Secuelas y riesgos


Staying Alive llevará a perpetuidad la peor etiqueta que se le pueda colgar a una secuela, no otra que presentarse como la continuación, tardía para más inri, no de una película de éxito más, sino de un fenómeno social que trascendió la cinematografía. Uno de esos que cuenta con un personaje convertido en icono y una miríada de apasionados a los cuales cualquier añadido que huela a espurio les hace poner en alerta el entresijo emocional desde el minuto uno de la segunda parte.

En 1983, seis años después de Fiebre del sábado noche, Tony Manero volvía a la pantalla gracias al impulso de Sylvester Stallone, que dirigía, coproducía junto a Robert Stigwood y escribía mano a mano con Norman Wexler, ambos, respectivamente, productor y guionista del pelotazo original. Seguía John Travolta, seguían los Bee Gees – aunque se repartían la banda sonora a medias con un hermanísimo Frank Stallone – y lo cierto es que apenas había poco más. Cualquier conexión primaria y sentimental que la uniera a la historia y las emociones de 1977 quedaba muy difuminada a lo largo de sus escenas, cuando no completamente eliminada. Y la consecuencia, que la consideración general hacia la secuela por parte de los seguidores del danzarín y hortera broccolino haya sido nula, relegándola a las categorías de bluf y de insulto a las esencias.

Desde una perspectiva menos comulgante, justo es reconocerle al proyecto de Stallone otra etiqueta. Aquella del riesgo: ante la tesitura de continuar una película singular por definición, una película cuyas cimas de éxito o pasión siempre serán más altas dentro de cualquier comparación, un combinado de prudencia e inteligencia, a la vez que un buen acicate para lo creativo, será plantear algo reconociblemente nuevo, buscar la distancia y definirte en lo distinto. Es muy probable que así, de antemano, el proyecto fracase, o bien se vea abocado al rechazo porque la parte (mayoritaria) de los espectadores esperará un poco más de lo mismo y no lo encontrarán. O que se acabe gestando una obra maldita por redescubrir: mejores ojos la verán lustros o décadas después. Casos afortunados, al final, los hay pocos; por poner un ejemplo, dentro de otras coordenadas, la fantástica secuela que Tobe Hooper se marcó mucho tiempo después de La matanza de Texas, tan diferente a la original y que tan poco gustó al estrenarse. He aquí el propósito de Stallone, el intento que anima la operación.

En este caso, seis años de diferencia son muchos años. Época diferente, música diferente. De los setenta de Carter y Ford al inicio de los ochenta de Reagan. De la disco-music a un mejunje entre el dance-rock y el AOR. Manero dejó Brooklyn, cruzó y pasó a la otra orilla. Sobrevive en Manhattan durmiendo en un albergue costroso mientras trabaja de camarero y da clases de baile en una academia. Su sueño es hacerse profesional y triunfar en los espectáculos de danza moderna. Se acabaron las discotecas, ahora toca Broadway. Por fin le contratan para integrarse en el grupo de bailarines del espectáculo estrella de la temporada, y el camino hacia el triunfo se verá zarandeado por dos mujeres, su amiga Jackie (Cynthia Rhodes), también artista secundaria en la obra, y la protagonista de la función (Finola Hughes), muy diva y muy castigadora. Manero tiene, pues, que hacer lo que sabe hacer: bailar y seducir. Y punto. Nada más.

En muchos aspectos Staying Alive no es una película peor que Fiebre del sábado noche, cinta que nunca tuvo tampoco, vista entonces y vista hoy, unos valores estéticos y narrativos que destacar fuera del culto. Ni Stallone parece demostrar cualidades inferiores como realizador que John Badham; ni ambos están particularmente dotados para afrontar el género musical. Y los dos trabajos comparten sin diferenciarse unas incongruencias y unas dosis de insipidez que la presencia, no la interpretación, de Travolta consigue compensar casi por arte de magia. Ahora bien, el planteamiento de Stallone carece, por un lado, de cualquier subtema con enjundia como aquellos que sí esbozaba la primera – el machismo, la desorientación juvenil y la hipocresía en la sociedad americana – y, por otro, de una chispa que convierta la materia tratada en fenómeno social.

Al ínclito padre de Rocky le interesa tan solo volvernos a contar el mismo relato de la llegada a lo más alto por parte de quien nació en lo más bajo, convirtiendo el espectáculo de Broadway prácticamente en un cuadrilátero durante los veinte minutos finales, como en los distintos capítulos de la saga del púgil, y poniéndole a Manero unas greñas y una cinta al pelo que le harán parecer una versión estilizada y pasada por el filtro de la MTV de Rambo, la otra criatura de los desvelos artísticos stallonianos. Toques con aire de extravagancia que no salvan la pobreza en un mecanismo dramático que alterna sin ton ni son los números musicales – cuya naturaleza es simplemente, incluso sobre el escenario, danza sobre música pregrabada – con los diálogos en torno a las cuitas de amor entre el italoseductor y sus dos suspirantes. Por estas carencias y varios aburrimientos, Staying Alive queda demasiado lejos de ser una pieza secreta para desempolvar.



stayingalive

STAYING ALIVE: LA FIEBRE CONTINÚA

Dirección: Sylvester Stallone. 

Guion: Sylvester Stallone y Norman Wexler. 

Intérpretes: John Travolta, Cynthia Rhodes, Finola Hughes, Steve Inwood, Julie Bovasso, Charles Ward. 

Género: musical. Estados Unidos, 1983. 

Duración: 96 minutos.

 


 

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