Por el martillo de Grabthar y los soles de Worvan


Corría el año 2000 cuando vi por primera vez Héroes fuera de órbita. Quizá ni siquiera había cumplido aún los ocho años. Estaba con mi padre, respetando una semana más el ritual sagrado de visitar el videoclub y, aunque siempre tardaba mucho en elegir, ese día recuerdo que no hubo problemas: una comedia de extraterrestres con Tim Allen –al que, por supuesto, ya tenía perfectamente fichado a mi edad por ¡Vaya Santa Claus! (John Pasquin, 1994) y Un chapuzas en casa (Carmen Finestra, David MacFadzean y Matt Williams, 1991–1999)– no debería hacer dudar a ninguna persona de orden. En aquella época no podía tener un gran juicio crítico, pero la película no solo me divirtió mucho, sino que dejó en mi subconsciente un puñado de imágenes e ideas que ya nunca se irían. La película hace un guiño a Star Trek (Gene Roddenberry, 1966–) y a su comunidad de seguidores mediante la historia de unos actores de una serie de televisión muy parecida que se pasan la vida frustrados, de convención en convención, recitando citas célebres que odian y atendiendo a preguntas de fans sobre detalles técnicos irrelevantes; yo no captaba la referencia, pero entonces me descolocó mucho porque no había visto en mi vida una película con un universo de ficción propio dentro, autoconsciente del medio. Era el mismo año de otra película de cine dentro de cine que también me voló la cabeza y me hizo una gracia exagerada, la soberbia Bowfinger, el pícaro (Frank Oz, 1999). Lo hilarante de Héroes fuera de órbita es su conflicto: creyendo lidiar con otros fans chiflados, de esos que se disfrazan, los protagonistas acaban abducidos por unos alienígenas reales, que han visto la serie de televisión, la consideran un documento histórico de sus hazañas y requieren de su ayuda para vencer a una raza de reptiles liderada por un despiadado monstruo llamado Sarris. Los alienígenas no conocen el concepto de “mentira”, de modo que los actores se ven obligados a seguir adelante para no desilusionarles.

Héroes fuera de órbita me siguió acompañando años después, viéndola siempre que la pillaba en alguna reposición televisiva, normalmente a horas descabelladas. Fui haciéndome consciente de que no era la única película de su especie (actores tomados por sus personajes de ficción): por ejemplo, estuvo antes la gran ¡Tres amigos! (John Landis, 1986), y después Posesión demencial (Bruce Campbell, 2007), incontestable autoparodia de la estrella de Evil Dead (Sam Raimi, 1981–1992).

Debido a la tristísima noticia del fallecimiento de Alan Rickman hace dos meses, reconocido popularmente por interpretar al profesor Snape y al malo de Jungla de cristal (John McTiernan, 1985), no quise perder la ocasión de recordar en mis redes esta película, donde no solo está caracterizado de una guisa fascinante, sino que borda una actuación pletórica. Pensemos en cuál es el rasgo que nos resulta más identificativo de Rickman: lo primero que viene a la cabeza es esa mueca de hastío, de estar ya muy harto de todo y de todos, ¿verdad? Pues Héroes fuera de órbita es el apocalipsis de esto. Con unas aletas raras en la cabeza todo el metraje. Un metraje de más de hora y media. En mi momento favorito (para mi gusto, también la parte en la que simbólicamente termina de vencer toda distancia irónica para adentrarse en el genuino Gran Cine), su personaje deja de renegar de la frase que le hizo famoso en la serie de televisión para decírsela emocionado y con toda sinceridad a un alienígena caído en combate: «Por el martillo de Grabthar y los soles de Worvan, tú serás vengado». Si bien Héroes fuera de órbita fue un éxito comercial en Estados Unidos, hablándose durante años de una secuela, al recomendarla terminé de confirmar que la película aquí es más bien desconocida. Así que, a la manera de Alan Rickman, me veo en la tesitura de jurar por lo que haga falta, mediante este artículo, que… será vengada.

¿Por qué Héroes fuera de órbita sigue siendo una película que recordar en el año 2016? Básicamente, porque es redonda. Pertenece a una gran etapa como humorista de masas de Tim Allen, quien, tras haber encadenado varias producciones de éxito para Disney (incluyendo, no lo olvidemos, el doblaje de Buzz Lightyear), acababa de ser fichado por Dreamworks y ponía fin a Un chapuzas en casa con vistas a dedicarse ya exclusivamente al cine. Pero la película no es ni mucho menos un one man show: Rickman y Sigourney Weaver son coprotagonistas en toda regla, y también hay espacio para que brillen unos inspiradísimos Sam Rockwell y Tony Shalhoub como secundarios. Encontramos en ella además, de forma breve, a dos talentos incipientes como Rainn Wilson (el Dwight de la versión americana de The Office) o Justin Long. Su guion está perfectamente calibrado; si bien en comedia el exceso de cálculo suele jugar en contra, aquí sirve como ejemplar puente entre géneros, sirviéndose de gags para introducir aspectos que serán inesperadamente importantes en la trama de ciencia-ficción. Además, demuestra sobrado ingenio para mantener en movimiento la trama una vez que se ha producido lo, en principio, más interesante (la entrada de los actores a la nave): set pieces como la del campo de minas galáctico o el enfrentamiento al monstruo rocoso demuestran la sana ambición de sus responsables –a la dirección Dean Parisot, en 2005 al frente de la profética y reivindicable Dick y Jane: Ladrones de risa con Jim Carrey–, que bien podrían haberlo dejado todo a la comedia y descuidar la parte de aventuras.

Pero lo que hace grande sobre todo a esta película es su improbabilísimo sense of wonder y su cariñoso discurso (no por facilón menos efectivo) en torno a la cultura fan, acerca del importantísimo legado luminoso –la amistad, la lealtad, el “Nunca retroceder, nunca rendirse”– de fenómenos pop en apariencia triviales. Preguntados tras el estreno de la película, los actores originales de Star Trek manifestaron unánimemente su entusiasmo (William Shatner se mostró irónico ante la interpretación de Tim Allen, que le mimetiza, fingiendo no pillar la parodia), destacando Patrick Stewart lo siguiente: «Nadie se rió más alto que yo en el cine, pero la idea de que la nave y los protagonistas sean salvados por fans que comprenden los principios científicos por los que se rige su universo fue absolutamente maravillosa. Así que, además de divertida, me emocionó que rindiera tributo a la dedicación de esa gente». Igual que “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”, la frase que grabó sobre el mármol de la Historia nuestro aún presidente en funciones Mariano Rajoy, Héroes fuera de órbita (realizada a su vez, evidentemente, por fans de Star Trek) tiene claro que es el fan el auténtico motor y corazón de todo esto, y que los héroes de la pantalla pueden serlo fuera mientras haya quien crea en ellos, sean alienígenas de otra galaxia o foreros desde el ordenador de su casa, enalteciendo ese amor y esa pasión como fuerzas fundamentales. Ya les gustaría a algunas entregas de sagas mastodónticas haber contado en su concepción con algo de eso, y con menos de contabilidad.



heroes-fuera

 

HÉROES FUERA DE ÓRBITA

Dirección: Dean Parisot

Guion: David Howard y Robert Howard

Intérpretes: Tim Allen, Alan Rickman, Sigourney Weaver, Sam Rockwell, Tony Shalhoub, Daryl Mitchell, Enrico Colantoni.

Género: comedia de ciencia-ficción. Estados Unidos, 1999

Duración: 102 minutos

 


(Material gráfico: YouTube / Paramount Movies)


 

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