El subconsciente ingobernable

Yago Paris


En el análisis del cine de Charlie Kaufman que hace en su canal de YouTube, la crítica Fernanda Solórzano ve a los protagonistas del cineasta como guionistas de su propia realidad. Esta afirmación permite que comprendamos mejor el aspecto metanarrativo de los libretos del estadounidense, donde siempre hay un personaje en crisis que reflexiona sobre su vida debido a la ansiedad que le genera no tenerla bajo control, lo que provoca que, en efecto, quiera escribir su futuro, tomar el control. Esta característica narrativa es el punto de partida que da lugar a diferentes juegos formales y la arquitectura del guion. Esto se puede observar en las historias que ha escrito para otros (Adaptation: el ladrón de orquídeas) o en las que él mismo ha llevado a la pantalla (Synecdoche New York). 

Sin embargo, la idea de Solórzano se muestra insuficiente a la hora de explicar el aspecto más relevante del cine de Kaufman, el que alude de manera más directa a lo cinematográfico y no tanto a la estructura de guion: la representación de los universos que habitan los protagonistas de sus historias, que se trasforman en paisajes emocionales trastornados. Y la conversión permite todo tipo de transgresiones con la verosimilitud y la lógica espacio-temporal. En Estoy pensando en dejarlo, la última obra del autor, recientemente estrenada en Netflix, nada de lo que se observa se adscribe firmemente a un modelo representativo de lo que se entiende como realidad objetiva. Esto, lejos de dar rienda suelta a una actitud caprichosamente críptica, incide en una visión de lo cinematográfico como experiencia cumbre que difícilmente puede expresarse en palabras. Kaufman propone a su público una liberación de sus ansias cerebrales de encontrarle la lógica a la narración, a cambio de una apabullante experiencia sensorial.

El punto de partida es la visita de una pareja a la casa de los padres de él, que viven en una granja alejada de la ciudad. La protagonista (Jessie Buckley) acompaña en el viaje a su novio sin saber muy bien por qué, puesto que en realidad, como expresa el título del filme, está pensando en finalizar la relación. La primera mitad de la película consiste en el monólogo interior del personaje, que en primer lugar trata de entender exactamente lo que quiere y a qué se debe, y, en segundo lugar, sobrevivir a la trampa que se ha tendido a sí misma. La propuesta da lugar a una construcción claustrofóbica que transita del hastío a la pesadilla, donde el encuadre, el formato de imagen, la velocidad del montaje, las actuaciones, el decorado, la iluminación… en resumidas cuentas, todos y cada uno de los elementos de la puesta en escena y el lenguaje cinematográfico, han sido pulidos con brillantez.

Y aunque en última instancia lo más valioso sea la experiencia sensorial, cabe destacar el perverso truco al que Kaufman expone a sus personajes y a su público. El autor desarrolla un juego de malabares en el que el punto de vista de la narración cambia de protagonista en la segunda mitad del metraje, lo que provoca una sensación de extrañeza donde nada es lo que hasta entonces parecía —si es que a estas alturas podíamos afirmar algo con seguridad. La narración expone entonces al novio de la protagonista, Jake (Jesse Plemons) como una suerte de marionetista monstruoso, cuyo trauma infantil —se entiende que sufrió acoso en el instituto— lo ha convertido en representante de una de las muchas variantes de la masculinidad tóxica. El personaje esconde su lado controlador, violento e infantil bajo una capa de aparente amabilidad, de calma y empatía. En el fondo es la precaria fachada de una olla a presión.

El trauma provoca que siga anclado en su etapa estudiantil, una época que «lo controla» desde el pasado y que absorbe a todas las personas a su alrededor, quienes deben encajar en su puzle como la pieza que él desea, lo que las condena a una muerte simbólica. El espacio físico del instituto, el escenario del tramo final, se convierte al mismo tiempo en el refugio y la cárcel de un personaje que se aproxima a su trauma cual víctima del síndrome de Estocolmo; y las similitudes entre este tétrico edificio y el hotel Overlook de El resplandor, así como el destino que corren todas aquellas personas que lo visitan —especial mención a las implicaciones de la escena final—, parecen ir más allá de la casualidad o el guiño irrelevante.

Sin embargo, como habitualmente ocurre en el cine de Charlie Kaufman, el autor describe a una persona que, aunque monstruosa, es víctima de sí misma, y esto también se aplica a la manera en que concibe al personaje femenino. Ambos protagonistas están secuestrados por su realidad, en el fondo incapaces de controlarla: ella vampirizada por un novio tóxico del que no encuentra la manera de desembarazarse, y él atrapado por su trauma. Plagados de contradicciones, zonas oscuras y lamentos, pero llenos de humanidad, sensibilidad y dolor, los personajes de Charlie Kaufman aspiran a ser los guionistas de sus vidas, pero en un mundo gobernado por el subconsciente es imposible triunfar.



ESTOY PENSANDO EN DEJARLO

Dirección: Charlie Kaufman.

Reparto: Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Colby Minifie, Jason Ralph, Abby Quinn, Teddy Coluca, Ashlyn Alessi.

Género: drama, thriller psicológico. Estados Unidos, 2020.

Duración: 134 minutos.


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