Me gustaría que, en lo que sigue, interrumpan la lectura de estas líneas para ver algún fragmento de este videoclip. No importa cuál. El grupo se llama Amatria y la canción Chinches. Yo la escuché por primera vez en el programa Siglo XXI de Radio 3, pero el video lo ví después cuando busqué en Youtube. Mi intención era volver a escuchar y me puse a ver. Creo que los colores captaron mi atención. Luego averigüé que Amatria es el proyecto musical del ciudadrealeño Joni Antequera. La base es la música electrónica y la tendencia con la que se relaciona al creador, el indie. Antequera ha mencionado que su principal influencia son los Crystal Castles. Es un moderno. Si me interesa hablar de este video es porque pienso que ilustra el mainstream ideológico de hoy referente a lo que se considera moderno, y que en este caso se expresa mediante la remasterización de los años ochenta. El video de Chinches no cuenta una historia, pues se construye en base a una sucesión de planos que buscan el estímulo sensorial visual. Esta sensación buscada de homemade es la base de esa estética naíf que, siendo anacrónica, nos transporta unas décadas atrás. No dejamos, sin embargo, de percibir lo impostado, el trabajo de postproducción lo evidencia: un filtro HD matiza la imagen y potencia los colores. Así es como lo digital reinventa los colores analógicos de la gama almodovaresca. Son los mismos tonos que Pedro Almodóvar recupera en una secuencia de Los abrazos rotos (2009), la del monólogo de Carmen Machi, “la concejala antropófaga”, momento fílmico en el que el manchego, suponemos, le guiña un ojo a su yo del pasado.

Sobre el trabajo de montaje habla el propio Antequera en una entrevista. El músico corrobora que la edición buscó el extrañamiento. En mi opinión, es un artificio similar al de Salvador Dalí y Luis Buñuel en Un perro andaluz  (salvando las distancias, claro, pero esa es la idea cinematográficamente hablando). Secuencias aparentemente inconexas que crean coherencias incómodas. Existe una tesis doctoral de un tal Jon E. Illescas que se fundamenta en la premisa de que el videoclip como género es transmisor de cosmovisiones e ideologías entre los jóvenes. Si suscribimos esa idea, este video sería un interesante testimonio de lo que está sucediendo estética e ideológicamente en la movida madrileña de los 2010’s con la generación del modo aleatorio o shuffle.

El otro día por la noche estuve en las fiestas del Orgullo Gay 2016 de Madrid. Había varios escenarios en distintos puntos del centro de la ciudad. El escenario del Delirio Live Party estaba en la Plaza del Rey, que es dónde yo fui a parar. Al principio, en la parte trasera del escenario, atisbaba a las bailarinas de espaldas. Pronto llegó el turno de A quién le importa y, los acontecimientos se precipitaron hacia versiones de creación propia como el arrumbado Putón verbenero. Fue entonces cuando una amiga y yo nos abrimos paso a empujones hasta la primera línea, para así observar a las chicas de frente. No le dije nada a mi amiga, pero en ese instante sentí las Fiestas del Orgullo como una manifestación del folklore madrileño: la exhibición de una estética enraizada. La gente de alrededor fulguraba, y lo hacía al ritmo de aquellas atractivas travestis, quienes interpelaban, en clave de tecno-rumba, al putón de verbena que en ese momento éramos todos.

Hoy, ordenando las ideas, me he acordado del tema que canta Bomitoni en Pepi Luci Bom y otras chicas del montón y que empieza “Te quiero porque eres sucia” y, sigue, “la más hortera de Murcia y a mi disposición entera”. Y, también, de cuando, en la misma peli, Carmen Maura advierte a Bom y a Lucy, antes de que actúen en su filme: “No sólo tenéis que ser vosotras mismas, sino que tenéis representar vuestros propios personajes y la representación siempre es algo artificial”. Es en estas últimas palabras donde se avista  la idea del exceso, el mismo que desborda el límite donde se confunden lo bello y lo grotesco. Un juego tan maniqueo que deja de serlo y que está enraizado en el espíritu de Madrid en un movimiento que atraviesa lo goyesco y transcurre por un canal de liberación para rebasar borboteante, como lo hacen todas las conductas desmesuradas de lo sexual. Carmen Maura añade: “Sólo consiste en exagerar un poco”.

En los 2010’s se ha hablado bastante de lo vintage. La penúltima película de Noa Baumbach, While we are young (2014), trata del encuentro entre Josh, un cineasta en la cuarentena que busca la verdad con sus documentales, y Jamie, veinteañero que está empezando en esto del cine verité. Jamie es un hipster y Josh, que no debe de saber bien lo que es eso, está fascinado de admiración por él, su forma de vestir, los objetos de anticuario que posee, la excentricidad con la que sustituye el iPod por el walkman y, más que todo, su actitud. El veterano ayuda al primerizo a grabar su primer documental, cargado de buena fe. Pero, horror, una vez consumado el rodaje, Josh descubre que Jamie ha filmado un “falso documental”, manipulando los hechos para que aparenten fortuitidad. Esta traición a la ética del cine documental purista indigna profundamente al que no sabe nada de los hipsters y continúa creyendo que detrás de todo hay algún tipo de verdad oculta. A este le resulta inasible, pues, el paradigma posmoderno del cual el shuffle o el modo aleatorio del iPod son metáfora.



Fotografía: Canal YouTube Subterfuge Records 


 

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