El remake como ofensa

Yago Paris



Ha ocurrido lo que cabría esperar, y a estas alturas no debería sorprendernos: se ha estrenado Rebeca, la nueva obra de Ben Wheatley, pero este no es el nombre al que más atención se le presta en los textos críticos que la analizan, sino a otro, el de una persona que poco tiene que ver con esta producción y que murió hace tiempo: Alfred Hitchcock. Esto es así porque la nueva obra del director de High-Rise adapta el filme Rebeca, que el director inglés había rodado en 1940, que a su vez adaptaba la novela homónima de Daphne du Maurier. En efecto, se ha llevado a cabo el remake de una obra mítica de la cinefilia y de lo que más se habla no es de la nueva película, sino del clásico: plantearse si tenía sentido hacer una nueva versión, entender como una ofensa que Netflix se atreva a hacer algo semejante, señalar todas las virtudes que el clásico atesora y que ni de lejos se observan en la versión moderna… Es decir, el debate se reduce a aspectos extracinematográficos o a indicar lo que el filme en cuestión no es.

Lo que cabe esperar de una crítica es que esta desglose las claves de la película, pero cuando se trata del remake de una obra mítica se produce una aberración analítica que a nadie parece llamarle la atención, cuando debería escandalizarnos. Señala Sergi Sánchez que «no hay más que comparar a ese galán de cartón piedra llamado Arnie Hammer con el aristocrático a la par que siniestro Laurence Olivier para ser conscientes de lo corto que se queda este remake»; Jesús Usero argumenta que «no había necesidad de buscarle tres pies al gato ni mucho menos de retocar la película del maestro del suspense»; Juan Manuel Freire indica que «Wheatley y sus guionistas no se esfuerzan lo suficiente por distinguirse de lo ya canonizado»; y Noel Ceballos asegura que «las comparaciones entre Joan Fontaine y Lily James, por no hablar de Armie Hammer/Laurence Olivier, entran directamente en el terreno de la falta de respeto al espectador».

El caso más problemático es el de Elsa Fernández-Santos, quien entrega un texto incendiario que cierra de la siguiente manera: «la película está pensada para un público que ni conoce ni por desgracia quiere conocer el clásico de Hitchcock (Rebeca, ya se sabe, supuso el triunfal aterrizaje en Hollywood del maestro), y eso resulta aún más indignante. Casi parece una burla o una provocación que una plataforma como Netflix invierta tiempo y dinero en reescribir un clásico sin ninguna otra ambición que darle a la empalagosa Lily James una nueva manera de perpetuar su papel de eterna y sufrida Cenicienta». Por otro lado, Mireia Mullor resume todo este asunto con mucha inteligencia: «La ironía es grande: la historia va precisamente sobre una mujer incapaz de escapar de la sombra alargada de su predecesora. Y a esta película le pasa exactamente lo mismo», pero habría que preguntarse si no es precisamente la comunidad crítica y cinéfila la que genera dicha sombra.

Esto en ningún caso debería entenderse como una defensa de la nueva Rebeca, que a quien esto firma le ha parecido mediocre, sino como la denuncia de que una obra, como tantas otras en una situación similar, está siendo juzgada por los motivos equivocados. Es decir, que se está ejerciendo un trabajo crítico muy cuestionable. La lectura comparada de obras es un ejercicio intertextual valiosísimo, incluso imprescindible, pero para ello hace falta analizar ambos filmes en igualdad de condiciones, por lo que cada uno propone, pero en el caso que nos atañe cuesta encontrar textos críticos que se hayan molestado en tratar de desentrañar las claves narrativas y estéticas de la Rebeca de Wheatley, como si se diera por hecho que no hay nada de valor que rescatar, o que ofrezcan una lectura sugerente de sus imágenes. Ni siquiera críticas valiosas como las citadas de Ceballos y Freire se libran de caer por momentos en una actitud tan problemática y acomodaticia.

Como narración cinematográfica, la nueva Rebeca es un ejercicio tan cuestionable en términos de puesta en escena como otras producciones de Netflix (Enola Holmes o House of Cards) que, sin embargo, fueron celebradas desde su estreno. La manera en que se aborda la construcción de las imágenes en estas obras la resumió Álvaro Peña en el pódcast Perros Verdes, en un programa donde se bautizó la propuesta visual de la productora como imagen-nada: «se trata de una sensación de factura impecable, de producto bien hecho que, sin embargo, a poco que reflexionemos sobre lo que hemos visto, se contradice muchas veces con la falta de matices realmente expresivos, o directamente con un contenido cuyo alcance no se corresponde con esas imágenes grandilocuentes». Mediante un cuidado uso de la fotografía, Wheatley ofrece un sinfín de imágenes poderosas que en el fondo no dicen nada. En términos narrativos, la película tontea sin escrúpulos con las dinámicas más perniciosas de la serialidad, que se basan en los incontables golpes de efecto, la transición como modelo narrativo, basado en el carrusel de situaciones superfluas —cuesta encontrar una escena que dure más de dos minutos— y el rodaje mediante el uso de una steadycam que no para de moverse para no llegar a ningún lugar. El único hallazgo con algo de valor consiste en la apuesta por un melodrama desaforado que no le teme a la etiqueta «telefilme» y que se desliga de los aspectos psicológicos de gran calado que caracterizaban a la obra de Hitchcock.

Alexander Zárate señala en el número 510 de Dirigido por una de las ideas más valiosas asociadas al fenómeno del remake, que puede entenderse como una «reflexión sobre el propio cine, y su condición de lenguaje, y el propio presente (y sus ficciones)». En ese sentido, Rebeca es la brillante condensación de un modelo tan problemático, cinematográficamente hablando, como el que propone Netflix, uno de los paradigmas de la ficción del siglo XXI. Pero la comunidad crítica parece haberse conformado con despellejar el remake, lo que explicaría por qué no se han ofrecido otras lecturas más suculentas. En este sentido cabe destacar el tuit de una de las integrantes de Perros Verdes, Ruth Uris, en el que, mostrando imágenes de Rebeca y Enola Holmes, pone de manifiesto el poco cuidado con el que la productora trata sus obras. Resulta revelador analizar ambos filmes y atender a la recepción crítica que han recibido. Si bien ambas son muy similares en términos de lenguaje cinematográfico, mientras la obra de Wheatley ha sido apaleada por atreverse a tocar una de las figuras del mausoleo de la cinefilia, la de Harry Bradbeer ha recibido elogios por su reformulación de Sherlock Holmes en clave femenina y feminista. Dicho de otra manera, en ambos casos la valoración cinematográfica se ha basado en aspectos que nada tienen que ver con el acto de filmar una película. Mientras sigamos siendo incapaces de analizar las imágenes de nuestro presente —o no queramos enfrentarnos a ellas—, la mediocridad fílmica se camuflará tras discursos accesorios, que, más o menos valiosos, nunca serán la clave de lo que hace del cine un modo de expresión específico.



REBECA

Dirección: Ben Wheatley.

Reparto: Lily James, Armie Hammer, Kristin Scott Thomas, Keeley Hawes, Ben Crompton, Ann Dowd, Sam Riley, Tom Goodman-Hill, Jane Lapotaire, Bryony Miller.

Género: melodrama, thriller psicológico. Reino Unido, 2020.

Duración: 121 minutos.


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