La batalla de la propaganda

Santiago Alonso 


De todas las historias de la Historia una de las más tristes es, sin duda, la de Corea, porque sus dramas colectivos (ocupaciones, guerras, particiones, dictaduras…) jamás parecen agotarse. Los últimos capítulos referentes al sufrimiento de la población que vive en el país del norte han pasado ahora a convertirse en material destinado a la feria amorfa de las comunicaciones, toda una mina para el circo mediático planetario. Un circo que cobra tintes de freak show cuando los telediarios tratan el tema e internet se nutre del mismo. Este es precisamente el término inglés que utiliza dos o tres veces la periodista estadounidense Barbara Demick —autora de Querido Lider, un excelente libro sobre la vida cotidiana norcoreana—, y lo hace para remarcar la terrible banalización que entraña, durante sus intervenciones en The Propaganda Game, el honestísimo documental que Álvaro Longoria ha preparado a partir de lo grabado durante un viaje de diez días a Corea del Norte.

A Longoria le mueve la necesidad de entender la situación por sí mismo. Se pregunta qué hay de verdad y qué de inventado en un juego que debería llamarse batalla. Cuánto de terrible y estrafalario posee el autoritarismo del denominado país más cerrado del mundo. Cuánta manipulación existe, y bajo qué intereses, en cada noticia que informa sobre dicho país y la saga de dictadores instalada allí desde hace décadas. Ante tanto embrollo —un conflicto propagandístico en dos direcciones, hacia dentro y hacia fuera—, el documentalista opta por una labor doble: por una parte, ir allí para grabar todo lo posible y conversar con aquellos (pocos) a quienes les está permitido hacerlo; y por otra, recoger el más variado número de análisis y opiniones, incluyendo a comentaristas internacionales de distinto signo, junto al testimonio de un norcoreano evadido. Después, despliega todo sobre la pantalla y lo complementa con una realmente nutrida selección de imágenes de archivo. Las conclusiones le corresponden, a partir de ahí, al espectador.

Las evidencias relucen a cada paso durante los diez días de una visita que guía el español Alejandro Cao de Benós, una figura mediática por su faceta de primer representante occidental del régimen y, asimismo, un elemento fundamental dentro del filme. A la vez, surgen muchas preguntas sin respuesta, dudas e incertidumbres que, desde luego, el hermetismo de la dictadura ayuda poco a aclarar. Y, mientras, se rastrea la veracidad o no de esas noticias que recorren el planeta (ejecuciones grotescas a disidentes, leyes estúpidas sobre cortes de pelo…), intentando comprobar si existe fundamento respecto a la caracterización de Corea del Norte como amenaza internacional.

La virtud final de The Propaganda Game reside en su capacidad para ofrecer muchas claves que, desde ambos frentes de la batalla, se suelen esconder, y cuyo planteamiento provoca el vértigo de la desolación. Como cuando se constata que tanto dolor gira en torno a un sistema ideológico (el Juche) que nadie sabe ni sabrá explicar, porque sencillamente se construye bajo el signo de la vacuidad y la escasa inteligibilidad. O a la reducción de un pueblo entero, según antojo de las demás naciones, a mera pieza en el tablero de la geopolítica. Ese pueblo, formado por más de veinte millones de fantasmas, que Longoria graba y graba sin parar es el verdadero protagonista del documental.


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THE PROPAGANDA GAME

Dirección y guión: Álvaro Longoria.

Género: documental. España, 2015.

Duración: 75 minutos.

 


 

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