Cómo orientar la denuncia feminista

Yago Paris


«Si naces mujer, estás jodida»: ese parece ser el eje subtextual en torno al que gira Nunca, casi nunca, a veces, siempre, la última película de la directora Eliza Hittman. En la primera mitad del metraje, la joven Autumn (Sidney Flanigan) presencia o sufre una serie de situaciones cotidianas cargadas de actitudes machistas. En una actuación del instituto, un compañero de clase interrumpe su performance llamándola «zorra», y  esa misma noche, el mismo chico la vuelve a acosar cuando coinciden en un restaurante. Previamente su padre, carente de cualquier pizca de empatía, es incapaz de felicitarla por su actuación porque considera que siempre está de morros y es una niñata consentida. Al mismo tiempo, su progenitor también emplea la palabra «zorra», esta vez mientras juega con la perra de la familia, diciendo de ella que le gusta que la llamen así y que es «una chica fácil». La protagonista trabaja con su prima Skylar (Talia Ryder) como cajera de supermercado y también debe sufrir una serie de comportamientos despreciables por parte del supervisor. Cuando le entregan el dinero recaudado durante la jornada, este las coge de las manos y se las besa de manera repulsiva; y cuando un día Autumn solicita irse a casa antes de que finalice su jornada laborar, debido a que se encuentra indispuesta, el jefe se niega a darle permiso. 

Por si fuera poco, el problema principal de la protagonista es que se ha quedado embarazada accidentalmente, por lo que debe viajar de su pueblo natal de Pennsylvania a Nueva York en busca de una clínica donde se practiquen abortos a menores sin el consentimiento paterno. La joven, acompañada por su prima, no podrá librarse de la perniciosa influencia masculina ni en el trayecto en autobús, pues un joven comienza a hablar con ellas, insiste en mantener la conversación a pesar de las evidentes señales de desinterés e incomodidad que estas muestran y no para hasta que consigue el número de teléfono de Skylar. La cumbre de la indecencia sucede en otro trayecto, esta vez en metro y a altas horas de la noche, cuando un hombre trajeado las mira lascivamente y comienza a masturbarse enfrente de ellas.

Este catálogo de lo peor de la conducta masculina se manifiesta en el filme de manera concatenada, transcurriendo en apenas un par de días —unos cincuenta minutos de metraje. Ni uno solo de los hombres que aparece en el filme muestra un ápice, no ya de consideración hacia a las mujeres, sino de mera humanidad; y esto es así porque la autora los utiliza abiertamente como herramientas con las que construir un discurso burdo y superficial que apenas aporta luz al problema del machismo, pero con el que le resulta sencillo granjearse la aprobación masiva del público actual, a quien se le envía un mensaje obvio y recibe ya cerrada la conclusión que debe sacarse en cada escena. Algo se está haciendo rematadamente mal cuando la solidez del relato —y, en este caso, la verosimilitud de una historia con evidentes aspiraciones realistas— da exactamente igual y solo proporciona un discurso ideológico acorde a la sensibilidad de lo políticamente correcto y, además, con la trascendencia y la reflexión de una pancarta de manifestación.

Ahora bien, la película no termina a los cincuenta minutos. Es extrañísimo y fascinante lo que ocurre después en Nunca, casi nunca, a veces, siempre. Si la primera mitad es un derroche de obviedad autocomplaciente, la segunda es una reformulación de la denuncia feminista en clave sutil y, todavía más importante, cinematográficamente valiosa. Cabe destacar la manera en que se muestran las trabas burocráticas de las gestiones para el aborto o la manera en que Skylar, presa de la desesperación —pues a las chicas se les está acabando el dinero—, se ve forzada a fingir interés por el citado chico del autobús y, en cierto modo, a vender su cuerpo a cambio de dinero con el que poder financiar el resto de la odisea que afrontan las protagonistas. En esta parte del relato priman la fineza y la sagacidad en la exposición de las problemáticas dobleces de la interacción humana, así como en el uso de ideas visuales de valor fílmico —por ejemplo, cómo se muestra el apoyo moral que Autumn le ofrece a Skylar mientras esta deja que el chico la bese. 

Pero la escena más poderosa, con diferencia, es una que transcurre durante uno de los trámites para la interrupción del embarazo, y que da título a la cinta. Autumn debe responder a una serie de preguntas que le formula una asistente social, para asegurarse de que la joven no se encuentra en peligro. Las cuestiones abordan temas relacionados con el maltrato físico o psicológico. La joven debe valorar la frecuencia con que las afirmaciones propuestas tienen lugar en su vida: nunca, casi nunca, a veces o siempre. El proceso burocrático aparentemente irrelevante da lugar, de manera inesperada, a una ruptura de la gelidez de la protagonista, que manifiesta evidentes signos de trauma. Mediante un poderoso control del ritmo interno del fragmento, una portentosa actuación de la protagonista —la escena consiste casi íntegramente en un primer plano, sin corte, de la actriz— y un inteligente manejo de la información —lo que la protagonista dice y cómo lo dice, pero sobre todo lo que no es capaz de articular, debido a su bloqueo emocional—, Eliza Hittman gesta una escena brillante, de mucho mayor calado crítico y capacidad para la comprensión del machismo y la empatía hacia sus víctimas que lo que se narra en la primera parte del relato. Y,  al mismo tiempo, es estimulante desde el punto de vista cinematográfico. Resulta apasionante que la misma directora haya sido capaz de ofrecer dos aproximaciones tan antagónicas y que no parezca haber reparado en la contradicción que ello supone. 



NUNCA, CASI NUNCA, A VECES, SIEMPRE

Dirección: Eliza Hittman.

Reparto: Sidney Flanigan, Talia Ryder, Théodore Pellerin, Ryan Eggold, Sharon Van Etten, Drew Seltzer, Lester Greene, Kim Rios Lin, Luz Ozuna, Brett Puglisi.

Género: drama. Estados Unidos, 2020.

Duración: 101 minutos.


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