La mirada autoral en el cine de acción


Entre las dos primeras partes de la saga Rambo, Sylvester Stallone probó suerte en un registro opuesto en lo que a tono y público objetivo se refiere. El texto que le hemos dedicado a dicha película, Rhinestone, profundiza en este aspecto, por lo que aquí lo resumiremos en que el actor italoamericano se atrevió con una comedia desatada, en la que se observan los niveles de histrionismo que este intérprete puede alcanzar si se lo propone. Esta cinta fue un fracaso total, tanto de taquilla como de crítica, por lo que Sly decidió que lo mejor era volver a lo seguro, y esto era apostar por proyectos solventes, en los que él pudiera tener cierto control del acabado final. Tocaba, pues, continuar con otra de las sagas que, vistas retrospectivamente, han definido la carrera de este actor. El resultado fue Rambo: Acorralado Parte II (1985), película que consigue ser fiel a las bases del personaje a pesar de ser una obra bien distinta a su predecesora.

Para asegurar que el proyecto evolucionara por buenos cauces, el actor volvió a ejercer de guionista, esta vez partiendo de un primer borrador escrito por otra persona. El responsable de dicho escrito era James Cameron, director de grandes éxitos pero también reconocido guionista de cintas tales como Terminator (1984) o Aliens: el regreso (1986). Cameron llevaba años desarrollando estas tres historias en paralelo, pero estas dos últimas fueron a las que mayor prioridad les concedía –probablemente porque también iba a ser el encargado de dirigirlas. El guion de Rambo, por tanto, se había quedado en una simple primera versión, y fue Stallone quien lo reescribió hasta llegar a la definitiva.

Cuando el actor se encontró con lo escrito por Cameron, entendió a la perfección qué punto fallaba: la ideología política había desaparecido y la trama se había convertido en un divertimento efectivo pero carente de solvencia dramática. Esto era así hasta el punto de que, a modo de buddy movie, Cameron había incluido un personaje que acompañaría a Rambo –que si por algo destaca es por su alma de lobo solitario- y cuyas habilidades estaban relacionadas con la tecnología. Para interpretar este papel se había barajado la posibilidad de que fuera John Travolta, por aquel entonces ídolo de la pista de baile al que era complicado imaginar en un campo de batalla.

Todo esto era un despropósito que Stallone no podía consentir, pues, al igual que ocurría con Rocky, actor y personaje habían establecido una especie de simbiosis y modificar a Rambo era, en cierta manera, modificar a Sly. Nunca se sabrá qué hubiera salido de aquel primer borrador, pero probablemente el actor acertó al modificarlo, pues recuperó la esencia de su personaje a la vez que mantuvo la brillantez narrativa de Cameron, que si por algo destaca es por su capacidad para escribir excelentes obras de acción. La política, pues, volvía a ser el centro de atención del relato. La secuela continuaba el discurso pro-belicista, pero esta vez no colocaba el foco de crítica sobre la población, sino sobre el gobierno.

Al igual que Michael Bay con su 13 horas: los soldados secretos de Bengasi (2016), Stallone retrató a un poder ejecutivo blando, que se desentendía de su responsabilidad en las secuelas de la Guerra de Vietnam y que quería pasar página cuanto antes, aunque eso implicase abandonar a los soldados que todavía seguían en el campo de batalla. La visión es la de un gobierno burocratizado y deshumanizado, frío como los numerosos aparatos tecnológicos que habían pasado a ser la base de sus maniobras bélicas. Este trataba a sus soldados como cifras en una pantalla y confiaba sus incursiones en territorio enemigo a los artefactos de última generación. ¿Dónde está la esencia de ser un soldado? ¿Dónde quedó la nobleza del conflicto bélico? Eso parecía preguntarse Stallone, quien, en el tramo final de la cinta y de manera nada casual, hacía que su personaje acudiese a la base estadounidense armado con una metralleta para destruir un centro de operaciones hipertecnologizado.

Pero todo se resumía en el discurso final del protagonista, que culminaba con una oración que condensaba todas estas ideas: “Quiero que nuestro país nos ame tanto [a los veteranos de guerra] como nosotros lo amamos”. Una de las mayores obsesiones de Stallone siempre ha sido la defensa de los derechos de los veteranos de guerra. Esta actitud la mantiene hoy en día, hasta el punto de que, por este motivo, ha llegado a rechazar un puesto en el gobierno del nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien le ofreció presidir la National Endowment for the Arts –una agencia estatal que apoya proyectos artísticos. A pesar de comulgar con las ideas del máximo mandatario de su país, Sly ha preferido continuar con lo que en su día comenzó a través del mítico personaje, que el propio Donald Reagan encumbró cuando se estrenó esta segunda parte, pues personificaba el espíritu del ejército de EE.UU. Sin embargo, el propio Stallone ha declarado que su personaje es totalmente neutral y que no tiene ideología política, pues su única intención es defender a su país -unas declaraciones, cuanto menos, discutibles, puesto que Rambo encarna la manera que la ultraderecha tiene de entender las fuerzas armadas.

Política aparte, una vez definido este excelente guion, en el que lo único que desentonaba era la relación amorosa –aunque así entregaba una de las ideas más delirantes de la saga: el momento en el que Rambo se pone el collar de su amada y se dispone a destruir el campo de prisioneros vietnamita-, había que buscar a alguien que estuviera a la altura de la situación para convertirlo en imágenes. El elegido fue George Pan Cosmatos, quien tuvo la oportunidad de demostrar que era un excelente director de acción, a la vez que completamente distinto a su predecesor, Ted Kotcheff. La cinta fundacional de este personaje destacaba por los tiempos muertos, por la tensión y el racionamiento con cuentagotas de la acción. El fotograma era oscuro, sucio, y la cinta era, en su conjunto, una obra seca, carente de virtuosismo técnico. Cosmatos, en cambio, convirtió la secuela de Rambo en un festival de la puesta en escena entendida como despliegue de medios técnicos. Todo lucía con mayor fuerza, todo era más espectacular, incluso Rambo plasmaba su vigor con mayor intensidad –descomunal ese primer plano del brazo del protagonista, que describe la potencia de sus músculos mientras afila un cuchillo. Todo ese interés por darle brillo a cada elemento quedaba representado, a modo de involuntaria idea visual, en el uso de la luz, que invadía el fotograma hasta el punto de que, en plena noche, seguía pareciendo de día. Sin alcanzar los límites de locura estética que Cosmatos propondría en su siguiente obra, Cobra: el brazo fuerte de la ley (1986), también con Stallone como protagonista, lo cierto es que Rambo II es una delicia visual del género de acción, que destaca por una soberbia planificación, gracias a la cual la narración de cada escena es clara y certera.

Si la primera parte se ambientaba casi íntegramente en Estados Unidos, esta lo hacía casi íntegramente entre Vietnam y Tailandia, un cambio que iba en línea con la idea de criticar al gobierno y sus acciones militares. Por tanto, la ambientación y la puesta en escena eran radicalmente opuestas a la primera entrega de Rambo, pero la esencia de la historia seguía siendo la misma, y esto fue posible gracias a la buena mano de Stallone. La coherencia entre ambas es total, y en todo momento queda muy claro qué se quería contar y cómo hacerlo. Sin embargo, a pesar de las numerosas virtudes de esta segunda entrega, en muchos aspectos superior a la primera, fue un éxito exclusivamente de taquilla. La crítica la recibió con hostilidad y los premios Razzie le otorgaron los galardones a Peor Película, Peor Actor y Peor Guion -además, fue nominada a Peor Dirección. Entre el estupor y la sospecha de que esto se debió a una mirada clasista y llena de prejuicios, quien escribe estas líneas no puede hacer otra cosa que reivindicar Rambo: Acorralado Parte II como una excelente obra, tanto en la puesta en escena como en la construcción de su guion -aunque rechace por completo su discurso pro-belicista-, y considera imprescindible señalar que, si alguien fue responsable de conseguir que esta cinta llegara a buen puerto, ese fue Sylvester Stallone y su mirada puramente autoral.


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RAMBO: ACORRALADO PARTE II
 


Dirección:
George Pan Cosmatos

Intérpretes: Sylvester Stallone, Richard Crenna, Steven Berkoff, Charles Napier, Julia Nickson-Soul, Martin Kove

Género: Acción. EE.UU., 1985

Duración: 94 minutos

 


Fotografías: IMDb


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