Las películas son de verdad


Durante sus apenas cuarenta minutos de metraje, la pieza Yo me lo creo se ajusta a un formato esforzadamente austero: en blanco y negro, con cámara estática alternando entre primer plano abierto y primer plano cerrado, un hombre nos mira fijamente mientras suena su propia voz en off, sin más variación que tres fundidos y un par de insertos de películas antiguas. No puede decirse que suene como la más estimulante de las premisas, y sin embargo, a poco de empezar, vemos que la crudeza del asunto tampoco se distancia mucho de otras películas de acción que gastan más en petardos. Yo me lo creo es, en esencia, un tiroteo desde la pantalla, una llamada a la rebelión formulada a guarrazos por un señor, Antonio Ruiz, que se presenta a sí mismo como ajeno al sistema (o como su propio sistema autónomo y adverso) por sus problemas psiquiátricos, a raíz de los cuales percibe una paga del Estado. Paga que, tal y como confiesa, no es su único ingreso: Ruiz se jacta de trabajar en negro apostillando un «Os estafo 40 o 50 euros al mes y os estafaría más», poco antes de rematar la provocación añadiendo que «Bárcenas y Urdangarin hacen bien». ¿Por qué? Porque, en su opinión, nos lo merecemos.

Organizada en tres bloques temáticos, esta propuesta llevada a cabo por el colectivo artístico Terrorismo de Autor trasciende la aparente parquedad de su puesta en escena deteniéndose, en realidad, a reflexionar sobre el hecho audiovisual y cómo nos relacionamos hoy con él. ¿Han dejado las películas de transmitirnos nada? ¿Cómo puede ser que una industria del entretenimiento en la que parecen predominar discursos progresistas como los de Mad Max: Furia en la carretera o Los juegos del hambre se compatibilice con Donald Trump llegando a la Casa Blanca?  

Mediante una referencia al clásico El puente (Bernhard Wicki, 1959) –en la que un grupo de jóvenes alemanes, al final de la Segunda Guerra Mundial, lucha hasta la muerte por defender el pequeño puente de su pueblo–, Antonio Ruiz (nos) abronca a los espectadores por “no defender el puente”; esto es, adoptar posturas pasivas antes las tropelías socioeconómicas de los últimos tiempos, paralizados por el miedo al dolor o a la extinción de la propia vida. Consciente o inconscientemente, las cabezas pensantes detrás de Yo me lo creo, incluyendo al mismo Ruiz, están corriendo de forma simultánea a disputar otro puente: el que solía conectar las películas con la realidad. El confesante lo manifiesta al hilo de otro título ejemplarizante bajo su criterio, ¡Viva Zapata! (Elia Kazan, 1952): «Las películas son verdad, yo me creo los mensajes».

La pintura como metáfora de la autodeterminación (con la cita de un cuadro de Antonio López donde el artista imaginaba su muerte) y una reflexión sobre el dolor como elemento definitorio y necesario con el que convivir en lugar de repelerlo –culminada con una escena de La pasión de Juana de Arco (Carl Theodor Dreyer, 1928)… que, no en vano, es seleccionada como parte de la secuencia de Vivir su vida (Jean Luc Godard, 1962) en la que el personaje de Anna Karina se identifica y emociona con dicha película en el cine–, completan este recorrido por la mente, supuestamente insalubre, del antiheroico Ruiz. Una sacudida necesaria, coherente con la línea de un festival, también, necesariamente poco complaciente. 


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YO ME LO CREO 

Dirección: Terrorismo de Autor. 

Intérpretes: Antonio Ruiz. 

Género: vídeo-ensayo. España, 2016. 

Duración: 40 minutos.

 


 

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