Cuando Stallone emocionó a Léos Carax


La cocina del infierno es una pesadilla de huérfano. Los padres están muertos, y los niños ya son mayorcitos: ese “Esta noche pareces viejo, hermano” que sueltan un par de veces es lo más duro que se dice en la película. Los personajes se repiten a sí mismos, como en un mal sueño, que están siendo malos chicos y sus padres no estarían orgullosos. Y Stallone nos añade: pese a todo, están juntos. […] El final feliz de la película, como sucede con el cine, es falso y nosotros lo sabemos. Stallone se relame de placer –un placer primario, infantil– rodando esa mentira como lo que es. Su película es magnífica; es cine. Y si la gente no va a verla, habrán perdido una gran oportunidad para amar el cine. 

Léos Carax, Cahiers du Cinéma, septiembre de 1979

1978 fue un año crucial para Sylvester Stallone. Tras el espectacular éxito de Rocky (John G. Avildsen, 1976), la nueva estrella había decidido andar con pies de plomo, antes que tomar decisiones precipitadas. Estaba en la cresta de la ola, y todas las miradas le apuntaban a él: la manera en que eligiese capitalizar su nueva fama determinaría, tal vez, el futuro de su carrera. Por eso, en lugar de aceptar las cuantiosas ofertas que llamarían a su puerta tras el triunfo de Rocky en los Oscar, se tomaría un tiempo de descanso para meditar bien el siguiente movimiento.

La mejor manera de que a uno le tomen en serio, debió de pensar, es tomarse en serio a uno mismo. En lugar de extender la mano y empezar a cobrar cheques, Stallone finalmente consideró que el camino emprendido tenía que seguir la misma dirección: mantenerse ambicioso si quería retener el prestigio y respeto obtenidos de Hollywood. Esa autoexigencia le pedía dar saltos de riesgo valientes, y esos saltos se materializaron en F.I.S.T. (Símbolo de fuerza) y su primer trabajo como director, La cocina del infierno.

En INSERTOS, como bien habrá comprobado el lector que nos visite regularmente, no tenemos una línea editorial unificada: en todo el reino animal, es sabido que no hay una especie más difícil de poner de acuerdo entre sí que la de los críticos de cine.  Una reunión de la revista, una sesión de control rutinaria, fácilmente puede acabar a sillazos, tamaña es la visceralidad de nuestras discusiones intelectuales. Así pues, el autor de estas líneas no comparte, en absoluto, la opinión esgrimida por el compañero Yago Paris la pasada semana sobre F.I.S.T.: se trata de una película excelente, tanto por parte de su director Norman Jewison como de su actor principal, plenamente comprometido con un desafío interpretativo solo a la altura de los mejores. Apoyada en un guion espléndido, que aunaba la energía del debutante Joe Esztherzas para encarar un relato complejo a muchos niveles (y extendido en el tiempo: veinte años de narración) y la habilidad para la emoción de Stallone, encargado de reescribirlo, estamos ante un brillante ejemplo de buen cine social, perfectamente claro a la hora de establecer su conflicto de clases y sus problemáticas derivaciones, además de enormemente entretenido, cuyo fracaso solo puede explicarse a partir de su situación en una zona ideológica gris. Por una parte, los mandamases de la industria no terminarían de ver con buenos ojos la promoción de un Rocky Balboa sindicalista, que consigue mejorar las condiciones de la clase trabajadora y sus prestaciones a través del poder del grupo y la toma de conciencia. Por otra, a la incipiente nueva izquierda estadounidense tampoco le haría gracia una película que, por momentos, equipara la lucha obrera al matonismo y pone el acento sobre corruptelas que, seguramente, empañan una cuestión de fondo clave y más importante.

El muy poco justificable nuevo ninguneo de los Oscar a un gigantesco Stallone, que ni siquiera fue nominado, se amplificaría con su otra apuesta fuerte de aquel año. La cocina del infierno supondría un debut tremendamente agridulce por muchos factores: además del rechazo de la prensa y su floja acogida comercial, el actor y director no tendría suficiente fuerza para defender su película ante una major como Universal Pictures, que hizo con el montaje final lo que quiso, eliminando hasta cuarenta escenas. Un jarro de agua fría para una empresa mastodóntica: Sly había echado el resto en una película completamente personal, con muchas más capas de (insólita) complejidad que Rocky, y que estaba llamada a ser su pasaporte al Olimpo de los grandes. Aun así, lo que restó de aquella mutilación sigue mereciendo un buen y apasionado análisis. Como en tantas otras ruinas de grandes cineastas, o artistas en general, hay mucho que contemplar y que admirar en La cocina del infierno. Básicamente, una dimensión paralela –que, tristemente, se disolvería con su fracaso– donde alguien como Sylvester Stallone podría dialogar, sin miramientos, con Francis Ford Coppola o Michael Cimino.

La cocina del infierno nació, según su responsable, antes que Rocky. Stallone la había escrito en forma de novela –que sería publicada más tarde, tras estrenarse la película–, y, debido a problemas económicos, acabó malvendiendo su adaptación cinematográfica, perdiendo los derechos sobre ella. Tras hacerse de oro en 1976, pudo volver a comprarla, logrando convencer a un estudio como Universal de que él era la persona adecuada para dirigirla en solitario. Algunos desencuentros con John G. Avildsen durante el rodaje de Rocky, al parecer, le habían acabado convirtiendo en un maniático y, ahora que tenía poder, prefería ejercer pleno control creativo sobre su material. Así, surge La cocina del infierno como el proyecto más desmesurado que Stallone jamás encararía: una película dirigida por Sylvester Stallone, escrita por Sylvester Stallone, adaptación de un libro de Sylvester Stallone, protagonizada por Sylvester Stallone, ¡incluso con tema principal cantado por Sylvester Stallone! La apoteosis del ego: porque él podía.

Tratándose Rocky de una película tan esencialmente clásica, la primera gran sorpresa de La cocina del infierno es hasta qué punto Stallone reflexionó sobre el modo apropiado de narrar visualmente. La opción que el director neófito toma no es, ni mucho menos, la más sencilla: la suya no es una película académica en absoluto, sino que desde el primer minuto derrocha una creatividad inesperada en su puesta en escena. Un minuto es, en efecto, lo que tarda el espectador en descubrir en Stallone a un gran director, con una excepcional secuencia de créditos en las azoteas del barrio homónimo donde se sitúa la película. A cámara lenta, y en planos muy cortos, vemos a dos de sus habitantes echando una carrera por encima de varios bloques, jugándose la vida para ganar un dinero que, según han apostado, está en la meta. Uno de ellos cae, sujetándose irrealmente con una mano en una tensísima cuerda de tender: la película nos ha introducido, impecablemente, en una atmósfera de sueño. Algo que, como hemos destacado al principio del texto, llamaría profundamente la atención de un joven Léos Carax.

El más tarde director de obras maestras como Mala sangre (1986), Los amantes del Pont Neuf (1991) o Holy Motors (2012) se confesaría, por chocante que resulte ahora, prendado del trabajo de Stallone cuando nadie más lo estaba. Al igual que cineastas como Truffaut, Carax empezó trabajando en la crítica de cine y, desde nada menos que la Cahiers du Cinema, realizaría una encendida defensa de la película, afeando a sus colegas el haberla menospreciado en el momento de su estreno. Siguiendo con las curiosidades, otro artista de prestigio que cita La cocina del infierno como uno de sus títulos de cabecera es Rob Zombie: “Es una película sensacional, y creo que mejora con los años. Tiene un reparto estupendo, es realmente vibrante. (…) La escena final con la lluvia filtrándose por el techo del local y empapando el ring, que de pequeño simplemente pasaba ante mis ojos, ahora me impacta por lo bien dirigida que está. Stallone es un gran director. Hizo grandes cosas. No tiene el reconocimiento justo por las películas que ha dirigido. Aquí tomo unas cuantas decisiones interesantísimas”.  

Efectivamente, hay muchos aspectos llamativos en las imágenes de la película. En un momento concreto del primer acto, Stallone rueda un pulso en un bar como si estuviéramos viviendo un duelo de spaguetti-western: dilatación exasperante del tiempo, planos muy cerrados, insertos grotescos (entre ellos, ¡un mono comiendo cacahuetes!)… También resulta meditadísima la manera en que introduce a cada personaje en plano: los tres hermanos protagonistas siempre están, visualmente, sorteando obstáculos. Una lírica insospechada envuelve la narración, con momentos parsimoniosamente bellos, fundidos muy alargados donde el modo en que cada parte de la imagen entra en otra parece medidísimo, y que tienen su colofón en ese desenlace que cita Zombie. Al igual que el sentido metafórico de la primera secuencia –dos chicos arriesgando su vida por un fajo de billetes– está bastante claro, la lluvia que cae durante la pelea no solo tiene un efecto purificador: representa la lucha contra la naturaleza, esa condena a la mala suerte eterna que los tres hermanos buscan revertir. No hay tampoco que dejar de prestar atención al modo en que se articula el relato: pese a la omnipresencia de la superestrella en todas las fases de la producción, La cocina del infierno está concebida de manera coral, esforzándose en presentar a toda su plana de personajes principales como seres conflictivos y muy contradictorios. Su detenimiento, incluso, en pequeños individuos irrelevantes que pueblan su universo (entre ellos, un jovencísimo Tom Waits, que canta en una escena) demuestra la hondura de sus propósitos: Sly se está proponiendo firmar una Gran Película Americana, el jazz de todo un pueblo. 

Así como ahora, vista en perspectiva, parece claro que estamos ante una película más que reivindicable, tampoco resulta difícil adivinar los motivos que la llevaron al fracaso. Más allá de la poca fe demostrada por Universal, el drama de Stallone está trufado de aspectos excéntricos. Su realismo social se entremezcla con un ambiente circense, villanos caracterizados como personajes de cómic, y notas de humor muy desconcertantes (el salami que Kid Salami lleva colgado, como parte de su identidad, a las peleas). Los cortes se aprecian por lo abruptamente que se desarrollan tramas y subtramas; pese a lo cual, el arco de transformación del personaje de Stallone sigue sorprendiendo. Dicho personaje, a su vez, no puede resultar más extraño de entrada: tras Rocky y F.I.S.T., hemos tomado a Stallone como una referencia moral, pero aquí es antipático y actúa de una manera desagradable, algo que el actor representa sacando una inédita vena flamboyant. Él, que más tarde ha afirmado que quizás no debió interpretar ningún papel en la película, parece querer subvertir su propia imagen por cosas como esa o el rol que decide tomar en la historia: en La cocina del infierno hay lucha libre, ¡pero su personaje nunca pelea!

Punto final a la carrera que pudo haber sido, La cocina del infierno es hoy una película a reivindicar de forma entusiasta, a recuperar y a analizar. Una culminación soberbia, y muy difícil de adivinar, al relato del underdog con el que Stallone estaba autoralmente obsesionado, su cumbre expresiva y la asombrosa puesta en marcha de todo lo que había aprendido en un tiempo muy escaso. Además de la perfecta demostración de sus dotes artísticas, escenas sueltas como la de la borrachera y suicidio de uno de los luchadores (con un instante de comedia imposible dentro) revelan una sensibilidad y una voz propia fascinantes. Por desgracia, su fracaso minaría significativamente la autoestima del cineasta en ciernes, que en su primera experiencia como director ya perdía para siempre la inocencia. Consciente de que dos fracasos en un solo año podían ser letales, Sly sabía que su siguiente apuesta tenía que ir sobre seguro. Si los críticos no le valoraban, tenía que ir a por el público. Entonces, de su armario de las reliquias, desempolvó unos guantes de boxeo y un albornoz con la leyenda El Potro Italiano, junto a un anuncio bordado de una carnicería. Tocaba volver a convocar a su ángel de la guarda. 


cocina-infierno2


cocina-infierno-cartelLA COCINA DEL INFIERNO (Paradise Alley) 

Dirección y guion: Sylvester Stallone 

Intérpretes: Sylvester Stallone, Lee Canalito, Armand Assante, Frank McRae, Anne Archer, Kevin Conway, Terry Funk

Género: drama. Estados Unidos, 1978 

Duración: 108 minutos 

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