Un sentimiento de desconcierto

Santiago Alonso 


Con independencia del país donde residan, los narradores chinos de ultramar han hecho del desconcierto una de sus obsesiones principales, pues los cambios han situado a su pueblo durante las últimas décadas en un impreciso punto medio entre el pasado y el presente. La escritora Yiyun Li, afincada en Estados Unidos, lo reflejó con sobriedad pero sin cortapisas en su primera y alabada obra, Los buenos deseos (2005). Este volumen de relatos —del cual Wayne Wang extrajo un par de ellos para rodar su particular díptico sobre el tema, Mil años de oración y La princesa de Nebraska— tiene por protagonistas a personas que deben aprender a vivir tanto dentro como fuera de China según unas nuevas reglas que a menudo despojan de sentido a las maneras antiguas que pautaban antes su vida. En el libro aparecen una madre y una hija enfrentadas por el noviazgo de la segunda; un padre bastante mayor que viaja por primera vez al otro lado del Pacífico para visitar a su hija; un chico que vuelve a su tierra y descubre que su madre, antaño una acérrima maoísta, se ha convertido al catolicismo; una joven embarazada que pasa unos días en Chicago porque allí planea dar en adopción a su hijo y está acompañada por un compatriota homosexual represaliado… Los patrones con los que Yiyun Li confecciona sus personajes son precisamente los mismos que vamos a encontrar en Un perro ladrando a la luna, la sorprendente puesta de largo de Lisa Zi Xiang , una directora y guionista pequinesa formada en Los Ángeles que ahora vive en España. Este drama tiene como protagonista a una joven escritora china (Nan Ji) que, en compañía de su marido estadounidense, vuelve a su país natal para dar a luz, una decisión con un reverso muy negativo: el reencuentro con sus padres, dos seres sumamente desdichados, la pondrá otra vez frente a unos demonios familiares que ni mucho menos se han extinguido con el paso del tiempo.

En la cinta palpita un constante sentimiento de convulsión, una característica que asimismo ha condicionado un poco el proyecto en sí por las vicisitudes de Lisa Zi Xiang y el productor José Val Bal para sacarlo adelante (véase despiece informativo más abajo). Desde el punto de vista expresivo se apuesta por planos estáticos , casi todos generales, donde siempre se trasluce una fuerte idea de desequilibrio aunque los elementos se agrupen de manera simétrica o, en cualquier caso, mediante una cuidada armonía compositiva. A veces se debe a la tensión derivada de las intervenciones de la madre (Naren Hua), una persona cuya toxicidad siempre ha condicionado a los demás; otras veces a los flashbacks que revelan las raíces del drama, volviendo al noviazgo de los padres y a la niñez de la protagonista, o al tratamiento visual con el que se representa al padre, a menudo de manera velada, algo que está en concordancia con su personaje, alguien a quien no se le permite mostrar su homosexualidad.

La represión de los deseos amatorios no normativos a ojos de la comunidad es el asunto principal de una película en la que la directora también saca a relucir otros como la importancia social del matrimonio, la necesidad de huir cuando te ha caído en suerte una familia disfuncional o la proliferación de las sectas en sociedades particularmente sacudidas por los cambios. Los temas se van engarzando, secuencia tras secuencia, con un pulso narrativo un tanto parsimonioso, mientras que se prima la observación de las reacciones de los personajes antes que el desarrollo gradual de la trama, más o menos perfilada desde el principio. Además, Un perro ladrando a la luna posee una impronta muy literaria que se manifiesta a veces en ciertos diálogos que por su naturaleza parecen sacados de una novela. Esto último, sin embargo, no es algo necesariamente negativo —quizás el mayor pero que cabe ponerle a la narración es lo desdibujados que, pese a todo, quedan algunos personajes masculinos, amén de otros aspectos— porque Lisa Zi Xiang consigue articular un concepto cinematográfico bastante personal, donde ni siquiera desentona la ruptura con la representación realista durante las tres o cuatro secuencias rodadas sobre un escenario teatral. De hecho, esta mixtura general contribuye a intensificar la convulsión y el desconcierto experimentados por esta joven china en la relación con su madre: parece que como hija vino a un mundo y un lugar equivocados, pero no quiere lo mismo, ahora que ella misma va a convertirse en madre, para la criatura a punto de nacer.


Puedes ver Un perro ladrando a la luna en FILMIN



Una película sin papeles

Para recibir el visto bueno de la censura en su país, Lisa Zi Yang presentó la sinopsis de Un perro ladrando a la luna donde escribía un simple «amante» en referencia al novio del padre de la protagonista. Gracias a este juego de palabras, obtuvo todos los permisos necesarios para filmar en China, con capital privado de ese país y también español. Y para evitar cualquier tipo de incidente que afectará al proyecto una vez estuviera todo el material rodado, el productor José Val Bal, que también ha sido el director de fotografía, decidió llevar la posproducción a España.

Los problemas, sin embargo, vinieron con la obra ya terminada. Cuando se presentó en Berlín, donde ganó el premio Teddy del Jurado (el galardón destinado a películas con temática LGBT), se hizo sin el conocimiento previo del delegado del gobierno chino. Así, aunque sacrificaron la oportunidad de la distribución en el país asiático, donde los festivales y las salas que la han proyectado han sido multados, se aseguraban la difusión internacional. Más tarde, a efectos de poder asignarle una nacionalidad oficial a la película, se intentó que la reconociera España, pero para ello la Ley de Cine de nuestro país dispone que haya un 75% de participación nacional o comunitaria. El ICAA denegó la solicitud.


 

UN PERRO LADRANDO A LA LUNA

Dirección: Lisa Zi Xiang.

Intérpretes: Nan Ji, Naren Hua, Ming Xin.

Género: drama. (China, España) 2019.

Duración: 107 minutos.

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