La gran era despiadada


Es un hecho que la explotación y saturación cinematográfica del nazismo ha acabado por vincular su estética antes a la cultura pop que a la barbarie. Los autores del genocidio más brutal del siglo XX han pasado así a ser los enemigos de Indiana Jones, los adversarios del Capitán América o incluso la excusa para desarrollar melodramas de la más ominosa mediocridad, como la muy exitosa El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008). El gran reto para los directores contemporáneos a la hora de representar el Holocausto, por tanto, pasa obligadamente por hallar las herramientas que permitan conectar con la sensibilidad de un espectador sobreexpuesto. La ganadora del Óscar El hijo de Saúl (Lászlo Némes, 2015) apuntaba a un asfixiante hiperrealismo inmersivo como solución al problema; y, aunque el decoro dicte tomarse a pitorreo a Uwe Boll, lo cierto es que el vilipendiado cineasta, en su docudrama Auschwitz (2011), también encontró en el grafismo extremo una eficaz arma desestabilizadora. El veterano Andréi Konchalovski se plantea la misma cuestión en su nueva película, Paraíso, donde apuesta por el blanco y negro y el formato 4:3 para apelar a la autenticidad de las imágenes de archivo.

Con su interesante y quizás infravalorada El cartero de las noches blancas (2014), Konchalovski parece haber abierto una tardía nueva etapa dentro de su filmografía: una muy particular especie de cruce entre el neorrealismo y el realismo mágico, donde la fidelidad a su perspectiva materialista se ve puntualmente rota por pequeñas intromisiones extranaturales. En la citada película anterior, la voz en off de un coro de niños cantando el himno de la URSS en un colegio abandonado o las inesperadas vistas, desde un lago, de un cohete disparándose al espacio ponían la nota estrafalaria a su bucólica descripción del paso del tiempo. En Paraíso, un brusco giro a tan solo veinte minutos del comienzo revela la condición esotérica de los testimonios, frente a cámara, que estructuran la narración de la película. Ese purgatorio donde el director soviético pone a hablar a los tres protagonistas (y en cuyo confuso montaje parece, por cierto, discutirse si Dios preferiría negativo o digital) es el tribunal desde el que juzga sus respectivas y determinantes actuaciones en medio de la tragedia judía. Uno es un colaboracionista francés, otro un joven ilustrado alemán y la última una princesa rusa destinada a un campo de concentración.

«Conoce y aprecia a Brahms y Tolstói. Le gusta Chéjov. ¿Quién le ha hecho esto?», se pregunta la aristócrata tras reencontrarse, durante su confinamiento, con el atractivo alemán al que conoció en Roma reconvertido en oficial de las SS. La figura de Chéjov resulta ser sorprendentemente relevante en la trama de la película, después de que el conocimiento de un dato biográfico del escritor desencadene la transformación de dicho oficial en, como él mismo se acaba proclamando, el Superhombre de Nietzsche. No es la única muestra de energía autoral que late bajo una película susceptible de ser percibida, muy equivocadamente, como la enésima producción sobre el nazismo: la purga de toda sensibilidad a la que se autosomete el intelectual alemán, desarrollada magníficamente en el soberbio guion de Konchalovski y la periodista Elena Kiseleva (su segunda colaboración tras El cartero…), se ve puntuada por un detalle tan de Edgar Allan Poe como una ventana abriéndose violentamente cada vez que llega humo del crematorio. El deseo de alcanzar el paraíso sirve entre tanto de tema central a una película que, nuevamente en forma de irrupción paranormal, señalará al final su propia vía.


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PARAÍSO (Rai)

Dirección: Andréi Konchalovski.

Guion: Andréi Konchalovski y Elena Kiseleva.

Intérpretes: Yuliya Vysotskaya, Christian Clauss, Phillipe Duquesne, Peter Kurth, Jakob Diehl, Viktor Sukhorukov, Vera Voronkova.

Género: drama. Rusia, 2016.

Duración: 130 minutos.

 


 

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