Trampas para hablar de inocencia


La nueva película de Paul Verhoeven, Elle (2016), ha generado un enorme revuelo entre el público y la crítica, y lo ha hecho por cómo se trata el tema de la violación. El autor muestra semejante suceso como un acto de liberación de la mujer, lo que llama la atención de manera inevitable, tanto en el plano de la realidad como en el de la ficción cinematográfica. Entre los numerosos aspectos que desea tratar, uno de los más destacados es el de la capacidad asfixiante que posee la normalidad. A partir de este punto, el holandés se aproxima a la idea de lo que la sociedad espera de cada acto, y cómo cada persona debe reaccionar ante el mismo. En este caso, la sociedad convierte a toda mujer violada en una víctima, etiqueta que estigmatiza a quien la porta. Sin embargo, la protagonista de Elle no está dispuesta a serlo, y, al tomar las riendas de su vida y decidir cómo este acto le afecta, se libera del yugo de la normalidad. Este yugo, tan entendible en su base como en ocasiones desquiciante, existe en la vida real y en la ficción, pues en el cine casi parece una norma en la construcción de guiones que a las violadas se las represente como víctimas marcadas. El cine, por tanto, no se libra de las imposiciones de la normalidad.

Lo expresado no debe malinterpretarse como una defensa o relativización de la violación. Lo que sí que habría que diferenciar es entre narrar sucesos reales y hacerlo con buen gusto cinematográfico. No es que haga falta saltarse las reglas del juego para que lo propuesto funcione; Elle también podría ser una película magnífica si retratase a su protagonista como víctima. Si se propusiera una clave válida para toda narración cinematográfica, esta podría ser su capacidad para saltarse el lugar común, para mostrar inconformismo y para ponerle las cosas difíciles al público, al que se recomienda no darle todo mascado. Todos estos objetivos se pueden alcanzar al retratar a la mujer violada como víctima, que es precisamente lo que se propone en Las inocentes a la hora de hablar de sus protagonistas. Sin embargo, la cinta no funciona, y el problema no está en dicha aproximación, sino en la manera de desarrollarla. La película de Anne Fontaine presenta una serie de decisiones de forma y de fondo que abortan toda posibilidad de alcanzar las claves del éxito antes mencionadas, por lo que el film se precipita al fondo del pozo de la intrascendencia.

La premisa es directa, gélida en lo que expone: en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, un grupo de soldados rusos asalta un convento polaco y viola a todas las monjas que viven ahí. La cinta, en un aparente acto de buen gusto, mantiene este suceso fuera del metraje, pues el relato se centra en las consecuencias sobre las víctimas y cómo estas repercuten en su fe. Sin embargo, posteriores decisiones de puesta en escena y de guion ponen en entredicho ese aparente buen gusto. Las inocentes, en su totalidad, es una cinta plagada de golpes de efecto e imágenes que buscan el impacto a toda costa, por lo que llama la atención que un acto tan sobrecogedor como una violación en masa no sea mostrado, especialmente cuando un intento posterior, esta vez sobre la protagonista, sí se muestra en toda su crueldad. Por tanto, ¿qué persigue Anne Fontaine a la hora de construir su película? ¿Existe alguna lógica que justifique sus decisiones?

En Las inocentes se quiere captar la atención de quien observa las imágenes, y para ello se recurre al efectismo. En el metraje aparecen nacimientos de bebés, que se filman con crudeza; operaciones quirúrgicas, que se muestran en primer plano; incluso el propio concepto de base de la película: las debilidades de la fe cuando se la enfrenta al salvajismo de la guerra o a la racionalidad de la ciencia. Estos recursos no son efectistas per se, al igual que no lo era el retrato de las violadas como vícitmas. El uso de estos es el que lo determina, y es aquí donde se observa que el trabajo de Anne Fontaine cae en ese error. Los sucesos se plasman como golpes de efecto, de esos que impactan con facilidad pero de manera superficial. Todo lo que se cuenta atiende a la implicación del público, pero lo hace de manera manipuladora, pues se lo quiere introducir en el saco de la empatía por la fuerza. Cada imagen lleva tatuada su significado, su intención, para que la audiencia sepa en cada momento qué es lo que se le quiere contar y cómo debe reaccionar al respecto.

Lo único que parece importarle a la directora es ganarse la empatía del respetable. Sólo así se explica que, en lugar de desarrollar sus propuestas, recurra a maniobras de dudosa respetabilidad como la imagen impactante o el giro dramático; que, en lugar de apostar por la exposición honesta, prefiera el atraco emocional. Tal es el interés por captar la atención del público, que se prescinde de todos esos subtextos a los que tanto jugo se les podría sacar -todos los conflictos morales relacionados con la religión- para centrarse en la trama, el elemento más superficial del guion y la vía más rápida para impactar. Todo el interés se centra en qué sucede a cada momento, y no en las implicaciones morales de lo que se muestra, por lo que los responsables de la cinta no esconden que su intención no es la reflexión, sino el sobrecogimiento efímero. En resumidas cuentas, se trata de un trabajo tosco, similar al del mal cine social en lo que a intenciones se refiere, que con toda probabilidad dejará indiferente, si no hastiado, a quien descubra la trampa que esta cinta esconde.


las inocentes critica


las inocentes cartel

 

LAS INOCENTES 

Dirección: Anne Fontaine.

Intérpretes: Joanna Kulig, Lou de Laâge, Agata Buzek, Agata Kulesza, Anna Próchniak, Vincent Macaigne, Katarzyna Dabrowska

Género: Drama. Francia, 2016.

Duración: 100 minutos.

 


 

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