Irene Bullock


Después de un interesante prólogo, empieza Prisión (Fängelse, 1949), de Ingmar Bergman, con unos llamativos créditos. Una voz en off, mientras la cámara recorre un callejón oscuro donde va a transcurrir parte de la trama, va informando de quién es el productor, la productora, los estudios en los que se rueda, el director, los actores y el equipo técnico. De esta manera Bergman se adelanta catorce años a todo un innovador formal, Jean-Luc Godard, que sorprendió a todos con sus créditos recitados en El desprecio. Y es que en esta película de 1949, el director sueco ya da totalmente forma a su manera de hacer cine y a los temas con los que habría de armar su extensa filmografía futura. Sin miedo a la experimentación formal, da rienda suelta a sus reflexiones sobre Dios, la muerte y las dificultades del hombre para desenvolverse en un mundo que a veces es un enigma. Por otra parte, plasma la importancia del arte para entender a la humanidad y para aferrarse a la vida. En Prisión, el director filósofo crea una fábula imperfecta, pero muy bella, donde se juega con la posibilidad de rodar una película que refleje el triunfo del diablo, dejando ver que la tierra es el infierno y el abismo que provoca el silencio de Dios.

En el prólogo de la película se plantea la tesis y se presenta a sus personajes principales. Una figura solitaria que emerge de un camino y, bajo una especie de tormenta, accede a un estudio de cine donde se rueda una película. Allí saluda al joven director, Martin (Hasse Ekman). Este reconoce al recién llegado: es Paul, su viejo profesor de matemáticas (Anders Henrikson), quien le informa de que ha estado en el manicomio y que quiere contarle una idea para un guion. El director le invita a comer y varias personas del equipo escuchan cómo el profesor le sugiere una película sobre el infierno, donde el demonio reina cómodamente y es indulgente a la hora de satisfacer nuestras necesidades como pecadores… pues para Paul la tierra es el infierno. Más tarde, Martin cuenta a sus amigos, el periodista Thomas (Birger Malmsten) y su mujer Sofi (Eva Henning), que el profesor les engatusó a todos en esa comida con la posibilidad de rodar dicha película. Thomas rebusca en un artículo que estaba escribiendo sobre la vida nocturna en la ciudad, para mostrarle al director a la posible candidata para protagonizar ese largometraje sobre el infierno en la tierra: Birgitta Carolina Söderberg (Doris Svedlund), una prostituta adolescente que es manipulada por su novio (Stig Olin) y su hermana (Irma Christenson). El periodista recuerda en un breve flashback su visita a Birgitta, una muchacha despreocupada y risueña.

Entonces una voz en off nos avisa de que han pasado seis meses después de este prólogo, y dicta los créditos de la película. Los personajes que hemos conocido durante la presentación, antes de los créditos, son los protagonistas absolutos.  Es decir, ellos son en realidad los personajes de esa posible película sobre el infierno en la tierra. Birgitta es la adolescente que se enfrenta a un mundo cruel, pero también el motor que permitirá a Thomas, el periodista, salir de su crisis creativa y personal. Los dos cruzarán otra vez sus caminos y vivirán su particular infierno. En realidad, con sus personajes, Bergman deja ver una idea que dicta el viejo profesor: la vida es una gran obra cómica, hermosa y terrible a la vez, sin clemencia ni significado… La vida como un arco cruel y sensual desde la cuna a la tumba.

 

Prisión, momento crucial bergmaniano

Prisión supone un antes y un después en la filmografía de Bergman. Y lo expresa a la perfección en su libro Imágenes (Fábula Tusquets, 2007). Cuenta que después de Ciudad portuaria se retiró a la casa de verano de su infancia, «donde escribía lo que iba a ser mi primera película exclusivamente mía». Pero también narra cada uno de los pasos que tuvo que dar para conseguir la ansiada libertad: «Haz una película barata, haz la película más barata que se haya hecho jamás en un estudio sueco y tendrás una gran libertad para darle forma según tu propia conciencia y agrado».

También es crítico respecto el resultado final, consciente de sus errores e inexperiencia. Explica que si bien es cierto que hubo un periodo en que apenas reflexionó sobre ella y que no la tuvo en cuenta para sus distintos escritos, cuando contemplaba en ese momento toda su filmografía, se daba cuenta de que «la película destaca con cierta claridad. Hay en ella una alegría cinematográfica que, a pesar de mi falta de experiencia, está relativamente controlada».

Birgitta y Thomas

La joven prostituta y el desencantado periodista se convierten en los héroes de la historia y en una improvisada pareja. El tiempo que pasan juntos será un punto de inflexión en sus destinos. Birgitta será una víctima de ese mundo donde reina el diablo y donde solo encontrará como salida la muerte y Thomas será más consciente de que la existencia es hermosa y terrible a la vez, e intentará a través de su afán creativo, aferrarse a ella con sus seres queridos.

A Birgitta la empuja a la muerte el mundo corrupto que la rodea (su hermana, su novio y los hombres con los que se acuesta) y los golpes continuos que la vida le da. Thomas aprende a convivir con su espíritu autodestructivo, que le hace no poder evitar el alcohol y, a veces, hundir con él a los que lo quieren (como su pareja Sofi). En realidad, en la filmografía de Bergman habrá muchas Birgitta y Thomas que protagonizarán sus películas.

 

Cine y sueños

Antes de que el destino les una, el novio de Birgitta y su hermana la convencen para que deje en sus manos a su recién nacido. Estos, sin escrúpulos, acaban con la vida del bebé, y Birgitta arrastra la culpa. Ambos explotan la juventud de la adolescente y les interesa que siga haciendo la noche. Mientras, Thomas anda inmerso en una crisis creativa, profesional, económica y personal que le hace plantearse el suicidio como salida, y llevarse por delante a su amada Sofi. Cuando se encuentran, los dos son seres heridos y deciden huir. Juntos buscan un lugar donde vivir: una pensión que conoce Thomas.

En una habitación retirada, la pareja construirá un mundo con sus anhelos, sueños y confesiones. Justo, en ese encierro, Bergman dejará ver su atrevimiento para la experimentación formal en las dos secuencias más hermosas de la película. Thomas mira los ojos inocentes y limpios de Birgitta, así como el sufrimiento que esconden, y confiesa la tremenda ternura que siente hacia ella. Allí los dos logran vivir un momento de plena felicidad. El periodista localiza un viejo y pequeño proyector de manivela y proyecta en una pared una breve película muda, que los dos disfrutan. Ojos limpios y llenos de ternura ante las imágenes que miran. La risa invade la habitación. Bergman crea una pieza de cine mudo con efectos sonoros e influencia circense. Ante el regocijo de los protagonistas, vemos la mala noche que pasa un buen hombre que se topa con el diablo y la muerte en su habitación, teniendo que lidiar además con un caco y un policía. De nuevo en Imágenes, Bergman explica que el rodaje del corto mudo supuso un buen recuerdo: «rodamos la farsa de manera rápida y eficaz» con la inestimable colaboración de un trío italiano, los hermanos Bragazzi, que venían del mundo de la revista teatral. En realidad, reconstruyó una farsa que había disfrutado cuando era niño, como escribe en su libro autobiográfico.

Después Birgitta y Thomas dan rienda suelta a sus confesiones: miedo a la soledad, relaciones dañinas, recuerdos y sueños. Y las imágenes se vuelven cada vez más oníricas y abstractas hasta que se dan un beso en un primerísimo plano. Después entre sombras y llamas, Birgitta nos sumerge en una ensoñación, que roza la pesadilla.

En ese paseo que da Birgitta por su inconsciente se mezclan las imágenes bellas con las impactantes. Ahí se encuentra con un Thomas desolado, con un caballito de juguete roto, y ella le susurra unas palabras, consciente de que en ese momento no está en la realidad: «Te quiero, Thomas». También se topa con una dama vestida de luto que le ofrece una perla brillante… O se cruza con su novio, que coge un muñeco en forma de bebé de una bañera, y este se transforma en un pez al que rompe la cabeza. Cuando despierta, sobrecogida, de su pesadilla, Thomas sonsaca a la joven su culpa: haber permitido que su novio y su hermana se llevaran a su hijo recién nacido.

Lo que va construyendo Ingmar Bergman es un melodrama desatado y doloroso que tiene como víctima a la joven prostituta, a la que finalmente nadie puede salvar. Birgitta encuentra solo una única salida: quitarse la vida. Y lo hará en un oscuro sótano, pero bajo una ventana por donde entra una luz que envuelve todo de cierta espiritualidad. Un momento antes, Thomas, que ha tratado sin éxito de rescatarla de la influencia de su hermana y su novio, pasea solitario por una especie de puerto, y se topa con un pajarillo muerto, al que suavemente empuja con el pie para que se hunda en el agua. Representa así el destino de Birgitta. Esta, instantes antes de morir, tiene sus últimas ensoñaciones y ve aparecer a Thomas entre rejas, que susurra: «Siento ternura por ti», pero esa ternura no la salva.

Para el personaje de Thomas sí hay un camino de vuelta, aunque sea una prisión: regresa a su hogar con Sofi, y esta le acoge de nuevo, a pesar, como le dice, de que se ha acostumbrado a su ausencia. Pero intentan volver a empezar.

 El estudio de cine

En este pequeño artefacto de cine dentro del cine construido por Bergman, hay un personaje que en teoría es testigo de todo: Martin, el director. Quizá la pieza más débil de la trama, pero que no carece de importancia. La debilidad está en que Bergman no logra ensamblar a la perfección la historia de Birgitta y Thomas con el reto filosófico que plantea el profesor a Martin. Este último se convierte en un mero personaje secundario, que llega a la conclusión de que no se puede realizar la película que le ha planteado su maestro, pero sin haber sido apenas importante en el desarrollo de la trama. Es decir, sin vislumbrar cómo va recabando y reflexionando sobre el material para su futura película, o hacerle consciente de que delante de sus ojos está transcurriendo lo que podría rodar. Finalmente, concluirá que el guion planteado por su profesor de matemáticas es una película imposible, pues no daría respuestas, sino que solo proporcionaría una pregunta más, una sobre la vida en la tierra, ¿y quién quiere escuchar una pregunta más? Ya se había mostrado escéptico anteriormente al explicar a su maestro la dificultad que supondría la creación de una película partiendo tan solo de conceptos. Curiosamente, es como si Ingmar Bergman llevase la contraria a este personaje, y sí fuera capaz de llevar a cabo ese reto con Prisión.

Sin embargo, con Martin se trabajan dos bonitos conceptos, que tienen que ver con la manera de concebir el cine por Bergman: cuando le van a ver Thomas y Sofi a un rodaje, el periodista dice que el estudio es una especie de templo y que él, Martin, es el sumo sacerdote. La película termina precisamente allí, cuando acaba un día de rodaje, y todo el mundo se está retirando, y el plató se va quedando a oscuras. Una actriz dice que el estudio de cine tiene un aire misterioso por las noches, «lo suficiente para que creas en fantasmas». El director sueco así reviste de un aire sagrado la creación cinematográfica y recupera esa fascinación de la linterna mágica de sus recuerdos, las imágenes proyectadas como fantasmas misteriosos que surgen de la oscuridad.


Puedes ver PRISIÓN en Filmin



 

2 Comentarios »

  1. Hola Irene:
    No seré yo el que discuta la categoría de maestro al señor Bergman pero ¿Cómo decirlo? Si hago una lista de cien directores que pudiese escribir, en algún momento, como alegre creo que no estaría en ella.
    Curioso que sea alguien procedente del manicomio el encargado de desvelar al diablo.
    No importa quién está a los mandos; las Brigittas que en el cine han sido nunca llegan a los títulos de crédito.
    Un saludo, Manuel.

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  2. Bergman, amigo Manuel, es un realizador muy prolífico. Sí, es cierto que es triste, pero en algunas de sus películas también habla de la alegría de vivir.
    A mí todavía me queda ver de su cine, pero me gusta los temas que toca y cómo los toca. Me marcaron de pequeña El manantial de la doncella y El séptimo sello. Y siempre he sido fiel.
    Con cariño
    Irene Bullock

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