Destino Londres


Tras las estupendas Once (2009) y Begin Again (2006) el irlandés John Carney parece haberse convertido en referencia de mucha confianza a la hora de acercarnos a un tipo de cine musical en el cual la misma música aparece como uno de los elementos intrínsecos del relato (básicamente porque los protagonistas son compositores, intérpretes o productores) y, en consecuencia, se reflexiona acerca de aquello que significa dentro del devenir de cada día en la existencia de dichos personajes. Carney se muestra así como un creador que sabe conjugar la expresión de sus pasiones, hacer mirar y hacer escuchar a la vez, por lo que no se hacía raro intuir que tarde o temprano volvería la vista a sí mismo – por ejemplo, antes de dedicarse a dirigir fue bajista de The Frames a inicios de los noventa – y las vivencias autobiográficas fueran la sustancia a modelar en una nueva película. Y es que al igual que Connor, el protagonista de Sing Street, él fue quinceañero en el Dublín de los ochenta, de un colegio pijo pasó a otro perteneciente a un mundo más rudo y formó una banda a modo de escudo protector y para captar el interés de las chicas.

A partir del establecimiento de un eje geográfico y después espiritual entre Dublín y Londres, la historia se mueve dentro de ese primer extremo y con la vista puesta en lontananza continuamente hacia la Gran Capital a orillas del Támesis, donde emigran los irlandeses que huyen de la crisis y la rigidez católica, donde está el centro mundial de la música y las nuevas tendencias que atraen a los jóvenes. Es el conflicto que viven los protagonistas, y la operación de solapar ambos mundos la que organiza las imágenes: sobre la escuela, las calles y las casas dublinesas se colocan las notas, las vestimentas y colores que Connor ve aparecer antes en el mítico programa Top of The Pops. Los sucesivos aires a Duran-Duran, Hall & Oates, The Cure y Elvis Costello ladrillan este camino de perfección.

Sing Street no tiene vocación realista sino la de preparar una fantasía musical para jóvenes, permitiéndose incluso entrar de pleno en el simbolismo puro y duro en la última secuencia. Tal vez guste menos a los que disfrutaron Once o Begin Again, pero hay que tener en cuenta a quien va destinada: a los adolescentes (o la parte residual que quedará en el adulto). Y la disfrutarán.


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