Perfección matemática


El tema de la consecución del deseo a través de la representación es posiblemente uno de los pilares de la ficción, por no decir su precedente, si lo vemos desde el prisma psicoanalítico. En comedia cinematográfica, que es de lo que hemos venido a hablar, parece claro que la referencia de autoridad sería El moderno Sherlock Holmes (1924), una de las obras maestras de Buster Keaton. Para quien no la tenga fresca en la memoria, recordamos: un proyeccionista se queda dormido frente a la pantalla del cine donde trabaja, y en su sueño –que toma como base la película que está proyectando: una de detectives– resuelve la trampa que le ha tendido un rival ante la chica que ambos pretenden cortejar, al acusarle falsamente de un robo que, en realidad, ha perpetrado éste. En Una noche en la ópera, el entuerto romántico que sostiene la película se ve finalmente zanjado sobre las tablas de un escenario, cuando un obligado cambio en el reparto de la obra que va a representarse permita el encuentro entre los amantes. Habría que preguntarse si en esto, o en el bastante simbólico concepto de los hermanos Marx poniendo patas arriba un espacio tan sacro como la ópera, tuvo algo que ver la presencia sin acreditar del propio Buster Keaton como guionista invitado, o solo es una simple coincidencia.

Finalizado su periplo en Paramount, y con las orejas gachas por la decepción comercial y crítica de Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933) (una decepción que, comentábamos, el tiempo revertiría de forma inesperada), los Marx fueron contratados por Irving Thalberg para MGM, sin quedarles más remedio que asumir la batería de cambios que el productor estrella creía que necesitaban. Thalberg consideraba que la clave para hacer que las películas de los hermanos funcionasen pasaba por desplazar al grupo del centro de sus historias: los espectadores difícilmente podían empatizar con Chico y Harpo torturando a todo el que se les cruzase, o con Groucho rapiñando herencias a señoras millonarias. Evidentemente, ellos tenían que ser las estrellas de la función, pero con un espacio acotado a sus chistes que permitiera controlar el caos y dirigir toda esa energía cómica hacia un lugar concreto. Como no podía ser de otro modo, la historia escogida para vertebrar Una noche en la ópera fue un enredo amoroso, fórmula que distaba mucho de resultar nueva: en alguno de sus primeros espectáculos de variedades, el aliciente romántico ya se planteaba como contrapeso. El gran desafío aquí consistía en lograr compaginar ambas facetas sin arruinar el timing cómico.

Y, efectivamente, fue una tarea ardua. Los distintos (muchos) borradores nunca fueron del gusto de todos. Cuando un guion parecía cumplir con los requisitos de Thalberg, Harpo tenía reticencias porque sentía que el material les sacaba de su elemento. La tensión llegó a tal nivel que Groucho montó en cólera con sus ya habituales colaboradores Belt Kalmar y Harry Ruby –guionistas de El conflicto de los hermanos Marx (Victor Heerman, 1930), Plumas de caballo (Norman Z. McLeod, 1932) y Sopa de ganso–, calificándolos de “escritores de segunda categoría” y rompiendo definitivamente su relación laboral. Tras ello, exigió la contratación de George S. Kaufman y Morrie Ryskind, sus clásicos guionistas en Broadway. Kaufman y Ryskind, viejos zorros, sabían cómo complacer a los Marx y lo hicieron, con la salvedad de que esta vez fue a Irving Thalberg a quien no gustó el guion. Como solución pacificadora, el productor propuso sacar al grupo de gira: representarían el libreto de Kaufman y Ryskind, con las contribuciones de sus muchos ayudantes, y comprobarían in situ qué chistes funcionaban y qué chistes no, a fin de pulir el texto conforme progresase el tour. De entre las distintas variaciones que se hicieron, acabaría alcanzado su forma final un sketch que estuvo cerca de quedarse fuera: el del camarote, hoy sin duda el más famoso de su repertorio.

Tras un rodaje intenso, convencidos todos de estar ante el mejor trabajo del grupo, el más complicado que habían realizado hasta la fecha, y con los Marx comportándose más profesionalmente que nunca, llegó el día de mostrar la película por primera vez ante el público. La ciudad elegida para este preestreno de prueba fue Long Beach (California). El relato de lo sucedido lo dejaremos a cargo de uno de los allí presentes, Harpo, con un extracto de su autobiografía ¡Harpo habla! (1961, reeditado en España por Seix Barral): «Cuando los títulos de crédito aparecieron en la pantalla, el público soltó una carcajada. Fue la última. Para ellos, la película era un desastre, un churro, un fracaso. Terminó y nos quedamos todos en la acera, delante del teatro, acurrucados junto a Thalberg, anonadados». Mientras Groucho barajaba la opción de saltar de un noveno piso y Chico atribuía la seriedad del público al reciente fallecimiento de su alcalde (nota: este dato se ha contrastado y es real), el productor pidió calma a todos y mantuvo programada la proyección de Una noche en la ópera prevista para la noche siguiente en San Diego, donde resultó un completo éxito. La tesis de Chico, por tanto, resulta a día de hoy la más plausible.

Para el seguidor de los hermanos Marx, es difícil decidir si Una noche en la ópera es la contradicción definitiva o un ejemplo del tristemente fugaz genio de Thalberg (que moriría al año siguiente, con solo 37 años). Cuando se piensa en las rutinas del grupo, su estilo o la fuente de su humor, la idea de intentar dar un orden a todo eso solo puede parecernos que procede de alguien  que no ha entendido nada. ¿Hubiera tenido Sopa de ganso la mitad de gracia de haberse desarrollado en un marco factible y verosímil? ¿O si, puestos a ser herejes, Groucho hubiera mostrado algún ápice de moralidad? La sorpresa es que Una noche en la ópera no solo cae de pie, sino que triunfa en todos sus propósitos transgrediendo todas aquellas presuposiciones que parecían incuestionables. Arriesga con una historia más elaborada que nunca, da una justificación racional a los tradicionales roles de Groucho y Chico (nada de broma con el acento italiano de este último: su personaje es un italiano de verdad), minimiza a Harpo en su argumento porque no sabe ubicarlo y toma una decisión tan, de entrada, miope como dar a los hermanos una misión altruista: realmente quieren ayudar a que la historia de amor llegue a buen término. ¡Ellos, que siempre han actuado como un comando terrorista!

Sin embargo, por mucho que las fórmulas matemáticas nos parezcan lo contrario a la comedia, Una noche en la ópera vendría a ser la más perfecta creación que se podría obtener amontonando a gente tan variopinta en un laboratorio –y apiñada como en el camarote–. Abandonando el formato de sus anteriores películas, los Marx despachan el mejor y más brillante material de su carrera, totalmente fresco y nuevo (sin por ello renunciar a sus chistes recurrentes), como si se hubiera medido deliberadamente cada escena con el compromiso de convertirla en memorable. No hablamos solo de un trabajo modélico: es la gran fiesta de bienvenida de Thalberg y la MGM a los Marx, y una voluntariosa demostración de mimo y cariño. También de confianza, puesto que se trató de la película más cara del grupo hasta el momento.

Dispuesto todo para hacerles brillar como nunca, los hermanos regalan un recital sin precedente, entregados de lleno a la causa. La presencia de una historia mucho más elaborada dota a la película de un ritmo más pausado que el de sus predecesoras, dando paso a gags de cocción más lenta –e igual o mayor eficacia de la normal– que sacan a relucir el excelente grado de adaptación del grupo y su versatilidad como actores. Es, como las películas de Hollywood de la época, antes un trabajo más meritorio del productor que del director, pero merece ser destacada la solvente labor del segundo, Sam Wood, quien filma, entre otras cosas, la mejor escena de persecución doméstica de los Marx (sus famosos saltos entre habitaciones, aquí con la ayuda de un gigantesco decorado para la ocasión) y un clímax magnífico que concilia el talento de Harpo para el slapstick y la espectacularidad del gran cine de MGM. Un Harpo que, temeroso de ver reducido su espacio para el lucimiento, acabó magullado por empeñarse en rodar sin dobles su compleja secuencia final de acción, contraviniendo las recomendaciones de Wood.

Es cierto que no estamos ya ante los Marx efervescentes y desquiciados de Sopa de ganso, y que en un registro como el de Una noche en la ópera difícilmente podrían caber estallidos de locura como el número de la declaración de guerra en aquel título. Pero no menos cierto es que la película se emplea a fondo en que no lo echemos en falta: la parte contratante de la primera parte, la bocina como medio de expresión de Harpo, los dos huevos duros, el hilarante discurso de Chico suplantando al piloto, el ya mencionado camarote… Un número inconcebible de hitos cómicos ante los que difícilmente podría resistirse el admirador de su etapa anterior (salvo que hablemos de un admirador de Zeppo, ausente de aquí en adelante) y también el indiferente. Y aunque está claro que MGM blanqueó el humor del grupo con vistas a alcanzar mayores capas de público, en el fondo lo que nos hizo gracia de cada personaje en sus trabajos anteriores continúa muy vigente. Por no hablar de lo que se halló por el camino abandonando el cinismo y abrazando la ingenuidad: la brillante idea de juntar a Harpo, su harpa y un montón de niños, ¿podría haber dado un resultado más genuinamente encantador que el que vemos en ese tremendo intermedio de la película? ¿Y qué hay de la tontísima y divertidísima ‘Così cosà’ con su baile espontáneo?

Quienes no creemos que las matemáticas  puedan aplicarse a la comedia nunca nos atreveríamos a hablar, en términos cuantitativos, de qué película es la más graciosa del mundo. Pero quizá una larga serie de ecuaciones y raíces cúbicas podría probar que tras Una noche en la ópera está la proporción áurea de la risa.


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UNA NOCHE EN LA ÓPERA

Dirección: Sam Wood.

Guion: George S. Kaufman y Morrie Ryskind.

Intérpretes: Groucho Marx, Chico Marx, Harpo Marx, Margaret Dumont, Kitty Carlisle, Allan Jones, Sig Ruman, Walter Woolf King, Edward Keane.

Género: comedia. Estados Unidos, 1935.

Duración: 94 minutos.

 


 

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