En busca del amor sólido

Yago Paris


Terrence Malick ha sido, desde el inicio de su carrera, un cineasta que se caracteriza por la búsqueda de la trascendencia a través de la experimentación formal. Sin embargo, cuando se analiza su obra en retrospectiva, pueden observarse dos etapas bien diferenciadas en su filmografía, una primera donde todavía se conserva una cierta idea de relato al estilo clásico, y una segunda donde la ruptura es evidente. El nuevo mundo (2005) actuaría como película-bisagra entre ambos periodos. Las cintas pertenecientes a la segunda etapa, de claro corte experimental, cercano al videoensayo, se podrían entender como un flujo de consciencia y pensamiento que establecen un fructuoso diálogo con un conjunto de imágenes que capturan fragmentos de cotidianidad. En ellas, Malick prescinde de la construcción clásica de la narración —presentación de escenarios y personajes, desarrollo de arcos dramáticos y puntos de giro, etc.— para introducirse de lleno en el terreno abstracto de la reflexión introspectiva. 

El tema central de dichas reflexiones es la búsqueda del amor. El ejercicio más abstracto y complejo hasta la fecha es El árbol de la vida (2011), la obra fundacional de la nueva  etapa, donde se abordaba el amor como motor que dota de sentido a todo aspecto de la existencia humana. To the Wonder (2012), por su parte, ya comenzaba a analizar las dificultades para establecer relaciones amorosas duraderas. Esto se debía a los cambios de la nueva manera de estar en el mundo del ser humano —definida como modernidad líquida por Zygmunt Bauman—, principalmente la fragilidad de las decisiones y los compromisos, como consecuencia de la incertidumbre que provoca un futuro incierto. Knight of Cups (2015) profundizaba en las consecuencias del amor líquido de Bauman, que es aquel en el que se entiende al Otro como un objeto que consumir, todo ello dentro de un modelo de pensamiento neoliberal que interpreta el consumo como perversa vía de acceso a una supuesta libertad. Song to Song (2017), la película que nos ocupa en este texto, se podría entender como una especie de continuación de la anterior, a tenor de los ambientes y tipos de personajes que retrata. Si en Knight of Cups el cineasta analizaba la vida de una persona que trabajaba en el mundo del cine, en esta ocasión se muestran las dinámicas de un grupo de personas relacionadas con la escena musical. Sin embargo, mientras en aquella se profundizaba en los males de vivir aplicando un modelo podrido por dentro, en esta se opta por una visión más positiva, donde los personajes son víctimas de un contexto que no les ha enseñado ni les fomenta una manera sana de amar.

Aunque Terrence Malick construye sus cintas como una especie de consciencia colectiva, donde se cruzan las reflexiones en off de diferentes personajes, muchas veces difíciles de diferenciar y dando lugar a una especie de construcción comunitaria del tema en cuestión, resulta habitual que alguno de los integrantes del relato cobre mayor peso. En este caso, la figura central es Faye (Rooney Mara), una joven aspirante a música que trata de abrirse hueco en un sector tan competitivo a través de su relación con Cook (Michael Fassbender), un productor con quien establece un vínculo de mutua vampirización: sexo a cambio de la oportunidad de prosperar en la industria. Las reflexiones de la joven exponen el meollo del filme. En el mundo moderno, el valor más preciado es la novedad y la posibilidad de vivir experiencias, que se consumen con voracidad: «Quería experiencias. Cualquier experiencia es mejor que ninguna experiencia». Al mismo tiempo, esta necesidad de consumo provoca un rechazo frontal a cualquier compromiso que pueda impedir la llegada de nuevas experiencias: «Quería escapar de toda atadura, todo retén. Vivir la vida, sin preocuparme de nada más. No asentarme». En un contexto como el moderno, donde obtenemos todo de manera inmediata, aspiramos a tantas posibilidades simultáneas, y queremos que todo fluya sin complicaciones ni esfuerzo, resulta prácticamente imposible embarcarse en una relación amorosa profunda, donde uno se exponga a las tiranteces de la convivencia y se atreva a sentirse dependiente o abrumado por los sentimientos. En este panorama, el tipo de amor que podría denominarse sólido, lo contrario del amor líquido de la modernidad que propone Bauman, queda totalmente infravalorado: «No creí lo suficiente en el amor, temerosa de que me quemase».

Este conjunto de reflexiones, en realidad, las comparten el resto de los personajes, especialmente el compañero sentimental de Faye, BV (Ryan Gosling), otro ser que, a pesar de contar con un fondo puro, acaba optando por la vía más sencilla, la más rápida y la que menos comprometa su idea de libertad e independencia. Sin embargo, si en Knight of Cups el cineasta mostraba a un personaje principal dándose de bruces repetidas veces contra el muro del vacío existencial —debido a que una vida basada en el consumo del Otro está abocada, a juicio de Malick, a la imposible satisfacción de las necesidades emocionales humanas—, en Song to Song plasma el estilo de vida moderno como un laberinto lleno de trampas, desvíos y pistas falsas —en forma de otros amantes, experiencias intensas pero superficiales, la posibilidad de alcanzar la fama y la riqueza, etc.—, pero del que se puede salir siempre que exista la voluntad de alcanzar un amor verdadero, puro y sólido. La espiritualidad en el cine de Terrence Malick siempre le abre la puerta a la religión, pero nunca está limitada solo a esta vía. Alrededor de lo religioso, siempre presente, aparece la naturaleza, el bastión de la integridad moral y la conexión con uno mismo, el único lugar donde la verdadera humanidad puede dar frutos. Por eso no sorprende que el último plano, que corresponde a una metafórica salida del laberinto, se ruede en un esplendoroso paraje natural, donde la conexión con la naturaleza permite, al mismo tiempo, una auténtica y sólida conexión con el Otro. 



SONG TO SONG

Dirección: Terrence Malick.

Reparto: Michael Fassbender, Ryan Gosling, Rooney Mara, Natalie Portman, Cate Blanchett, Val Kilmer, Trevante Rhodes, Angela Bettis, Bérénice Marlohe, Florence Welch.

Género: drama. Estados Unidos, 2017.

Duración: 129 minutos.


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