Con el proyecto europeo atravesando la fase más cuestionable, y cuestionada, de toda su historia –la Europa del golpe de Estado económico, la del desastre de Lampedusa, la del acuerdo con Turquía por la expulsión de los refugiados–, y en aparente proceso de desintegración –el Brexit, el auge de los nuevos fascismos–, la sección Memoria del VI Atlántida Film Fest, que ha tenido al viejo continente como eje temático, se propone volver la vista hacia los orígenes en los que se cimentó la comunidad. Y buscar, quizá, algo en nuestra historia que nos ayude a no reproducir, con tantísima precisión, viejos errores.

La organización contra las élites ha suscitado, entre los explotados, un debate continuo desde la revolución industrial sobre cómo tomar el poder. Parte de esas controversias constituyen, de largo, lo más interesante de Los anarquistas (Elie Wajeman, 2015), donde las recreaciones de los ambientes en los locales de reunión secretos, con anarquistas, comunistas y algún que otro bohemio (nos encontramos en el París de finales del XIX), son lo único mínimamente memorable entre la modorra general que suscita una película con más puntos en común con Amar en tiempos revueltos que, pongamos por caso, con Germinal (Claude Berri, 1993). El reclamo de una Adèle Exarchopoulos a la que teníamos ganas de volver a ver no es suficiente para paliar los daños en este melodrama histórico de bajo perfil, sobre un brigadier que se infiltra en un grupo anarquista y, más tarde, se debatirá sobre traicionar finalmente a sus miembros o no. Que su director y guionista haya formulado este dilema a partir de un interés romántico, y no desde el conflicto de clase, da una buena medida de la sal gorda empleada en este desaguisado, donde decisiones tan aleatorias como acompañar una secuencia de robo con I go to sleep de los Kinks (nada malo que decir de los Kinks en esta casa, pero ¡¿a qué viene?!) ponen de relieve la ausencia de un criterio claro.

Unos años hacia delante, en el ocaso del Imperio Otomano, se sitúa la historia de La reina del desierto (2015), el regreso del maestro Werner Herzog a la ficción. Se trataba de uno de los títulos más esperados del festival online, porque un Herzog en exclusiva no es que sea un lujo habitual al alcance doméstico, y quizás por ello la sensación de decepción es mayor de la justa: estamos ciertamente ante una de las peores versiones del cineasta alemán, pero un proyecto fallido del hombre que firmó Fitzcarraldo (1983) nunca podría estar exento de interés. Con un casting llamativo donde chirría especialmente un chanante James Franco (que parece haberse quedado a vivir en una comedia de Seth Rogen por siempre), la extraordinaria labor de Nicole Kidman en un papel para el que, por edad, podía no ser la más creíble, brilla sobre un conjunto donde las partes suman más que el todo: puede atisbarse lejanamente al director explorador de Fata Morgana (1971) o al arqueólogo de La cueva de los sueños olvidados (2010) en momentos de arrebato puntual, como el encuentro de la punta de lanza y la reflexión sobre el paraíso primigenio, pero no están del todo bien integrados en una narración que parece jugar la carta del drama romántico clásico y se deja la emoción por el camino. Bellamente fotografiada y con, pese a todo, una pasión más que evidente hacia el material abordado (la historia de Gertrude Stein, documentada a fondo), La reina del desierto es una obra menor que difícilmente se ve con desagrado. Queda soñar con cómo hubiera sido la película si Herzog se hubiera planteado narrar el acercamiento de Stein a los beduinos a la manera de una inmersión.

Otro de los platos fuertes del festival era The Childhood of a Leader (Brady Corbet, 2015), cuento ambientado en el período de entreguerras que parte de una idea similar a La cinta blanca (2009) de Haneke: investigar el crecimiento de la semilla del odio y el nazismo a partir de la corrupción de la inocencia en la infancia. Espectaculares encuadres simétricos y una estruendosa música de Scott Walker envuelven un trabajo impecable técnica y visualmente, con atmósfera de película de terror, pero de resolución tirando a chorra hasta dar más bien la impresión de haber perdido un poco el tiempo. Corbet parece querer recrear lo que debe de ser su idea de espectáculo fastuoso, con mucha pomposidad y una ambición en el trazo que no tiene nada de desdeñable, pero en esta película también da visos de pertenecer a esa raza de narradores que no tienen problema con retorcer una historia, caiga quien caiga, para ajustarla a un mensaje/tesis determinado, en lugar de dar aire a los acontecimientos o tomarse tiempo en armar una psicología de personajes más cuidadosa. Así, lo que acaba contando realmente –aclarado tras una de las elipsis más demenciales del año– no está a la altura de ese espectacular dispositivo formal, rayando en el terreno de la comedia involuntaria. Un folletín tronado impreso en tapa dura. 

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‘The Childhood of a Leader’ / Fuente: Filmin

Con el arranque de la Segunda Guerra Mundial termina The Childhood of a Leader y empieza Memories of the Wind (Özcan Alper, 2015), aproximación al genocidio armenio que cuenta con el aliciente del gran Andreas Sinanos (el director de fotografía de Theo Angelopoulos) al mando de la cámara. La película sigue los pasos de un periodista que trata de escapar de las autoridades, tras la fijación de unas tasas inasumibles puestas en marcha por el gobierno de Turquía para eliminar a las minorías étnicas de los puestos de poder. Expuesta la situación, llega un brusco cambio de tono: lo que se había presentado ante el espectador como un thriller político, torna en silenciosa película de arte y ensayo, una vez el protagonista se afinca en el bosque. La película cae presa, por momentos, de una afectación tirando a artificiosa, con unos flashbacks sepia bastante innecesarios y una voz en off que se dice a sí misma cosas como “Mi vida está hecha añicos en esta gran fosa llena de restos humanos”, no despejando las sospechas de si su intento de alcanzar una forma lírica (alguna que otra salida alegórica, secuencias que parecen aspirar a conformar una poética del rostro) no está, acaso, encubriendo un drama acartonado de tomo y lomo, sostenido, en parte, sobre un suspense tan poco misterioso como qué pasará si refugias a un pobre hombre de buen corazón con una mujer atractiva y su marido déspota.

La Unión Soviética también se lleva su parte en la sección con las películas In the Crosswind (Martti Helde, 2014) y The Event: El último imperio (Sergei Loznitsa, 2015). La primera de ellas, ganadora del Premio del Público del festival, es una propuesta atípica y bastante difícil: toda ella está realizada al estilo de tableux vivants encadenados, recreando con crudeza, a lo largo de sus casi noventa minutos, los campos donde Stalin destinó a los deportados masivamente desde los países bálticos durante la ocupación. Todo ello acompañado por la lectura dramatizada de las cartas que escribió la estudiante de filosofía Erma Tamm a su marido –creyéndole vivo– durante su cautiverio. “Heldur, el tiempo se ha parado. Lo temporal ha pasado”, cuenta Tamm mientras a cámara lenta se despliegan imágenes vacías, de espacios desolados, como si estuvieran tomadas en el mismo purgatorio. Desde el primer minuto no hay engañifas y la película es exactamente lo que dice ser, con entrada reservada exclusivamente a quienes tengan más propensión a adentrarse en experiencias de mera emoción visceral, más allá de lo verdaderamente artístico (proeza estética aparte). Para el resto, el soponcio puede ser de rigor. El documental The Event: El último imperio constituye, por su parte, uno de los puntos más bajos de la sección por su lectura evidentemente parcial de un proceso tan complicado como fue la desintegración del bloque soviético, emparejando las protestas de los anticomunistas durante el golpe de agosto de 1991 con el Maidan de 2014 (otro acontecimiento, por cierto, con demasiadas aristas). Solo la aparición de imágenes de archivo pertenecientes a aquellos instantes dota de interés documental a la propuesta, que elige la música de El lago de los cisnes como única banda sonora: durante el levantamiento de la llamada “línea dura” del PCUS contra Gorbachov, las radios se silenciaron retransmitiendo únicamente el ballet de Tchaikovski en bucle.

Y la película que se ha alzado con el beneplácito del jurado de este VI Atlántida Film Fest ha sido, también, la mejor del lote para este cronista: la serbia Depth Two (Ognjen Glavonic, 2016), durísimo cruce entre documental y thriller que aborda crímenes de guerra cometido por su país durante la guerra de Kosovo. El hallazgo en el Danubio de un camión con cincuenta y cinco cadáveres de civiles albanos y, por otra parte, de cinco fosas comunes en la periferia de Belgrado son los dos relatos sobre los que pivota la película, desplegándose poco a poco la investigación consiguiente a modo de relato negro. Desde un concepto tan sencillo como el de acompañar una serie de testimonios atroces –extraídos, en parte, del juicio contra el expresidente Milošević– con imágenes de los lugares donde acontecieron (desnudos, sin dramatizaciones ni gente llenando los espacios), Glavonic logra construir un trabajo valiosísimo por su capacidad para trasladar al espectador al epicentro de la tragedia, de trascender el sentido de la propia representación haciéndole imaginar lo inimaginable. 

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‘Depth Two’ / Fuente: Filmin

 

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