Cada oveja con su pareja


En 2009, el griego Yorgos Lanthimos adquirió fama internacional con la magnífica Canino, su segundo largometraje. Muchos entonces –y cuando todavía esto no era un lugar común al hablar de drama europeo– creyeron ver en la crudeza de su dirección y en su amarguísimo poso a un alumno aventajado de Haneke; otros tantos, entre los que este crítico admite que ingenuamente militó, la identificaron como el posible punto de partida de un nuevo cine heleno con el fin de responder a los numerosos problemas que en los últimos años fueron planteando algunas películas que, aunque con cuentagotas por razones comerciales, llegaron poco después desde el país de Aristóteles: Boy eating the bird’s food (Ektoras Lygizos, 2012) o Luton (Michalis Konstantatos, 2013), dificilísimos y radicales tratados sobre el aislamiento emocional, son buenos ejemplos. El tiempo ha acabado demostrando que tratar de enjaular en una corriente a Lanthimos no tiene mucho sentido (y que hacer eso sería algo más propio de un personaje de sus películas que de un buen espectador): sus dos siguientes trabajos, Alps (2012) y, ya como confirmación definitiva, Langosta (2015), dejan claro, ante todo, que se trata de un autor demasiado personal como para tomarle ninguna medida.

De argumentos dispares (y también disparatados), las tres películas comparten una misma apuesta escénica: el retrato absurdo del ser humano como animal no racional sino racionalizado; esto es, sujeto a una serie de rutinas sociales que han borrado de su alma cualquier posibilidad de juicio, o, en definitiva, cualquier ridícula astilla que pueda detener por un segundo el engranaje de una maquinaria gigantesca de la que todos somos parte. Su anterior película, Alps, llevaba este postulado al extremo: en ella, un grupo de actores se encargaba de ayudar a familias en la gestión sentimental del fallecimiento de sus seres queridos mediante su suplantación, interpretando de manera periódica los hábitos del difunto en su vida diaria. Bajo esta oscura premisa, yacía un nivel aún más negro, puesto que el hecho de que este sistema funcionase implicaba que no se echara tanto de menos a las personas desaparecidas como a su ruido, a la manera de un televisor encendido que nadie está viendo pero hace compañía. La heroína de esta historia es una de las actrices, que asume secretamente la identidad de una muerta sin decírselo al resto del grupo por un capricho afectivo, lo que le conlleva una fulminante sanción. En el universo del cineasta griego todo es orden y necesaria obediencia, sin sitio para la disensión, y es este mismo universo el que sirve de paisaje a la distópica Langosta, película consecuente con el discurso del autor, pero también sorprendentemente transparente respecto a sus antecesoras, y un tanto complicada para el admirador de éstas por alguna de las decisiones que toma.

Langosta también cuenta con un punto de partida excéntrico, pues en su cosmos los solteros son enviados a un hotel/campo de concentración donde deben encontrar pareja en cuarenta y cinco días si no quieren ser transformados en animales. Fuera del hotel se halla un bosque donde habitan los Solitarios, solteros que se han fugado y que son objeto de partidas de caza diarias, mediante las cuales los reclusos pueden obtener tiempo extra para su estancia a modo de bonificación. El excesivo apoyo de Lanthimos esta vez en el ingenio de su guion, orientado de manera más explícita que nunca a la comedia y con hasta ciertas reminiscencias al cine de Terry Gilliam, puede conducir al connoisseur a una frustrante sensación de amodorramiento, y es razonable: la primera película en inglés de su autor parece casi una canalización pop de sus temas anteriores y su narración no acomete tantos riesgos. Sin embargo, son estas diferencias las que hacen que justamente Langosta no acabe ahí y suponga en realidad un añadido bien valioso al canon del cineasta: el recurso a una estructura tan popular como la del cuento sirve a Lanthimos para, de hecho, apresar a sus personajes dentro de un relato (social-político) de cuyas limitaciones jamás podrán escapar. El modelo de heroicidad que encarna Colin Farrell, así pues, no viene a transformar ni a subvertir nada, sino que, al contrario, éste asumirá el arquetipo en su plenitud hasta una escena final demoledora donde una acción extremadamente consecuente (no conviene revelar más de lo justo) representará una sorpresa solo para quien viva allende las cuatro paredes del estado de la cuestión.


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Dirección: Yorgos Lanthimos

Guion: Efthymis Filoppou y Yorgos Lanthimos

Intérpretes: Colin Farrell, Rachel Weisz, Lea Seydoux, John C. Reilly, Ben Whishaw, Jessica Barden, Olivia Colman

Género: ciencia-ficción. 2015, Grecia

Duración: 118 minutos

 


 

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