Primer día con programación regular, y primera jornada de sorpresas. Con división de opiniones fácilmente constatable en redes sociales, la doble sesión que presenciamos ayer no dejó indiferente a casi nadie, y eso, visto desde cualquier prisma, es una buena noticia para los amantes del género: en un panorama donde la autocomplacencia y el fanservice cada vez se estilan más, que Nocturna decida apostar por el riesgo es un gesto que se agradece, y seguramente el mejor camino para convertirse en el referente europeo del fantástico que aspira a ser.  

129-frame4_Lost Village

Entre los cortometrajes a competición vistos ayer, destacó el curiosísimo Lost Village (Giorgi Todria, 2015), una fascinante reinterpretación del cuento de Julio Cortázar Casa tomada (1946) –de la que nos enteramos por los créditos– que plantea una confrontación entre mundo antiguo y mundo nuevo, a partir de un motivo visual tan sencillo como la luz. Su argumento es difícil de poner en palabras porque no se ajusta a una explicación racional: se trata de poner en marcha un misterio sobrenatural exclusivamente a través de la imagen, cosa que logra desde su mismo plano de apertura, apenas un reflejo en el suelo. Un triunfo de la dirección de fotografía que es firme contendiente para el premio del sábado. Nuestros otros cortometrajes del día fueron Iron Mountain (Romain Brachet, 2015), críptico cruce entre vikingos y aliens del que no supimos rascar más allá de sus efectos digitales, y Portal to hell!!! (Vivieno Caldinelli, 2015), parodia en clave cotidiana del universo de Cthulhu con la sorpresa del desaparecido Roddy Piper en el papel protagonista. El mítico héroe de Están vivos (John Carpenter, 1988) interpreta a un encargado de mantenimiento que debe lidiar con un portal abierto a R’lyeh en su sótano. 

La sección Oficial Fantástico dio comienzo con el largometraje Polder (Julian M. Grünthal y Samuel Schwartz, 2015), que había levantado cierta expectación por su estética videojueguil y filoasiática, pero se encontró con bastantes morros torcidos al término de la proyección. La razón es que se trata de una película de ciencia-ficción exigente sin planes de hacer amigos, con una narración estructurada en varias capas que toma decisiones de lenguaje radicales para diferenciarlas. A este corresponsal le gustó mucho: con un punto de partida similar al de la magnífica eXistenZ (1999), de David Cronenberg, la película brilla por lo seriamente que se toma su propia dinámica, materializando con ingenio el mundo del subconsciente y las realidades virtuales. Polder, gracias a las posibilidades metalingüísticas de su historia, halla continuamente estupendas soluciones formales –justificables y justificadas en la narración– como la de la firma del contrato en tónica expresionista, e, incluso, se permite un inesperado comentario sobre la monetización de la disidencia con esa empresa capitalista que es enemiga en el propio videojuego que comercializa. Una idea que, por cierto, también estaba ya en la película de Cronenberg. Su giro final, sin embargo, la acaba emparentando más con un capítulo de Black Mirror (Charlie Brooker, 2011–). 

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Aunque la película grande de la noche iba de exorcistas de Hong-Kong, al Nocturna hay que venir a jugar, así que decidimos meternos en la sección Madness a ver Harvest Lake (Scott Schirmer, 2016). Apuesta ganadora: no tratándose exactamente de una buena ni una mala película, Harvest Lake es una marcianada insólita como pocas pueden contemplarse en pantalla grande, probablemente sin mayor recorrido que una ruta de festivales a cuyo paso dejar varios sesos fritos. La película ofrece una revisión de la arquetípica trama de excursionistas promiscuos en peligro, planteando una especie de La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956) sexual mediante unos hongos gigantes de apariencia genital que poseen a los personajes, trasladándolos a una existencia basada en el placer hedonista. Si con Polder era difícil no pensar en Cronenberg, con esta es directamente imposible: el argumento, y la manera concienzuda en que se ha materializado la peculiar amenaza monstruosa, recuerdan inevitablemente al hombre que firmó Vinieron de dentro de… (1975) o Rabia (1977), aunque no queda claro si Schirmer es un autor con un discurso en construcción o alguien que solo juega con sus referentes. Su tosca realización, que descuida incomprensiblemente todo su (largo) tramo nocturno con una iluminación deficiente, empaña un trabajo, por otro lado, memorable en su clímax final y en su ambicioso carácter anti-irónico. Ganas de seguir a su director en el futuro. 

 

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