Los medios y los fines


El cine de Pedro Costa se ha basado en una sencillez narrativa deliberada y en una obligada economía de medios. En películas anteriores (Ossos, El cuarto de Vanda) se apreciaba la búsqueda de una pureza expositiva que se detenía —de manera a veces dolorosamente lenta— en la observación de personajes marginales que parecían vivir o quizá reproducir ante nosotros sus difíciles existencias. Esa mirada conceptualmente pausada, sometida a estrictos condicionantes económicos, pero siempre dotada de sensibilidad hacia los más débiles y de una depuradísima fotografía, caravaggiesca en su búsqueda del claroscuro y el contraste, se mantiene en Caballo dinero, última e impactante película del director luso. Sin embargo, se aprecia aquí un turbador salto formal que, en cierto modo, nos hace dudar de lo afirmado durante la presentación de la película en Madrid por Víctor Erice, para quien el cine de Costa representa un ajuste perfecto entre medios y fines.

Caballo dinero nos habla de Ventura, un caboverdiano cuyo devenir sigue el director portugués desde Juventud en marcha, y que, arrastrado por el vendaval de la pobreza, el colonialismo, la emigración y el desarraigo, se encuentra en un hospital que parece el escenario de una película de terror, un lóbrego panóptico, un túnel interminable. Como en una pesadilla (Costa ha mencionado la influencia de Jacques Tourneur), Ventura rememora su amarga existencia, y sus recuerdos, si es que verdaderamente lo son, aparecen aquí dislocados, intercalándose con imágenes no sólo de su vida, sino de otras vidas de caboverdianos emigrados al Portugal revolucionario de la década de 1970 que, como él, viven en la miseria, transitando por escenarios derruidos. El entramado, quebradizo, pero entramado, al fin y al cabo, que constituía la vida de barrio en La habitación de Vanda, aquí ya no existe. Solo hay personajes aislados que, como estampas arrojadas al suelo, trasmiten su historia como pueden.

Hay una larga secuencia en el tramo final de Caballo dinero que, condensando en cierto modo la película, representa el nuevo riesgo que está asumiendo Costa. En ella, Ventura dialoga con un soldado-estatua que sólo cambia de postura cuando no lo vemos y que enfrenta al emigrante con las desilusiones y contradicciones de la Revolución de los Claveles y del pasado en general. Es el soldado un hombre joven que habla con el viejo y enfermo emigrante y a veces le increpa. Sin embargo, nosotros únicamente vemos la expresión de Ventura: aterrada, sufriente y un tanto estática, porque su interlocutor ni siquiera mueve los labios ante nosotros. Parece que estemos contemplando, sin poder apartar la vista —Pedro Costa no nos lo permite—, uno de esos lienzos de Francis Bacon en los que el sujeto, atrapado en un espacio oscuro y asfixiante, se retuerce ante nuestra mirada.

Al aislar constantemente a Ventura y a otros personajes de Caballo dinero, sacándolos de su contexto, y al convertirlos en símbolos, en metáforas de una demolición física y moral generalizada, Costa, que admite en una entrevista que debería compartir con sus «actores» la responsabilidad autoral de sus películas, parece distanciarse de las peripecias que cuentan (no por casualidad, Brecht está entre las referencias literarias del filme). Da la impresión de que el mensaje universal y profundamente «artístico» de Caballo dinero relega la propia realidad de los personajes que mueven la historia. Curiosamente, Costa también ha dicho que «Lo artístico, lo que Brecht llamaba lo artístico, es un bloqueo, una barrera». Pero en esta apasionante y poliédrica película, que exige un gran esfuerzo al espectador, el distante retorcimiento de Bacon parece haberse impuesto a la carnalidad de Caravaggio: el terror o el sufrimiento, como concepto e imagen, están más presentes que las propias vidas de quienes los padecen, aquellas que, apenas tamizadas por los claroscuros, observábamos en toda su crudeza en El cuarto de Vanda.


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CABALLO DINERO

Dirección: Pedro Costa.

Intérpretes: Ventura, Vitalina Varela, Tito Furtado, Benvindo Tavares.

Género: drama. Portugal, 2014.

Duración: 103 minutos.

 


 

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