Piezas en el engranaje del horror


Todo engranaje tiene sus piezas. Y las piezas se deben fabricar y colocar adecuadamente. Si se sustituyen, será por recambios hechos y colocados de la misma manera. Porque es fundamental que el mecanismo nunca se pare. Quien lo ha ideado, lo sabe. Sucede así en un mecanismo de cualquier tipo. En el que mueve las máquinas y, a mayor escala, en el de las fábricas. Cualquier tipo de fábrica. También las fábricas de muerte. Lo tienen claro los organizadores de campos de detención y exterminio, los carceleros de ciertas prisiones. No funcionarían como deben sin las piezas humanas de la estructura interna, moldeadas con precisión para encajar dentro del engranaje que ordena y regula las fuerzas en el matadero. Las personas que abren y cierran puertas, las que tratan a diario con los prisioneros, las que conducen e inmovilizan a los condenados, las que accionan una palanca o pulsan un botón. Las que quitan de en medio los cadáveres.

En los años del apartheid, existía uno de estos lugares para la masacre mecánica. El corredor de la muerte de la Cárcel de Máxima Seguridad de Petroria cumplía récords de producción, como usar, solo en un año (1987), la soga con 164 reos o llevar a rajatabla un ritmo de dos tandas semanales de ejecuciones con siete ahorcados al mismo tiempo en cada una. A partir de registros históricos verídicos y de su experiencia como abogado defensor, el activista Chris Marnewick fabuló en la novela Guardián y verdugo un drama judicial con esa época infame como fondo: sobre un jovencísimo funcionario de prisiones, que ha asesinado a tiros a un grupo de siete deportistas negros, pende una condena a muerte, y su letrado intenta evitar dicho veredicto argumentando durante el proceso que el desequilibrio mental del acusado es secuela de lo que vio e hizo en el corredor de la muerte. Con esta premisa, y toda la carga que contiene, se entiende que se haya querido hacer una adaptación al cine.

Es una pena que el largometraje homónimo preparado por el director Oliver Schmtiz represente el paradigma de cómo un cúmulo de excelentes intenciones pueden irse por el desagüe de las prácticas cinematográficas paupérrimas. Justo lo que conlleva limitarse a la monotonía de plantar una cámara ante unos intérpretes que dicen sus (no muy brillantes) diálogos y aplicarle al material entre manos la intensidad dramática propia de las ficciones que emite la televisión en la sobremesa de los sábados. O enunciar sin más los temas – el acusado como pieza de usar y tirar dentro del bárbaro engranaje, el proceso en el moldeado psicológico de dicha pieza, la violencia al servicio del estado – y emplear la recreación de los ahorcamientos como único elemento para la desestabilización.

Hace un mes se estrenó Negación, relato de juicios que contaba el litigio ante los tribunales entre el negacionista del holocausto David Irving y la historiadora Deborah E. Lipstadt. Era un ejemplo de lo que podía dar de sí positivamente una propuesta encerrada en el convencionalismo más extremo, sin moverse un milímetro hacia expresividades menos rutinarias. A su lado, irrita aún más la evidencia de las posibilidades que ha desperdiciado Guardián y verdugo. Ya le habría gustado al gran actor Steve Coogan ejercer la abogacía en las mismas condiciones que sus colegas Timothy Spall y Tom Wilkinson en Negación.



 

GUARDIÁN Y VERDUGO

Dirección: Oliver Schmitz.

Intérpretes: Steve Coogan, Andrea Riseborough, Garion Dowds, Robert Hobbs.

Género: drama. Sudáfrica, 2016

Duración: 106 minutos.

 


 

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