, tal y como se han empleado, para articular un largometraje de casi noventa minutos? En el presente caso no lo son, porque el recurso al falso documental ya se ha agotado hacia la mitad de la película (tampoco tiene una justificación argumental: ¿quién y por qué graba?), la composición de los mentados secundarios se queda muy atrás respecto a la del protagonista y, en general, el propósito de retratar dos España monolíticas resulta burdo y simplista. El esquematismo hace que la panorámica que va de La Moraleja a Lavapiés tenga un recorrido más corto que el anunciado.



 

SELFIE

Dirección: Víctor García Léon.

Intérpretes: Santiago Alverú, Clara Alvarado, Javier Claramiñana.

Género: comedia, tragicomedia . España, 2017.

Duración: 85 minutos.

 


 

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