Rastros de almas en el paisaje

Jesús Cuéllar


En el principio, y al final, fue el mar, parece decirnos Lois Patiño con esa antigua carta marina de Olaus Magnus y esas imágenes submarinas que muestra al inicio de su nueva película, Lúa vermella, y también en las últimas tomas del filme. Ese mar desde el que, según la teoría evolutiva, fueron saliendo todos los seres de la tierra, incluidos los humanos, y también los monstruos que los devoran, por dentro y por fuera, durante toda la eternidad. Poco después de esas imágenes submarinas, vemos a un hombre que contempla la inmensidad del mar, en una imagen tan pictórica como cinematográfica, que recuerda a un cuadro del alemán Carl David Friedrich o del británico Turner, influencia confesa de este cineasta y videoartista gallego.

         Lúa vermella, que obtuvo la Biznaga de plata a la mejor película española en la sección Zona Zine del Festival de Málaga y se estrenó en Galicia el pasado 9 de octubre en el marco del festival Curtocircuíto, transita territorios emocionales (no en vano Patiño estudió psicología) e instrumentos visuales ya apuntados en trabajos anteriores como los cortos Noche sin distancia (2015) o Fajr (2017), y también en su primer largometraje, Costa da Morte (2013), premiado en el Festival de Locarno. Mediante bellísimas imágenes estáticas, que muestran a figuras siempre inmóviles en el campo, en sus casas, junto al bravo mar gallego, en escenarios comunes a los de Costa da Morte, Patiño va hilando —con un afán contemplativo que puede llegar a bordear lo exasperante— la misteriosa historia del Rubio, valeroso marinero rescatador de ahogados y ahora él también desaparecido. En medio de un sugerente magma visual y sonoro (el propio Patiño ha participado en la creación de la música, junto a Alberto Posadas y Juan Carlos Blancas), que conjuga lo poético y lo fantástico con lo absolutamente terrenal; y el alma mágica y eterna de la Galicia rural —esas meigas, únicos personajes que se mueven— con las entrañas de una presa fluvial, habitada por máquinas un tanto obsoletas, el espectador va recibiendo mensajes, en ocasiones contradictorios. Le llegan a través de fantasmagóricas voces superpuestas, que hablan de la muerte y el duelo, de la eternidad, de la voracidad del mar, de un monstruo omnipresente, de la naturaleza en retroceso… Y vemos que en ese limbo expectante y silencioso en el que parecen haberse quedado todos esos hombres y mujeres se van operando sutiles cambios de actitud e indumentaria (sábanas, capuchas, sudarios, como los que en Fajr cubrían a los orantes del desierto), que preludian un desenlace sorprendente, una ralentizada efusión de color y energía: una especie de acuática supernova bermellón, el retorno o regurgitación de un modesto profeta (Jonás, quizá), un monstruo vaciado.

         El corto Noche sin distancia se iniciaba con una cita del poeta portugués Teixeira de Pascoaes que decía: «Hay rastros de almas en el paisaje». En este nuevo largometraje, Patiño, con un exigente planteamiento estético, más sensorial que narrativo, sigue buscando a esas almas perdidas, a esos espectros que vagan entre los montes y el mar, no sólo de su Galicia natal.



 

LÚA VERMELLA

Dirección: Lois Patiño.

Intérpretes: Ana Marra, Carmen Martínez, Pilar Rodlos Rubio de Camelle.

Género: drama, fantástico. España 2020.

Duración: 84 minutos.

 


 

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