Sin (apenas) esperanza

Jesús Cuéllar


Al iniciarse Hope, un rótulo nos informa de que la película que vamos a ver se basa en «Mi historia, tal como yo la recuerdo», y en entrevistas concedidas por la directora noruega Maria Sødahl para promocionar esta su segunda película se confirma que, a pesar de la ficcionalización de algunas situaciones y personajes, la dolorosa experiencia de la protagonista Anja se corresponde fundamentalmente con la vivida por la propia Sødahl.

Tras unas sucintas pinceladas introductorias, la película entra de lleno, y sin concesiones, en el drama físico y emocional que va a relatar. Anja y Tomas (interpretados por Andrea Bræin Hovig y Stellan Skarsgård) viven inmersos en su ajetreada vida de directores de escena de clase media-alta con hijos de diferentes edades­. En medio de esa vorágine, a Anja le diagnostican un cáncer incurable, quizá metástasis de un tumor anterior que creía superado.

A partir de ese momento, como en Gary Cooper que estás en los cielos de Pilar Miró (1980) o en Mi vida sin mí de Isabel Coixet (2003), con las que esta película guarda algunas similitudes de enfoque, sobre todo con la segunda, la protagonista pasa por un tobogán de emociones que acaba desvelando la ficción sentimental en la que vivía. Detrás de su entrega a la crianza de los hijos (propios y de Tomas con su pareja anterior) y de la abnegada renuncia a una carrera profesional de primer orden, se escondía un profundo resentimiento hacia su pareja. Hope relata de forma descarnada una situación límite y hay que recalcar que, como Miró y Coixet, lo hace con una mirada de mujer. El miedo, los temores y la conciencia de la propia fragilidad que siente Anja pueden ser, son, los de cualquier ser humano ante esa situación límite. Sin embargo, sus condicionantes emocionales, profesionales y familiares serían mucho más difíciles de imaginar, hoy por hoy, en un hombre. Sin ir más lejos, en Tomas. Y la directora, a través del poderoso personaje de Anja, dueña absoluta de la película, frente a un Tomas al que el guion no le permite más que bajar la cabeza ante el caudal de reproches que se le viene encima, aprovecha para saldar cuentas, no solamente con la siempre injusta enfermedad, sino con una vida entregada casi exclusivamente a las obligaciones familiares, el trabajo y una relación sentimental poco satisfactoria.

Casi todo el drama, filmado en tonos oscuros en un Oslo invernal y prenavideño (un detalle que impregna la historia de un sentimentalismo perjudicial, desplazando innecesariamente su foco), tiene lugar en interiores (pisos, hospitales, coches) que se vuelven tanto más claustrofóbicos cuanto que en ellos estalla la desaforada catarsis de una mujer que por fin se permite espetarle al mundo todo aquello que había ido reprimiendo.

Maria Sødahl ha filmado una película intensa, desasosegante —por la virulencia de las reacciones de Anja; por la frialdad y la torpeza que muestra Tomas, incluso cuando propone algo aparentemente extemporáneo que supone una cesura en la película; por el desamparo de los hijos—, e incómoda, por la franqueza brutal con la que se destripa una relación sentimental que durante años se ha basado únicamente en la inercia.

En su película, Pilar Miró retrataba a una mujer sola, Andrea, que repasaba su vida y sus fracasos sentimentales y tensiones familiares antes de enfrentarse a la luz cegadora del quirófano. En otra película que miraba a la muerte cara a cara, Dolor y gloria de Pedro Almodóvar (2019), el protagonista Salvador Mallo, también solo, hacía balance de su devenir sentimental ante el temor a dejar pronto de existir. Como Hope, esas dos películas tenían un claro trasfondo autobiográfico y sus protagonistas, ambos directores de cine, gozaban de posiciones sociales acomodadas. Por su parte, Mi vida sin , carente del elemento autobiográfico, menos sombría que las anteriores y ambientada en un entorno mucho menos privilegiado que las películas de Miró, Almodóvar o esta de Sødahl, planteaba el deseo de organizar la propia vida y, sobre todo, la de los demás cuando se tiene la conciencia de que queda poco tiempo. En la obra de Sødahl encontramos elementos comunes a esas otras películas, y la rebelión contra una enfermedad potencialmente mortal —a pesar de los considerables recursos técnicos y materiales de los que dispone la protagonista— es de corte igualmente emocional. Sin embargo, Anja, al contrario que la Andrea de Miró y el Salvador de Almodóvar, y más cerca de la Ann que protagonizaba la película de Coixet, ha tenido una vida sentimental si se quiere más convencional, y además tiene hijos de los que preocuparse, algo que ha pesado enormemente en el sometimiento de su propia vida profesional a la de su pareja. Sin embargo, la sensación de soledad ante la muerte es siempre la misma. Hacia el final de la película, Anja le dice a Tomas: «No sabía que existías». No había sido consciente hasta ese momento de que alguien podía estar junto a ella si ocurría lo peor.



 

HOPE

Dirección: Maria Sødahl.

Intérpretes: Andrea Bræin Hovig y Stellan Skarsgård, Terje Auli, Erik Hallert.

Género: drama. Noruega, Suecia, 2019.

Duración: 130 minutos.

 


 

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