La película que no tenía sentido

Santiago Alonso 


Con David Lynch y el cine de índole enigmática ha pasado un poco lo mismo que con los hermanos Dardenne y el cine que se denomina «social»: detrás han llegado algunos realizadores que se han inspirado con fortuna en sus logros, pero también muchos otros que, directamente, han copiado los conceptos visuales y el estilo, hasta convertirlos en puros clichés, en tics narrativos o de puesta en escena muy poco interesantes. Lo único positivo es que ni al estadounidense ni a los belgas les ha afectado, pues siguen siendo ellos mismos, rodando mejor que la mayoría la clase de películas por las que se les conoce. En el caso del director de Carretera perdida incluso se ha acuñado el término «lynchiano», una caracterización de su obra que intentó definir el novelista David Foster Wallace o a la que el ensayista Dennis Lim le dedicó un libro entero, David Lynch. El hombre de Otro Lugar. Y, después, han caído en la tentación de tomar prestados esos rasgos definitorios, cuando querían ponerse misteriosos y oníricos, desde autores que han demostrado de sobra tener una personalidad propia (Claire Denis en la muy irritante Los canallas), hasta novísimos del circuito festivalero (este año el singapurense Yeo Siew Hua con A Land Imagined, un ejercicio que se caracterizaba por su pretenciosidad y escasa sustancia).

Todo lo anterior viene a cuento de la milagrosa llegada a nuestro país del largometraje coreano Me and Me, el debut en la dirección del hasta ahora actor Jeong Jin-yeong. ¿Y qué tiene que ver con Lynch o, mejor dicho, con lo lynchiano? Pues precisamente muy poco o casi nada, lo que constituye un punto más a favor cuando ahora lo fácil (y lo que a menudo se pide) es presentar unas credenciales en las que se debe reconocer la cinefilia particular de los directores. Porque Me and Me es rara, compleja y paradójica; apenas nos permite que aprehendamos su esencia; combina sin una formula evidente lo cotidiano, lo macabro, lo irónico y lo insospechado; habla sobre la realidad y la percepción humana desde la óptica que produce el miedo a que que ambas salten por los aires… todo lo que se suele señalar de David Lynch, pero sin parecerse en ningún momento a él. Y eso que la historia transcurre en un pueblo donde los habitantes están algo tronados y esconden algo.

No hay nada claro en el argumento. Ni siquiera nos atreveríamos a señalar quién es de veras el protagonista más allá de que parece serlo (solo parece) el personaje del policía que llega a una pequeña población para investigar la extraña muerte de una extraña pareja formada por un profesor de instituto y su mujer, quien está aquejada de un también extraño síndrome por el que todas las noches, a cierta hora y hasta la mañana siguiente, adopta una personalidad nueva. En un alarde de sinceridad muy loable, Jeong Jin-yeong llegó a declarar cuando estrenó la película en su país que, desde un punto de vista racional, no tenía sentido. Y no mentía. Lo significativo, sin embargo, es que esto no importa, porque, ¡sorpresa!, el filme funciona gracias a su particular pulso narrativo, invitando al público a que entre sin dificultad en el juego. Quizás no sepa lo que está viendo, pero probablemente lo siga con atención.

Quién teclea estas líneas es muy consciente de que al expresarse así no les está ofreciendo mucho a los lectores; que es casi como no decirles nada. Y si en la presente crítica subraya que percibe el tema del pavor a que la realidad cotidiana se tambalee sin remedio, produciendo que la percepción que las personas tienen de sí mismas se vaya al garete, tampoco se adentra demasiado en el quid de la cuestión. He aquí otro argumento más, por si vale: Jeong Jin-yeong propone asimismo a los espectadores que se cuestionen sus ideas sobre los géneros cinematográficos y la naturaleza misma de un relato, a partir de la inusitada alternancia entre policiaco, comedia, drama e historia fantástica que plantea. Desafiando nuestras expectativas, pasa con total naturalidad de una categoría a otra secuencia tras secuencia, sin que chirríe la mezcla. Por cierto, el director expresó lo siguiente en declaraciones a The Korea Times: «Accedimos a promocionar la película como una de misterio, pero personalmente pienso que a lo que más se acerca es a una comedia negra».

En suma, Me and me no es un rompecabezas, sino más bien una especie de imposibles escaleras de Escher en las que nos podemos perder con ganas si volvemos a ver el film más veces. Viviendo una época con propensión desmesurada al narcisismo, en la que el uso de internet perjudica las cualidades cognitivas de media población planetaria y se ha instalado la preminencia del yo, yo, yo, yo, yo, yo y más yo en los discursos (algunos tan simples como «yo soy quien digo que soy»), esta cinta es, aunque no lo parezca, un perfecto reflejo fílmico de nuestro tiempo, concordando de un modo tan inquietante como ingenioso con el inmenso caos contemporáneo.


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Toda la programación del XIII Festival de cine coreano de España, hasta el 8 de diciembre



 

ME AND ME

Dirección: Jeong Jin-yeong.

Interpretación: Cho Jin-Woong, Bae Soo-Bin, Cha Soo-Yeon, Jung Hae-Kyun, Jang Won-Young.

Género: drama. Corea del Sur, 2020.

Duración: 105 minutos.

 


 

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