Irene Bullock


La vida de una pequeña y tranquila localidad estadounidense se ve alterada con la llegada de un equipo de cine. Y, sobre todo, cambia la vida de un profesor de Historia que no solo ha logrado el Pulitzer con su novela sobre la Revolución, sino también que Hollywood la compre y se disponga a convertirla en película. De esta manera Dulce libertad (Sweet Liberty, EE.UU, 1989), entra dentro de una modalidad muy rica en el tema cine dentro del cine: las peripecias de un equipo de rodaje, las relaciones e historias de cada uno de sus miembros, formando extrañas familias, y el impacto que provocan allá por donde pasan. Todos, sin embargo, apuestan por un mismo fin: rodar una película. Uno de los máximos exponentes de este tipo de filmes fue François Truffaut y La noche americana (1973).

El actor Alan Alda se puso detrás de las cámaras por segunda vez (antes había probado la dirección en la televisión) con una comedia con aires de screwball comedy y puro vodevil, donde Michael (también Alda), el atribulado profesor, lidia a la vez con los del mundo del cine, con el miedo a comprometerse con su prometida, Gretchen (Lise Hilboldt), y con una madre (Lillian Gish) que nunca ha renunciado a su carácter excéntrico. Al fin y al cabo todos los personajes tratan de preservar su dulce libertad, esa libertad de la que habla Michael a sus alumnos en una de sus clases. Cuando están estudiando la Revolución estadounidense, les explica que la clave se encuentra en la siguiente pregunta: «¿Cómo imponer disciplina a una sociedad que ama la libertad?». Les dice que si los colonos querían esa libertad era obvio que tenían que dejar sus hogares para ir al campo de batalla y una vez allí obedecer órdenes para ganar la guerra,  y eso era algo que en un principio no estaban dispuestos a hacer.

A pequeña escala todo el mundo busca en su vida diaria la dulce libertad, que supone no pocos sacrificios. Alan Alda construye así una pequeña y divertida fábula cinéfila con la guerra de sexos también presente, tan habitual en  películas como La comedia de la vida (1934), Sucedió una noche (1934), Al servicio de las damas (1936), La fiera de mi niña (1938) o No hay tiempo para amar (1943).

¿Dónde está mi libro? 

Michael, investigador puntilloso, es capaz de enamorarse fervientemente de uno de los personajes femeninos que estudia, aprendiéndose de memoria cada una de las palabras de su diario íntimo. Por eso, la llegada de la gente  de Hollywood supondrá un cataclismo en su vida, sobre todo cuando el guionista de la película, Stanley (Bob Hoskins), ávido de aprovechar la oportunidad de manejar un buen material literario, le enseña el guion que se va a rodar. El profesor se queda horrorizado: «¿Dónde está mi libro? No hay ni una sola cosa que me sea familiar». No solo se enfada sino que amenaza: «Si no les gusta la Historia tal y como ocurrió me retiro». Pero el histriónico guionista le recuerda la triste verdad, que el libro es del estudio, pues sus directivos  lo han comprado. Michael exclama: «La Revolución estadounidense no es un vodevil». El guionista le propone, entonces, una colaboración conjunta, y que vayan trabajando en las secuencias justo antes de que se rueden  para  jugar con cuidado sus cartas. Y el profesor acepta. Él pondrá la Historia y el guionista le instruirá en el extraño mundo de una troupe.

El primer día que contacta con el equipo aprenderá más lecciones sobre el mundo del cine en Hollywood. Nada más conocer al director (Saul Rubinek), sin hacer caso de las indicaciones del guionista, le expresa que no está de acuerdo ni con el argumento ni con los diálogos. El director lo primero que le expone es: «Pero ¿quién sabe qué pasó hace doscientos años». Y no solo se queda tan ancho, sino que también le suelta que es la taquilla la que manda, y en ese momento los que van al cine son los adolescentes y jóvenes, y para que una película tenga éxito con este tipo de público, trate de lo que trate, tiene que tener tres ingredientes: desafío a la autoridad, destruir la propiedad y que la gente se despelote…, aportando así una de las reflexiones más desternillantes de la película, pero no carente de una cierta verdad de fondo. Basta con dar un repaso a películas históricas de Hollywood de todos los tiempos y a sus «licencias cinematográficas».

Vivencias de rodaje

Alan Alda deja momentos de pura screwball comedy no solo en la relación entre el profesor y su novia, sino en la dinámica del rodaje. El guionista, el director y, sobre todo, los actores principales convertirán su vida en un auténtico caos, la pondrán patas arriba hasta que  sale finalmente más fortalecido y decidido a tomar las riendas de su existencia de nuevo, con los riesgos y compromisos de siempre. Incluso el personaje de Alan Alda homenajea a Cary Grant en La fiera de mi niña poniéndose en una determinada secuencia una bata rosa de su novia, y paseando ridículo y elegante.

La estancia invasiva del equipo comienza justo en el momento en que él y su novia deciden darse una tregua en la relación, que ha llegado a un punto muerto, pues ninguno de los dos decide dar un paso adelante. Esta tregua les servirá no solo para conocerse más, sino para explorar otros caminos, picarse entre ellos y saber finalmente lo que quieren. Por otro lado, el profesor necesitará la complicidad de los actores principales para conseguir sus cambios en el guion, pues está claro que estos pueden imponerse al director. De ahí la importancia en el argumento de Faith (Michelle Pfeiffer) y Elliott (Michael Caine).

Con Faith descubre algo que es obvio, pero a veces se nos olvida, y que habla también de la fascinación que provocan los actores en el público. Cuando el profesor la ve por primera vez, ella está caracterizada del personaje principal femenino, Mary Slocum. Y él se queda hipnotizado por esa aparición. Una vez que durante el rodaje, Faith consigue el cambio de guion que propone Michael para una secuencia, lo invita a su apartamento para cenar. Michael acude a la cita y se encuentra con una mujer distinta, no es el personaje, sino la actriz de carne y hueso en la intimidad de su hogar. Es una mujer de finales del siglo XX, y eso le choca. Él, sincero, le confiesa que no se ha enamorado de ella, sino del personaje de la película. Así que solo cuando  lee en voz alta  el diario personal de Mary, este termina acostándose con ella. Ocurre lo mismo que decía Rita Hayworth en su célebre frase: «Los hombres se van a la cama con Gilda y se despiertan conmigo».

Y con Elliott descubre al típico actor principal que se adora a sí mismo y que hace lo que le da la real gana. Es narcisista y caprichoso, pero ejerce con todas las consecuencias su dulce libertad. Tiene un componente de niño grande y travieso, si bien sus ganas de disfrutar de la vida, y de que todos le acompañen en sus  juergas y juegos,  le redime. Este le confiesa a un agotado Michael, pues seguir su ritmo es misión imposible, que «hago muchas tonterías y mi vida es un caos». Pero es ese caos el que le hace especial.

Con el director la lucha es infatigable. Sus choques son continuos y hay réplicas divertidas en todo momento. Prácticamente al final, durante el rodaje de la secuencia crucial de la batalla, Michael le vuelve a echar en cara que todo lo que  ha hecho hasta ese instante está equivocado. Y el director ya harto le espeta un: «A la mierda la precisión histórica, el día de hoy cuesta ochocientos mil dólares». Esta discusión final supone la gota que colma el vaso. Curiosamente también llega a su culminación el pique que, durante todo el rodaje, tienen los especialistas con los extras del pueblo, quienes llevan toda la vida escenificando la batalla con suma rigurosidad histórica. Cuando llega el momento de rodar el enfrentamiento final, los especialistas van disfrazados de los soldados británicos y los extras del pueblo junto a Michael de los americanos. Este junto a los demás ciudadanos deciden rebelarse de una vez contra la tiranía del estudio y se niegan a correr de un lado a otro como pollos sin cabeza, que es lo que pretenden que hagan. Y boicotean la secuencia haciendo lo que verdaderamente ocurrió, que en esa batalla los colonos tomaron los cañones de los británicos. Además, después del caos que arman con la secuencia, Michael sirve su venganza en bandeja y hace que todos los extras, él incluido, terminen despelotándose. Irónicamente, ha ofrecido al final los tres puntos que le expuso el director en su primer encuentro: rebelión, destrucción y despelote.

Dulce libertad sirve además de cuaderno de bitácora de los entresijos de un rodaje en exteriores. Desde el principio, se vive la llegada de toda la parafernalia del equipo de rodaje como una invasión que revoluciona la vida de la localidad. El autobús con todos los miembros, los camiones y tráileres son recibidos con una gran fiesta como si fueran celebridades excepcionales. Después se refleja el día a día de un rodaje: los tiempos muertos, las dificultades y el estrés con algunas escenas, las fiestas, las relaciones con la prensa y  los roces entre los distintos miembros del equipo. Asimismo se ve cómo funcionan los efectos especiales, cómo se mueven las cámaras, la complicada logística general, etcétera. Eso sí, todos volcados en sacar adelante la película.

Cuando los habitantes de la pequeña ciudad se despiden, también en un ambiente festivo, de todo el equipo, el profesor pide disculpas al director por haber echado a perder la última batalla, y este se ríe: «Pero qué dices, la rodé con seis cámaras y puedo montarla como me dé la gana». Su lucha irónica continúa, pero le promete al desconcertado profesor que le va a gustar el resultado.

Lillian Gish, una dama con mucha historia

 Alan Alda además ofrece un homenaje al cine mudo, ese cine que ya no existe, con la presencia de una de las musas de D.W. Griffith, Lillian Gish. La lánguida y sufridora heroína de las reconstrucciones históricas de Griffith se convierte en Dulce libertad en una simpática y alocada anciana, la madre del protagonista y una persona rara sin ningún complejo durante toda su vida. Es más, el personaje parece fuera de época y fuera de la historia, pero sus apariciones son deliciosamente divertidas. Su lúcida locura, como buena heredera de esas madres estrambóticas y sin complejos de la screwball comedy, tiene un momento divertido y de burla absoluta a la televisión. La anciana no come nada, pues cree que todo está envenenado, y su único antídoto es poner los alimentos encima de su televisor durante veinticuatro horas ya que, como dice, la radiación mata cualquier veneno que hayan podido poner.

Cuando Gish era reina del mudo fue protagonista de varias películas históricas de Griffith, como la polémica El nacimiento de una nación (1915) sobre la Guerra civil, Intolerancia (1916) o Las dos huérfanas (1921); y también actuó en los grandes dramas del director como Los lirios rotos (1919) o Las dos tormentas (1920). Como curiosidad, hay que destacar que Griffith realizó su propia versión de la Revolución estadounidense, esta vez sin presencia de Gish, en América (1924). Durante el periodo silente, la actriz se puso bajo las órdenes de King Vidor, Henry King o Victor Sjöström. Sin embargo, Gish nunca dejó de trabajar en la pantalla de cine y durante el sonoro, y aunque sus apariciones eran más esporádicas, participó en varias películas inolvidables como Duelo al sol (1946), Jennie (1948), La noche del cazador (1955) o Los que no perdonan (1960). 

La vida como una lucha de esgrima

Alan Alda rueda su particular vodevil y toma decisiones tanto de trama como técnicas para contar su historia. Por otro lado, no pretende nada más que lo pasemos bien y amemos más el cine. De hecho, por ejemplo, representa la vida como una elegante lucha de esgrima continua. Así es como empieza la película, con una lucha de esgrima con su novia en un gigantesco salón. Y así es como pasa el verano, periodo en el que transcurre el rodaje, luchando, sin parar, con todos los personajes. Juega además con los anacronismos. Está la presencia de Lillian Gish, como  símbolo de un cine que ya no existe, pero igualmente hay momentos cómicos como la aparición de Michael con el uniforme estadounidense de la Revolución en una moto, que será además el motivo del cartel. Hasta alardea técnicamente con un trávelin circular con steadicam para representar un beso de la vida real entre Michael y su novia, que es similar al que se dan los protagonistas de la película histórica.

Por todo lo comentado, la película es una sencilla y agradable comedia de cine dentro del cine que analiza, a través de la risa, un concepto muy complejo: la libertad.


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4 Comentarios »

  1. Querida Irene, otra película que no he visto (buaa). De Alan Alda tengo más presentes sus participaciones con Woody Allen, especialmente en una de mis favoritas “Misterioso asesinato en Manhattan” que dialoga mucho con el cine, sin ser una historia de cine dentro del cine. Ignoraba que también hubiera dirigido.
    Qué tema el de la fidelidad del cine a la Historia. Pienso ahora al leerte hasta qué punto eso es un valor artístico. Todos nos encolumnamos detrás de películas que reproducen hasta el más mínimo detalle un hecho histórico, pero ¿no las aleja eso de la obra de arte para transformarlas en documentos testimoniales? Al mismo tiempo, cómo rechinan los dientes cuando el maquillaje o la corsetería son más de la época de realización del film que del tiempo en el que transcurre la historia. En fin… hoy estoy un poco indecisa… y un poco no, jaja.-
    Un beso enorme, Bet.-

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  2. Hola Irene:
    Esta película la tenía completamente olvidada (si el torturador es eficaz confesaría que de la Pfeiffer he visto hasta Grease II).
    El tema del autor de un éxito (one trick pony que dicen los de la liberty statue) y los enredos sentimentales llevados al cine siempre me hace pensar si no será una especie de acertijo para ver si sabes de quién están hablando. Por aquellos tiempos los amantes del cine estábamos divididos; unos enamorados de la Pfeiffer y otros de Jessica Lange (había egoístas, o locos, que lo estábamos de ambas) y, recuerdo, Miss Lange estaba ya muy asociada a un tal Sam Shepard. Ahí lo dejo… Por cierto el nombre “artístico” de Michelle en la pelí era Faith Healy (Fe Sana). Porsupuesto todo esto es retro-fake news.
    Que bien cae Mister Alda, igual que su hermano Chevy Chase. (Confirmado, las fake news son un virus muy contagioso).
    Muchas gracias por llevarnos a épocas en las que hasta un vodevil podía revolucionar. Un saludo, Manuel.

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  3. Amiga Bet, qué bien está Alan Alda en Misterioso asesinato en Manhattan, exactamente esta película bebe cine y es a la vez tan, tan, tan divertida. Sí, dirigió varias cosas, siempre tirando a la comedia. Yo le recuerdo desde que era pequeña en la serie de MASH.
    Efectivamente qué tema apasionante el de la fidelidad del cine a la Historia. Cine e Historia un binomio interesante y que genera un montón de reflexiones como las que planteas. Incluso el cine documental es historia viva… O el cine de ficción que refleja el presente se convertirán en el futuro en fuente de historia y sociología: cómo se vivía, en qué se pensaba, cómo vestíamos o nos peinábamos, cómo convivíamos, cuáles eran los rituales…, etcétera.

    Con cariño
    Irene Bullock

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  4. Amigo Manuel, es un placer volver a rescatarla. A mí me ocurría igual, yo la había visto cuando era jovencilla en un cine de barrio y me dejó un buen recuerdo. Cuando la he vuelto a ver, ha sido un pequeño placer reencontrarme con ella. Y me he divertido mucho.
    ¡¡¡Ay, recuerdo ese enfrentamiento entre los apasionados de Pfeiffer y los de Lange…!!! Jejejeje, los más eráis los que amabais a los dos…, no se dice que el amor es infinito. A mí me pasa con Chaplin y Keaton, amo a los dos por igual. Los disfruto a ambos en mi pantalla de cine. Me gustan mucho esas dos actrices y de cada una atesoro películas con cariño que siempre permanecerán en mi memoria. ¡Las dos han aparecido por este diario!
    … por cierto, cuántas fake news nos ha dejado la humanidad. Otra investigación apasionante…, ¿verdad? No es nuevo un mundo de bulos; sí lo es, sin embargo, que sea masivo y continuo…

    Con cariño
    Irene Bullock

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