Y la nave del misterio va

Santiago Alonso 


Cuando hablaba de la elaboración de sus películas, Federico Fellini aseguraba a menudo que disfrutaba más del viaje en sí que de llegar a la meta. Esta máxima puede relacionarse con el hecho definitorio de su increíble y arrolladora personalidad: el cineasta fue durante toda su vida, tanto en lo artístico como en lo humano, un consumado fugitivo. Su biografía está llena de huidas ya desde la tierna edad, como el día que se marchó con el circo, a los siete años, o el que se escapó a Bolonia, siendo adolescente, con su amada Bianchina, unos episodios seguramente aderezados después con demasiada fantasía por parte del protagonista. El crítico Tullio Kezich señalaba en el fantástico libro Fellini, quizás la mejor publicación sobre el autor italiano (y no hay pocas), que la Tercera Huida, la definitiva, se produjo cuando abandonó Rímini con el objetivo de emprender la aventura romana, un momento que después quedó reflejado en el final de Los inútiles (1953), en el que el personaje de Moraldo toma el tren a escondidas, dejando atrás la patria chica, la familia y los amigotes. Y es esta secuencia el primer fragmento de su filmografía que aparece en el Fellini de los espíritus, una decisión tomada con buen tino por la directora Anselma Dell’Olio para un documental que pretende indagar en la siguiente huida, la de un artista que a principio de los años sesenta, al llegar al culmen de su carrera, ha resuelto todas sus inquietudes mundanas y se dispone a traspasar la barrera de lo material para penetrar en la dimensión de los sueños y atisbar el extenso campo de algo que podría llamarse lo no terrenal, las otras percepciones.

La clave de este gran cambio de ruta se localiza entre La dolce vita (1963), la película que dinamitó todo, y Ocho y medio (1963), el gran exorcismo cinematográfico y personal que marcó un camino sin retorno; mientras que tiene su primera cristalización con el siguiente largometraje, Giulietta de los espíritus (1965). Son los años en los que el realizador, según opinan algunos, entre ellos Pier Paolo Pasolini, ofrece al público con la supuestamente impía La dolce vita una película cristiana; en los que comienza una relación fundamental con el psicoanalista jungiano Ernest Bernhard, que tiene como consecuencia fundamental la recopilación de sus sueños, que anotó e ilustró en cuadernos desde 1960 hasta 1990; en los que entra en contacto con videntes y magos como el turinés Gustavo Adolfo Rol; o en los que tiene una experiencia con LSD.

Con estos y otros hechos, Del’Olio monta un largometraje que se ciñe a la misma plantilla empleada hoy día para hacer documentales sobre cine: exacto, no faltan los dos o tres fragmentos de animación fea y ortopédica, ni las entrevistas a realizadores cuya arbitraria presencia parece que se deba a que ese día simplemente pasaban por ahí, y cuyas declaraciones no aportan nada al discurso general, en este caso William Friedkin, Terry Gilliam y Damien Chazelle.  Con todo, no es el mayor inconveniente que presenta un trabajo que se sigue con moderado interés, porque ver cualquier escena de Fellini siempre encandila y porque se incluyen jugosas imágenes de archivo inéditas o de difícil acceso. Los problemas de Fellini de los espíritus empiezan con el caos organizativo que rige sus partes —una sucesión liosa de capítulos numerados según varios hexagramas del I Ching-— y continúan con el mismo protagonismo que se les da a colaboradores como el escritor de tebeos Vicenzo Mollica o el compositor Nicola Piovani, y a una galería de personas operadísimas, pintadísimas y artificialmente bronceadísimas, algunas de ellas dedicadas al más allá como profesión, sin que quede siempre clara su relación real con el maestro, pese a que podrían pasar como participantes de una versión moderna de Satiricón (1969).

Al final, hay momentos en que parece establecerse que a Fellini, durante los últimos treinta años de su vida, solo le preocupaba la realidad ultrasensible y lo espiritual, una lectura que contextualiza de manera pobre y facilona su anhelo fugitivo. Además, el tratamiento de varias cuestiones está tomado muy por los pelos, como cuando se habla de música y Ensayo de orquesta (1978), o se desaprovecha. Véase, en ese sentido, que en el documental casi se da por hecho que el público sabe de antemano qué es el Libro de los sueños, y apenas se indaga en los cuadernos que lo forman, capitales para intentar desentrañar los aspectos mágicos y asombrosos del misterio del director. Es decir, de su huida infinita.



FELLINI DE LOS ESPÍRITUS

Dirección: Anselma Dell’Olio.

Género: Documental. Italia, Francia, Bélgica, 2020

Duración: 100 minutos.

 


 

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