Atrapado en un laberinto sin salida

Santiago Alonso 


Desde el momento en que la recepción de una obra cinematográfica tiene lugar en el mejor de los casos al abrigo casi placentario de una sala oscura, y, por lo tanto, existe un particular condicionamiento sensorial del espectador, se antoja un tanto redundante el empleo, tan en boga últimamente, del término «cine inmersivo». Aun así, está claro que, mediante la puesta en escena y jugando con los puntos de vista narrativos, un director puede intentar que el público se vea un poco más «involucrado» en la acción. A principios de año, por ejemplo, se estrenó 1917, un largometraje bélico donde la inmersión audiovisual en una cruenta batalla se llevaba a cabo planificando el metraje, desde el principio hasta el final, como un falso plano secuencia. De manera menos espectacular pero igual de meritoria, si no más, la estupenda película mexicana La camarista nos hacía en buena medida experimentar la invisibilidad a la que se ven abocadas las trabajadoras de habitaciones en un gigantesco hotel, con una narración sobre las rutinas laborales que imitaba el estilo observacional de un documental. Y, a su manera, El padre, uno de los estrenos que cierra la temporada, invita asimismo al público a ponerse en la piel del protagonista, en este caso escenificando la experiencia de alguien que tiene la mente atrapada en un laberinto sin salida.

No es la primera vez que no solo se cuenta, sino que también se plasma en pantalla un yo confuso o, directamente, su disolución. El tema se ha abordado a menudo desde un prisma fantástico o en clave de película de misterio —por poner solo un ejemplo de la última década: la relectura del mito del doble en Enemy—, pero no, con el matiz subjetivo de lo inmersivo, en un relato realista. Y esta es la clara y sencilla premisa que de manera tan eficaz como demoledora lleva a buen puerto el dramaturgo francés Florian Zeller, quien adapta, con ayuda de Christopher Hampton como coguionista, su obra Le père. Sobre todo porque el resultado traspasa la condición de teatro filmado y llega a establecerse como auténtico teatro cinematográfico, pues Zeller se ha servido de las posibilidades para jugar con el espacio que le brinda un simple corte de un plano a otro o un cambio en los detalles de ambientación cuando se supone que se está repitiendo un plano que ya se ha visto antes. Solo con estos recursos, y sin ningún tipo de intervención sobre la imagen en posproducción, se representa el perpetuo estado de desconcierto de un anciano que vive solo en su piso. Cuando un día su hija va a visitarlo, que es como empieza el filme, el tiempo empieza a transcurrir a trompicones y la decoración a cambiar imperceptiblemente, mientras van apareciendo diversas personas que el hombre no siempre reconoce y que se presentan como sus posibles hijas, sus posibles yernos y sus posibles cuidadoras: exacto, El padre es la transformación en imágenes de lo que debe de sentir alguien aquejado de alzhéimer u otro tipo de demencia senil.

Aparte de esta concepción escénica, en la que la mano del montador Yorgos Lamprinos se revela fundamental, el único efecto especial empleado para recrear los déficits cognitivos que afectan a las habilidades de comprensión y memoria del protagonista ha sido un actor llamado Anthony Hopkins. Su capacidad para trasmitir todas y cada una de las perplejidades que atraviesan el ánimo del personaje, todos y cada uno de los dolores que sufre una persona que se sabe perdida sin saber dónde ni por qué, es tal que, incluso, las meritorias actuaciones de los secundarios —empezando por la de Olivia Colman, mucho más sustanciosa que la del resto— parecen subordinadas a un vendaval interpretativo que, a modo de auténtico hilo conductor del relato, encadena un matiz gestual o una mirada nuevos a cada minuto. He aquí la inmersión, a la postre, por las implicaciones íntimas que suscitan a quienes ocupamos las butacas: viendo a Hopkins es fácil que conectemos con vivencias propias, o que hagamos un ejercicio de imaginación y pensemos cómo sería vernos en una situación similar de desamparo.



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