Irene Bullock


Una de las declaraciones más bonitas de amor por el séptimo arte se pronuncia en La noche americana (La Nuit américaine, Francia, 1973), de François Truffaut. Y dice así: «El cine es más bello que la vida, no hay atascos ni tiempos muertos. Avanza como un tren atravesando la noche. Hemos nacido para ser felices con nuestro trabajo, haciendo cine». Estas son las palabras  que suelta Ferrand (Truffaut), un director, a Alphonse (Jean-Pierre Léaud), un joven actor que acaba de sufrir un desengaño amoroso. En esta secuencia, como en muchas otras, la vida y el cine se dan la mano.

Hay una manera emocionante de analizar la obra cinematográfica de Truffaut y es como si fuese un diario del cineasta. El director francés volcaba en sus películas de ficción fragmentos de su vida, derramaba sus reflexiones personales, reflejaba las relaciones que estaba viviendo o esparcía su pasión por la literatura y el cine. Su filmografía es un libro abierto sobre su propia existencia.

Si volvemos a la secuencia anterior, nos encontramos que, detrás de Ferrand y Alphonse, late también la complicidad real entre François Truffaut y Jean-Pierre Léaud, que llevaban años trabajando juntos, en diversas películas, desde Los cuatrocientos golpes (1959). Los personajes de Ferrand y Alphonse tienen además características de Truffaut y Léaud: los problemas de oído del primero o la fragilidad emocional del segundo. De hecho, su relación iba más allá de lo profesional: eran amigos. Cuando François Truffaut falleció en 1984 por un tumor cerebral con tan solo cincuenta y dos años, Jean-Pierre Léaud quedó desolado y terminó cayendo en una depresión.

Vida y cine, cine y vida

En La noche americana asistimos al rodaje de una película en Niza, acompañados por la extraña familia que la hace posible: actores, actrices, técnicos, secretarias de rodaje, ayudantes de dirección, maquilladoras, director, productor, fotógrafos, periodistas, acompañantes… Ferrand, el director de cine, cuenta las vicisitudes de su película Je vous présente Pamela, un melodrama de pasiones desatadas. Y estamos presentes de manera sencilla y natural. La noche americana fluye… como la vida, y el espectador se deja llevar. De pronto, sentimos que estamos metidos  en una especie de  documental, muy ameno, sobre cómo se realiza una película. Tensiones, miedos, inseguridades, obstáculos, caprichos, relaciones personales, presiones, nervios, lágrimas, infidelidades…, pero también risas, celebración, camaradería, compañerismo, apoyo y amor. Un rodaje que corre como la sangre por las venas. Además, con una premisa clara desde el primer fotograma: pase lo que pase, la película tiene que terminarse.

La noche americana se convierte hoy en día en todo un testimonio nostálgico de una manera de hacer cine. Es el canto a un mundo analógico, donde todavía se rodaba con rollos de celuloide y era necesario el revelado (un proceso que podía jugar una mala pasada); no existían los ordenadores y se buscaban soluciones artesanales y eficaces para ciertos efectos especiales; o, por ejemplo, no se escamoteaba en extras o dobles.

Aun con sus crisis, se nota que todos los miembros del equipo son unos apasionados de su trabajo. No se amilanan ante los problemas, siempre encuentran una salida o solución posible. La entrega de todos es similar: la película tiene que ser rodada de principio a fin, y, así, ante la deserción de Liliane (la pareja de Alphonse, que estaba haciendo unas prácticas en el rodaje), la secretaria de rodaje y ayudante de dirección (Nathalie Baye) suelta una frase que simboliza la entrega de todos: «Yo dejaría a un hombre por una película, pero jamás dejaría una película por un hombre». Es otra genial y perfecta declaración de amor al cine.

Momentos mágicos

A pesar de que La noche americana nos desvela muchos trucos que se emplean en los rodajes para luego conseguir ciertos resultados en la pantalla, muestra, a cada rato, la magia del cine. De hecho el título de la película alude a una técnica cinematográfica para simular que es de noche en una secuencia que se ha rodado a la luz del día. François Truffaut vive esta película en cada fotograma y sabe cómo  es esa magia, y, por eso,  puede plasmarla de forma bellísima. Una de las secuencias más deliciosas es cuando todo el equipo está atento a un pequeño gatito que tiene que ir hasta una bandeja de desayuno, que está en el suelo, y ponerse a probar las distintas sobras y beber un poco de leche derramada de un plato. No hay manera de conseguirlo: el gatito se escapa, pasa de largo de la bandeja o huye asustado. Es un rebelde. Y todos nerviosos repiten la toma una y otra vez. Hasta que la secretaria de rodaje principal encuentra una solución: encontrar otro gato. Y consigue uno, delgaducho y lindo. Entonces se obra el milagro. Ese minino se acerca a la bandeja, curiosea, investiga, prueba unas miguitas y termina bebiendo la leche derramada en un plato. Se ve la felicidad de todos grabada en el rostro. La cámara rueda. Y Truffaut ha captado un momento mágico.

Otro momento emocionante es cuando la actriz americana (Jacqueline Bisset), pues la película que dirige Ferrand es una coproducción, rueda junto a Alphonse una hermosa secuencia con una vela, que tiene un trucaje que nos han mostrado desde el principio (una linterna en su interior, que ilumina la cara de la intérprete). Todos se dan cuenta de que la secuencia está saliendo a la perfección, y no quieren que nadie perturbe el momento… Ni siquiera el productor que llega alterado y nervioso, pues tiene una mala noticia para todos.

Pero François Truffaut no olvida, por otra parte, que está realizando una película de ficción y aporta también momentos mágicos cuando aparece su director ficticio Ferrand. De nuevo, emplea otra manera de expresar un amor desmedido hacia el cine. Ferrand es un hombre que no pierde la calma, que es capaz de contestar un montón de preguntas cada vez y de solucionar problemas a todas horas, pero cuando duerme tiene pesadillas, por los nervios, y también un sueño recurrente en blanco y negro de un niño que avanza en la oscuridad. Después de varias noches se completa el sueño y nos damos cuenta de que se trataba de un recuerdo de infancia (tanto de Ferrand como de Truffaut): el niño lo que quiere es llegar hasta la marquesina de un cine para poder robar tranquilo  las fotografías promocionales  de una película importante para él: Ciudadano Kane, de Orson Welles.  Estas imágenes eran otros elementos característicos del mundo analógico, fundamentales para anunciar la película.

Homenaje a un equipo de cine

La noche americana es un homenaje especial a cada uno de los miembros del equipo que hacen posible una película. Incluso  el compositor de la banda sonora tiene su momento. Interviene vía telefónica, pues llama al director y al productor para que vayan escuchando por el auricular lo que está componiendo. Es más, el nombre del compositor que trabaja para Ferrand es Georges Delerue haciendo de sí  mismo, quien a la vez es el que compone la evocadora banda sonora de la película de Truffaut.

Prácticamente todos los trabajadores del mundo del cine están presentes en el largometraje: desde el extra hasta el  regidor, el sonidista, el especialista, pasando por la maquilladora… Pero, principalmente, François Truffaut homenajea a lo largo de la película y de diferentes maneras (con un paquete que le llega con libros y revistas, el nombre de una calle, el bordado en una toalla…) a los directores que le han hecho amar el cine: Jean Vigo, Alfred Hitchcock, Ernst Lubitsch, Ingmar Bergman, Howard Hawks, Luis Buñuel, Jean-Luc Godard, Jean Cocteau, Roberto Rossellini, Robert Bresson…

Y también tienen un protagonismo especial los actores; de hecho el director francés dedica  La noche americana a las hermanas Gish. François Truffaut quería y cuidaba a los actores, como se refleja durante  todo el largometraje. Su alter ego, Ferrand, lidia con todos los intérpretes de Je vous présente Pamela. Cada uno es un mundo, pero él sabe qué decirles, cómo cuidarlos e, incluso, cómo regañarlos para que salga lo mejor de ellos en pantalla.

En el melodrama que se está rodando hay viejas glorias, Alexandre (Jean-Pierre Aumont) y Séverine (Valentina Cortese), figuras que representan una época dorada pasada y arrastran cientos de experiencias, pero también el miedo a la vejez y el olvido, con problemas de alcoholismo o intentando asumir tardíamente su verdadera identidad sexual.  Después, está la bella actriz americana que tiene una complicada vida sentimental y es una persona frágil que trata de no hundirse; o el joven Alphonse con sus aires de divo, aunque en realidad es tierno e inestable: solo quiere ir a ver películas a salas de cine y saber si las mujeres son mágicas (se pasa el rodaje preguntándoselo a cada uno de los miembros del equipo).  

Al final, La noche americana es toda una celebración, donde el espectador ríe y llora a la vez en cada una de las secuencias. Para los protagonistas lo único que importa es terminar otra película que haga soñar al público. Ahí está la incertidumbre: ¿lograrán superar todos los obstáculos? Como dice Ferrand, ese director que no pierde los nervios: «El rodaje de una película puede compararse con un proyecto en diligencia por el Oeste. Al principio todos esperan hacer un viaje estupendo, pero pronto empiezan a preguntarse si llegaran algún día a su destino».


Puedes ver LA NOCHE AMERICANA en Filmin



 

2 Comentarios »

  1. Hola Irene
    Pues has pintado de colores todas las estrellas de la Noche Americana que, porcierto, lo más americano que tiene es Jacqueline Bisset que, siendo británica, tiene un nombre que no puede ser más francés.
    Yo confieso que, en su día, esa relación cine-vida, realidad-ficción o verdad-mentira me descolocó bastante. También influye que Léaud nunca ha estado en mi firmamento.
    Un placer ver estrellas contigo. Manuel.

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  2. Perdóname, Manuel, por haber tardado tanto en contestarte.
    A mí es una película que según la voy viendo una y otra vez me va gustando cada vez más.
    Así que te confieso que la primera vez me dejó algo fría, pero ha sido en los visionados posteriores cuando la he ido amando.
    A Léaud solo por Los 400 golpes yo le estimooooo. Y ese aire extraño e indefenso que da a algunos de sus personajes me atrae.

    Con gran cariño
    Irene Bullock

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