Santiago Alonso 


Muy a menudo ha existido una fuerte distancia entre la ficción que tiene por materia narrativa el crimen organizado y los sucesos protagonizados por las mafias reales, que nos traen los periódicos o que la vida nos puede llegar a poner delante, quién sabe, cualquier día. De todos modos, si nos ceñimos al ámbito mediático, parece que dichos sucesos suelen tener una repercusión muy escasa (más allá de tal o cual operación policial) para la relevancia que, en realidad, poseen. Lo hemos comprobado estas semanas con una noticia sin mucho eco fuera de Italia: el inicio del macrojuicio contra un clan de la mafia calabresa, la organización conocida como ‘Ndrangheta, que, según muchas fuentes internacionales, es la más poderosa del país desde hace tiempo, amén de una de las más ricas del mundo. Las cifras y los datos del acontecimiento judicial apabullan: se sentarán en el banquillo 355 presuntos mafiosos, políticos y funcionarios; se llamará a 900 testigos; y se enjuiciará una ristra de causas por asesinato, extorsión, tráfico de drogas y blanqueo de dinero. También impresionan otros hechos de la causa: está previsto que dure un mínimo de dos años, se celebra en un gigantesca sala bunkerizada con capacidad para 947 personas (teniendo en cuenta, además, la medidas de distancia por wl coronavirus) y el magistrado que está al frente, Nicola Gratteri, lleva tres décadas viviendo con absoluta protección policial. En algunos (no muchos) medios no italianos todo esto apareció en los titulares solo un día, hace tres semanas, pero quién sabe si volverán a salir muchas nuevas noticias relacionadas con las sesiones; o peor aún: si los lectores (de los televidentes ni hablamos) llegarán a entender un poco qué y a quiénes se juzga.

Pero volvamos al cine. Desde hace tiempo, se ha señalado la fascinación que ejerce el gansterismo en el público. Por ejemplo, pasó durante los años treinta, cuando la industria cinematográfica estadounidense codificó el género, y las miradas a los asesinos (o a los jefes que ordenan cometer los asesinatos) se construyeron mediante relatos de heroicidades novelescas y subrayando lo atractivo que lucen las actitudes contra la legalidad, a pesar de que causen dolor y hagan correr sangre. También se da el fenómeno, igualmente puesto de relieve por los estudiosos, por el que los mismos miembros de las organizaciones miran las pantallas como si fueran espejos, y avivan un culto que se retroalimenta de actitudes y poses: esto lo explica bien Roberto Saviano en su libro Gomorra, cuando habla de los jóvenes camorristas y las películas que les fascinan, entre ellas El precio del poder de Brian de Palma. Y a estas cuestiones habría que añadir unos tétricos desplazamientos morales, si se quiere denominar así, que producen monstruos, como los representados por los restaurantes que basan su marca comercial y su carta en una mitología de la muerte, como sucede en España a cuenta de la mafia siciliana y la gastronomía de vaga orientación italiana.

Así se han construido mitos gansteriles y, en gran medida, se han unificado (y homologado) tanto las ideas generales sobre cualquier hecho mafioso, a veces con filtros de glamur, como sus representaciones en cine y televisión. Afortunadamente la tendencia se ha invertido y ahora se filman acercamientos más veristas, aunque en general estas ficciones no contribuyen lo suficiente a iluminar fenómenos criminales de primer orden. Es algo que puso de relieve el estreno hace siete años de Calabria, un magnífico largometraje que revelaba, ante todo, lo poco conveniente que es aplicar un mismo esquema analítico a narraciones de este tipo. Porque, con su película, el romano Francesco Munzi mostraba un entramado mafioso en el que se repiten situaciones que valdrían para una historia rodada por Mervyn LeRoy, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Takeshi Kitano o John Woo, pero sin dar pie a la épica o la idealización. Como aproximación realista, era tutta un’altra cosa. Por eso su interés y su inteligente visión de las singularidades que definen a la ‘Ndrangheta quizás pasaron un poco desapercibidos.

Las secuencias del inicio dan la perfecta medida de esta historia italiana de crimen organizado. En una escena, los miembros del clan calabrés protagonista culminan las celebraciones por el trato recién cerrado con un cártel sudamericano robando un cabrito, a medio camino de la vuelta en coche, por carreteras del norte de Italia, e improvisando un festín según la usanza de su pueblo. En otra escena vemos a dos jóvenes que quieren dejar un aviso a una familia rival disparando contra un bar. Mientras reparten las armas, se preparan unas rayas: una escena para nada extraña en un filme sobre gánsteres, con la particularidad de que esnifan la cocaína encima de una tabla de madera, vieja y consumida tras muchas décadas de uso, en la cocina rural donde trascurre el momento.

Los avatares de una sociedad ancestral, situada en el lejano macizo montañoso del Aspromonte, constituyen la materia que tiene entre manos Munzi, quien toma como base la novela de Gioacchino Criaco Anime Nere  («Almas negras»), que es también el título original del largometraje. Se lleva a la pantalla un mundo que arrastra conflictos seculares, originados cuando el asentamiento del Estado (o la idea de nación) no prosperó en ciertos parajes de la península itálica; un mundo cerrado que hunde sus raíces entre las montañas olvidadas del sur y donde las generaciones se han asentado con violencia y padecimiento continuos. Ese es el contexto de la ‘Ndrangheta, la responsable de la tragedia criminal que padece la región de Calabria; un fenómeno con características distintas de la camorra napolitana y la Cosa Nostra de Sicilia. Y eso es lo que consigue señalar esta película cruda, sin adornos ni apuestas por el efectismo, que está guiada siempre por el deseo de ofrecer veracidad.

Por otra parte, poco une la tercera película de Munzi a Gomorra de Mateo Garrone, la cinta sobre la camorra que hace quince años insufló aire nuevo al género. Una parte importante de la crítica definió Calabria como una versión rural del filme de Garrone, pero más allá de que ambas partan de una óptica cercana a la sociología, la diferencia es tan sustancial como la existente entre las dos organizaciones y las dos regiones donde nacen. Aparte de que aquí no hallamos el hálito documental ni el afán por ofrecer el dato que impulsaban el libro-reportaje de Saviano del que partió Garrone: Munzi nos acerca, por el contrario, a un episodio bastante más propio de la crónica negra pura y dura.

Además, la narración se dota de una estructura «al revés», algo que termina por definir su singularidad. Si en todo relato arquetípico de la mafia hay un viaje-lucha desde los orígenes en un lugar desfavorecido hasta alcanzar el pico del triunfo criminal, una subida peldaño a peldaño, y de enclave a enclave cada vez más amplio, Calabria elabora, ya sea con el argumento o con las imágenes, un viaje de vuelta, es decir, el trayecto inverso que en algún momento hicieron los clanes de la ‘Ndrangheta. Para estos, el camino ha ido de sur a norte a lo largo de los años, con la primera meta que supone la próspera región de Lombardía, un trampolín para contactar con negocios fuera de Italia y extender su red.

La película comienza en la cubierta de un yate, un exclusivo paraje de la jet set, probablemente en el extranjero: es la cumbre de las actividades de los hermanos de la familia calabresa. Sin embargo, la sucesión de escenas los empuja continuamente hacia el sur. Hacia casa. Las montañas de Aspromonte atraen hacia ellas a los personajes y nos atraen a nosotros, los espectadores. Hay alguna escala en Milán, porque el hermano mayor del clan se ha colado en la alta burguesía. Pero será inútil: el sur llama; el foco de tantas almas negras convoca a sus monstruos. Ni siquiera tiene éxito la aventura hacia el exterior por parte de uno de los jóvenes cachorros del crimen, que es aspirado por la fuerza centrípeta de un mundo oscuro poblado por pastores que, con sus rencores y pistolas, han llegado a manejar millones de euros. En un escenario de estas características hasta el hermano que siempre ha intentado alejarse de la barbarie (además de ser, curiosamente, el único que no abandonó en el pueblo calabrés), intenta conjurarla para siempre, sumido en un total abatimiento, mediante la purificación del fuego. El fuego de las hogueras y los disparos. El fuego de siempre. Lo dicho, nadie puede escapar.

Historia de odios, humillaciones y rencores enquistados, Calabria es por todo lo señalado una película de mafia que, a la vez, funciona como asfixiante tragedia rural y como radiografía antropológica. Quien quiera entender un poco mejor el macrojuicio que acaba de empezar en Italia aprenderá mucho con ella. Quien quiera alejarse de los clichés del género y descubrir el poco atractivo que tiene el mundo real del hampa, también.

(Este texto modifica y amplía un crítica de la película escrita en 2015)

Para Tomás


Puedes ver CALABRIA en Filmin



 

 

 

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