Me he comido los cupcakes 


En su célebre poema de 1934 “This is just to say” (“Justo es decirlo”), William Carlos Williams alcanzaba una de las cimas de la corriente conocida como imagismo valiéndose de, aparentemente, no más que una nota en una nevera. De estructura regular, pero sin rima ni métrica, el texto se presentaba como un pequeño apunte informativo en el que un sujeto A se disculpaba ante un sujeto B por haberse comido sus cerezas. Se ha debatido mucho sobre su significado –especialmente desde que, en 1982, la revista The Atlantic Monthly sacara a la luz una respuesta de su esposa bajo la que parecía latir un problema conyugal–, pero, en todo caso, el extraño lirismo que se desprendía de la pieza de Williams funcionaba como una reivindicación de la poesía oculta en la cotidianidad y lo mundano.

La figura de William Carlos Williams aparece varias veces en la película Paterson, una de ellas a cuenta del mencionado poema. El protagonista, de nombre Paterson, es también poeta y vive en la misma ciudad que él, Paterson, a la que el autor dedicó un poema épico homónimo en cinco entregas (de 1946 a 1958). Si Williams cultivaba el arte de vanguardia en el tiempo libre que le dejaba su trabajo de médico, el personaje interpretado por Adam Driver se gana la vida como conductor de autobuses. En sus trayectos diarios, todo el maremagno de conversaciones que resuenan en su cabeza (desde métodos para ligar hasta anarquismo) parece infectado de un virus poético. Sin embargo, de entre todas las piezas que veremos componer a Paterson, ninguna tendrá un mínimo poso de lo dicho por esos pasajeros. ¿Por qué, entonces, percibimos súbitamente como poesía diálogos aislados, así como discusiones en la barra de un bar o los simples quejidos de un perro? Porque, en su última obra, Jim Jarmusch se ha propuesto la misión de hacernos ver el mundo a través de los ojos de un poeta.

Con la colaboración del autor Ron Padgett, que ha escrito los poemas que aparecen en la película, Jarmusch ha firmado un trabajo de una belleza singular, donde, en la línea de lo que sucedía en Dead Man (1995) o Ghost Dog: El camino del samurái (1999), la perspectiva y la sensibilidad de su protagonista son condicionantes de todo. En este universo en el que la armonía es casualidad y nunca tiene justificación, pueden atisbarse a la vez síntomas de muchas cosas: desde una relación en la que asoman potenciales disfuncionalidades, hasta unos Estados Unidos crepusculares empeñados aún en mirarse al espejo de los años cincuenta. Si el gusto por el detalle ha sido siempre un rasgo del cine de Jarmusch, la elaboración en Paterson de toda una narrativa a partir de la observación bien podría parecer su apoteosis. Todo ello rigurosamente ajustado a un marco muy poco pirotécnico: la rutina de un conductor de autobuses cada día de la semana. El otrora guía espiritual del cine independiente no solo ha logrado una de sus películas más hermosas, sino también de las más placenteras. Porque, como dice su protagonista en un momento dado, “la sencillez es un acto de generosidad”. 


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PATERSON 

Dirección y guion: Jim Jarmusch. 

Intérpretes: Adam Driver, Golshifteh Farahani, Kara Hayward, Sterling Jerins, Luis da Silva Jr., Frank Harts, William Jackson Harper. 

Género: comedia dramática. Estados Unidos, 2016. 

Duración: 113 minutos.

 


 

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