El relato posmoderno

Yago Paris


La última vez que vi Pulp Fiction me propuse el siguiente juego: capturar fotogramas para que, en caso de mostrarlos después de manera descontextualizada, quien los observase no reconociera con facilidad de qué película se trata. Lo que concluí es que las únicas imágenes que se podrían utilizar eran planos de situación, primeros planos de extras con frase o planos detalle de ciertos objetos —de hecho, no de todos, como en el caso del maletín o el reloj de pulsera, dos objetos relevantes para la trama. Es decir, la práctica totalidad del filme se ha convertido en un absoluto icono pop, reconocible por cualquier espectador. El segundo largometraje de Quentin Tarantino, disponible en gran cantidad de plataformas de vídeo bajo demanda, pasó a la historia de manera fulgurante y sigue siendo una referencia indiscutible del panorama actual cinematográfico. Aunque ganó la Palma de Oro a la mejor película en el festival de Cannes y el óscar al mejor guion original, la clave de su trascendencia cultural se debe a que se ha convertido en una de las piedras angulares de la cinefilia moderna. En plena explosión posmoderna de los años noventa, su juego con los estándares del cine negro, mezclando comedia con thriller, reformulando los lugares comunes del género y experimentando con los patrones de la narración, la cinta se convirtió en un caramelo irresistible para los amantes del séptimo arte. Al mismo tiempo, y casi como algo todavía más importante, supuso el despertar cinéfilo de una nueva generación de espectadores —entre los que me encuentro— que, gracias a la inventiva de Tarantino, descubrió que existía otra manera de hacer cine.

Parece incuestionable que uno de los aspectos fundamentales que han convertido Pulp Fiction en una película de culto universal es su estética. El carisma arrollador de los mafiosos protagonistas, vestidos de traje mientras asesinan a quienes se interponen en el camino de su jefe, el formidable uso de la banda sonora, que refuerza el ritmo de la portentosa narración en imágenes, o el uso de la violencia como espectáculo visual despojado de cualquier lectura moralista, son pilares fundamentales de unas imágenes magnéticas. Pero centrarse en el plano formal implicaría dejar fuera de la ecuación el elemento fundamental de la función: el guion. El cineasta firma el texto que vertebra la película, cuyo atractivo incluso supera al de sus imágenes. Este se manifiesta en un nivel superficial en los diálogos, uno de los aspectos más recordados por el público, que generación tras generación memoriza los discursos lapidarios de sus personajes o se maravilla con la asombrosa capacidad del guionista para hilar una montaña de palabrotas que convierten la agresividad en una fuente de humor.

Sin embargo, en un nivel más profundo aparecen ciertos aspectos de la estructura del relato. Se suele alabar de manera inmediata su circularidad, pero, más allá de lo gozoso que es ver cómo se altera el orden cronológico del relato, resulta imprescindible señalar que no pasa de ser un truco virtuoso, tan llamativo como los citados diálogos. Un aspecto del que quizás se hable menos, y cuya aportación a la dinámica del filme y al acto de narrar es significativamente superior al de la circularidad, consiste en la separación de la trama en capítulos. Si se hubiera narrado de manera cronológica, el resultado sería el de una historia coral, con diferentes protagonistas y secundarios cuyas vidas se entrecruzan de diferentes maneras a lo largo del metraje. Estos personajes son Vincent (John Travolta) y Jules (Samuel L. Jackson), dos gánsteres que andan en busca de un maletín para su jefe, Marcellus Wallace (Ving Rhames). El primero de ellos debe entretener a la mujer de su superior, Mia Wallace (Uma Thurman), durante una noche, en un plan que se parece peligrosamente a una cita. Alrededor de este núcleo de personajes se mueve Butch (Bruce Willis), un boxeador que ha pactado con Marcellus que se dejará ganar en un combate amañado.

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El cineasta conoce las leyes del guion clásico de Hollywood, que defienden la necesidad de contar con un personaje principal, con una motivación que provoque sus actos, dando lugar a un arco dramático. El autor enfatiza esta división mediante la inclusión de una serie de títulos, que dan nombre a las diferentes tramas. Vincent Vega y la mujer de Marcellus Wallace coloca al personaje de Travolta como protagonista, y, aunque se observen ciertos aspectos de su vida criminal, el relato gira en torno a la espinosa tarea que se le ha encomendado, pues debe ser capaz de entretener lo suficiente a la mujer de su superior como para que esta quede satisfecha, pero no lo suficiente como para que se generen suspicacias sobre un posible flirteo, lo que desataría la furia de Marcellus. El reloj de oro aborda el plan secreto de Butch, quien secretamente ha apostado en contra de su jefe y piensa ganar el combate, lo que provocará que Vincent y el propio Marcellus vayan tras él para matarlo. La situación de Bonnie narra el tránsito de Jules de la criminalidad al camino del bien, tras haber presenciado lo que, bajo su punto de vista, es un milagro. Por el camino, un desafortunado incidente con Vincent los llev, manchados de sangre a tener que deshacerse de un cadáver y un coche.

Esta estructuración del relato evidencia la separación entre personajes principales y secundarios, así como el rol cambiante de estos en función de la trama en la que intervienen. Así, por ejemplo, el narrador ofrece visiones bien diferenciadas de dos personajes que protagonizan una buena parte del metraje juntos como Vincent y Jules, cada uno de los cuales funciona como protagonista en su respectivo hilo narrativo y como secundario en el de su compañero. De una forma pomposa pero efectiva, en realidad más convencional de lo que en primera instancia podría parecer, Tarantino expone un relato en palabras que acapara la atención del público.

Esta situación debería, en realidad, encender ciertas alarmas en el análisis cinematográfico, puesto que el tratamiento del guion relega a la puesta en escena a un plano secundario. Esto en ningún caso significa que las imágenes que crea el autor estadounidense carezcan de valor. De hecho, la citada iconicidad en buena medida se debe a estas, como se observa en formidables escenas como la de la competición de baile o la que transcurre en el sótano de una tienda. Sin embargo, en última instancia, estas sucumben a la presencia del guion, a la necesidad de contar una historia. Esto es especialmente significativo si, analizando en retrospectiva la filmografía del cineasta, se observa que, con diferencia, la cinta mejor considerada es precisamente Pulp Fiction. Teniendo en cuenta que nos encontramos ante el responsable de ejercicios maestros del arte de la imagen en movimiento como Kill Bill volumen I o Death Proof, o de propuestas narrativas cuya complejidad se encuentra más en los subtextos que en el relato en sí, como Érase una vez en…Hollywood —atención a la apabullante escena donde el personaje de Sharon Tate se ve a sí misma en la pantalla de un cine—, sería necesario preguntarse, al igual que propuse en el caso de La princesa Mononoke, por qué, al igual que ocurre con el legado de Hayao Miyazaki, la película más destacada de Quentin Tarantino es una que se fundamenta en el relato.


Puedes ver PULP FICTION en Movistar


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PULP FICTION

Dirección: Quentin Tarantino.

Reparto: John Travolta, Samuel L. Jackson, Uma Thurman, Bruce Willis, Ving Rhames, Harvey Keitel, Tim Roth, Amanda Plummer, María de Medeiros.

Género: neo-noir. Estados Unidos, 1994.

Duración: 153 minutos.

 


 

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