No sólo el peón se ha sacrificado


El caso Fischer, biopic sobre el campeón del mundo de ajedrez en los años setenta, (dirigida por Edward Zwick y protagonizada por Tobey Maguire), cuenta la tortuosa vida de un genio desde su surgimiento improbable en una familia que hoy diríamos “desestructurada” (el padre, inexistente; la madre, con una vida social, sexual y sentimental bastante variada; la hermana adolescente que cumple el papel de verdadera madre) hasta su culminación en el enfrentamiento final con su némesis, el soviético Boris Spassky (Liev Schreiber), en el Campeonato Mundial celebrado en Finlandia en 1972.

La historia, que en principio podría interesar a los aficionados al ajedrez, da la impresión de estar rehuyendo continuamente el cumplimiento de unas expectativas que inevitablemente surgen en todo tipo de espectadores. Por un lado, se pasa como de puntillas por las hazañas realmente descomunales del verdadero Fischer: el jugador más joven en alcanzar nunca la categoría de Gran Maestro (a los 15 años); el primer norteamericano en lograr el Campeonato del Mundo en una disciplina dominada por la escuela soviética. Por otro lado, las dos subtramas (la amorosa y la política) que podrían servir para enganchar en la historia a un público más amplio también se frustran: la historia con la prostituta parece forzada, mal concebida y peor ejecutada; y lo mismo ocurre con el trasfondo de la Guerra Fría. Finalmente, los espectadores más analíticos que gusten de historias de cierta sofisticación saldrán del cine igualmente desencantados: el esquema del héroe que con ayuda de sus dos aliados (Michael Stuhlbarg, Peter Sarsgaard) emprende el camino, lleno de dificultades y rocosos abismos, hacia Reikiavik para obtener allí el vellocino de oro (o Santo Grial, aquí en forma de los cientos de miles de dólares que suponen el premio del torneo) si logra vencer al dragón ruso, aunque trillado, podría haber servido igualmente para escribir una historia interesante que aquí sólo asoma por momentos.

¿Y cuáles son esos momentos?  Por un lado, el descubrimiento de que el auténtico monstruo que le aguarda en el centro del laberinto no es el Minotauro soviético sino un enemigo todavía más poderoso, el único realmente capaz de derrotarlo: él mismo, cuyos demonios interiores empiezan pronto a asomar en forma de psicosis y demencia. Por otro, que el largo camino que ha de emprender el héroe contemporáneo no conduce, a la postre, más que a la búsqueda de una identidad otorgada en el fondo por los demás, y al cumplimiento del propio destino: la necesidad que Fischer tiene, pasadas las décadas y una vez que la película casi ha terminado, de volver a enfrentarse con su archienemigo Spassky para seguir apuntalando una identidad más que disociada, y conformar así el propio sentido, es lo que habría dotado a la película de una trascendencia y una profundidad que en realidad no alcanza. La elección de Maguire para encarnar a un personaje de la hondura de Bobby Fischer tampoco ayuda demasiado.

Por lo demás, los momentos de clímax y de humor que se distribuyen por el largometraje son en general bastante facilones: el espectador tiene la confirmación de que al protagonista se le está yendo en serio la cabeza cuando suena atronadora la canción “White rabbit”, de Jefferson Airplane; habrá espectadores que quizá se rían cuando uno de los ayudantes de Fischer, un sacerdote católico, exclame tras un genial movimiento de piezas: “Holy shit!”. De hecho, en la sala hubo quien se rió.


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EL CASO FISCHER

Dirección: Edward Zwinck

Intérpretes: Tobey Maguire, Peter Sarsgaard, Lev Schereiber, Michael Stuhlbarg

Género: drama, biográfico. Estados Unidos, Canadá, 2014

Duración: 115 minutos


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