La impunidad machista

Santiago Alonso 


No conviene olvidar la importancia de una película como El hombre invisible (1933) de James Whale y el concepto de sus revolucionarios efectos especiales: un arte recién creado, como quien dice, cuya magia se basaba en la animación de imágenes fotográficas, plasmaba también lo que no se podía ver. Después, en lo que respecta al argumento, la adaptación de la novela de H. G. Wells  explotaba la impetuosa premisa de cómo un gran descubrimiento y el poder que se deriva de este fomenta los comportamientos autoritarios. Lo expresaba Claude Rains a las mil maravillas cuando desvelaba su condición ante los asustados habitantes del pueblo donde se alojaba el personaje: «¡Un hombre invisible puede dominar el mundo! ¡Nadie lo ve llegar ni marcharse! ¡Puede destapar todos los secretos! ¡Puede robar, violar y matar!». Paul Verhoeven apuntaba con fuerza hacia estos últimos aspectos en El hombre sin sombra (2000), una especie de remake pirata, mientras que John Carpenter (1992), pocos años antes, había tomado una senda muy distinta con Memorias de un hombre invisible, un trabajo que no había por dónde cogerlo. Y ahora Leigh Whannell, encargado de resucitar este célebre monstruo de la Universal, ha decidido ajustarse a las directrices de siempre. La novedad la encontramos en la idiosincrasia del villano, un abusador machista hasta límites patológicos, y en el que el protagonismo es para la víctima, su pareja maltratada.

Whannell se las arregla, independientemente de la técnica empleada, con los sencillos elementos formales que antaño sirvieron para rodar la invisibilidad, sin añadir nuevos conceptos visuales ni recargar la imagen con mucha intervención digital. Y esto se agradece. Si acaso, el realizador amolda la planificación al estilo de suspense que tiene la saga Insidious, que escribió (y cuya tercera entrega también dirigió), y está caracterizado por cierta tendencia a la morosidad del tempo narrativo en los momentos electrizantes. Es curioso que la puesta en escena del prólogo, con la protagonista huyendo de la casa de su maltratador, explica a la perfección el acoso por parte de alguien que no vemos, pero de quien sí sentimos su omnipresencia… aunque la paradoja está en que todavía no ha conseguido la fantástica capacidad por la que se distinguirá a continuación. Esos seis o siete primeros minutos ya han contado muy bien la película y, en realidad, las casi dos horas siguientes son variaciones sobre el mismo tema. El hombre invisible de 2020 tiene una duración un tanto excesiva para la escasa sustancia que al final contiene, pero convence cuando retrata a una superviviente de un psicópata patriarcal.



 

EL HOMBRE INVISIBLE

Dirección: Leight Whannell.

Intérpretes: Elisabeth Moss, Aldis Hodge, Storm Reid, Harriet Dyer.

Género: terror. Estados Unidos, 2020.

Duración: 124 minutos.

 


 

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