El lapso dentro del cual se recogen los acontecimientos de Nightcrawler viene acotado por dos planos fugaces del mismo reloj de pulsera. Desde el plano detalle, en la escena inicial, sobre una muñeca ajena, hasta la última, con otro plano detalle de un objeto perteneciente definitivamente a su nuevo dueño.

La película ha comenzado con las imágenes de la ciudad de Los Ángeles durante las horas en que muchos duermen, los coches sólo circulan en los carriles de tráfico a alta velocidad y el silencio naranja paraliza las calles. Es el momento para los animales noctívagos, que salen de las madrigueras y rebuscan entre callejones traseros. La mirada se detiene junto a las vías del tren, donde un merodeador humano, al reparo de la oscuridad, corta las vallas de alambre. El vigilante lo descubre y le pide la identificación. Dando excusas, el ladrón se acerca a la luz que le apunta. Sus labios congelan una sonrisa horizontal y los ojos se abren de par en par, se posan en el reloj del guarda antes de saltarle encima. Después, conduce su coche al mismo tiempo que observa con detenimiento el trofeo y parece que una especie de cambio se ha operado en el hombre: por la ventanilla observa concesionarios de coches, cajeros automáticos. El intento frustrado de vender el alambre le convencerá, en efecto, de que el momento crucial para progresar está a las puertas.

Esta es la historia de Louis Bloom y asistiremos a su intento de escalada hacia la cumbre, hacia el estatus donde llevar reloj distingue a quién lo posee. Louis es el sujeto Que Se Construye A Sí Mismo. El tipo que vive solo y está solo. El individuo que trabaja por cuenta propia o, si acaso, usa a los demás con el exclusivo fin del beneficio propio. Es el hombre que emprende y busca romper la baraja. “Soy uno de esos que aprende rápido-rápido”, le repite a la periodista Nina, jefa de contenidos en los informativos de una cadena local a quien vende las filmaciones que realiza. Y es que el camino hacia la gloria que Louis elige – el campo empresarial al que se ve llamado – no es otro que montar una productora de video especializada en grabar los sucesos más truculentos de las noches angelinas. Armado con una cámara intentará hacer la competencia a los equipos de camarógrafos que empiezan a arrastrarse por el asfalto cuando cae el sol, en busca de material para vender a las televisiones: temblores y sangre fresca a la hora del desayuno de los televidentes.

El relato de la ascensión de Louis como auténtico antihéroe de nuestro tiempo evoca, hasta cierto punto, la crónica sobre el prototipo de trepa desaprensivo que definiera Maupassant en Bel AmiAntihéroe en su  acepción malvada. El francés contaba el triunfo social peldaño a peldaño de George Duroy, un joven sin oficio ni beneficio que empieza a escalar los círculos políticos y financieros de la Tercera República por la senda del periodismo. El intrigante decimonónico empleaba las dotes del seductor, ligaba y enredaba sin el menor de los escrúpulos, mientras que Louis viste un traje self-made man cortado por el patrón de cualquier manual on-line para empresarios carroñeros del siglo XXI. De hecho, en uno de los diálogos más reveladores de toda la película, y que coincide con la subida a uno de los escalones, el aprendiz a empresario de la televisión le explica a Nina que toda su educación ha sido vía internet, la única guía para conducir su vida.

Y no solamente eso, hay otra diferencia con el arribista Duroy. Además, entramos en territorios negros. Louis no se hace atractivo ante ninguno de los que tratan con él. Corrección y buenas maneras, las tiene. Sin embargo, su presencia entraña escalofrío, repugnancia. He aquí la originalidad y la dimensión tenebrosa que define al protagonista de Nightcrawler: el ambicioso apenas parece humano. Con su cara de piedra  –esos ojos de búho, esa línea extrema por boca-, en la mayoría de los diálogos se limita a encadenar frases o sentencias extraídas de colecciones de citas (“Un amigo es un regalo que te haces a ti mismo”) o breviarios neocapitalistas (“Son unas prácticas y no cobrarás, pero ten en cuenta que te estoy dando una oportunidad única”). Louis no resulta simplemente ese vecino raro que ríe las gracias de la tele girándose hacia el vacío de su apartamento.

Ante su debut en la dirección, el guionista Dan Gilroy (The Fall, El legado de Bourne) plantea una historia de personaje omnipresente, de figura medular que copa todas y cada una de las escenas. Una película donde la principal parte del tinglado autoral lo soporta sobre los hombros un intérprete nada más. La tarea le corresponde a Jake Gyllenhaal y no se ha equivocado Gilroy al elegirlo. Película a película, el actor californiano está labrándose una carrera que demuestra, ante todo, bastante inteligencia. Seguramente sabedor de cuáles son sus registros y cuáles no, Gyllenhaal parece buscar en sus proyectos todas las modulaciones que pueda efectuar sobre esa imagen de ‘chico triste, solitario y misterioso que viste desde Donnie Darko (2001). Y los resultados demuestran que consigue explorar las posibilidades: sin ir más lejos, ahí están sus trabajos previos al que nos ocupa, el doblete con Denis Villeneuve en Prisioneros (2013) yEnemy (2013).  Para Nightcrawler tocan las conductas antisociales de tipo patológico y su alcance criminal. El actor activa sus recursos para componer un Louis cuasi robótico, una especie de entidad maléfica que pululase por Los Ángeles, y cuyo soplo vital procediera de las formas de maldad instaladas en la sociedad que conocemos, retroalimentándose de dichas formas. Un mérito llevar bien la rigidez de ese traje.

Caracterización, pues, con una carga de alegoría, alrededor de Louis orbitan también una serie de secundarios que funcionan muy bien en el plano simbólico, aunque bastante menos – como queda patente con Nina y el compañero de cadena- en los otros aspectos de su trazado. Gilroy emplea una pieza reina y unas piezas funcionales para formar el mensaje. Su propósito consiste en mostrarnos las consecuencias propiciadas por el clima moral y el económico del post milenio, y las deformaciones imperantes bajo su seno. En su película se revela buen observador de un presente que espanta. Porque Nightcrawler no es tanto la protesta contra el periodismo de la peor clase, como varios críticos se han limitado a remarcar, sino muchísimo más la crónica de un reloj y su portador, del camino que ha recorrido hasta llegar a lucirlo en su muñeca, pleno de orgullo, mientras pasea por las aceras del mundo libre.

 


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(Texto publicado originalmente en La Critica Gran Pantalla)


 

 

 

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