¡Arderéis en el infierno, pecadores!

Santiago Alonso 


Ya que el cartel promocional lo recalca en un lugar bien visible y, sobre todo, que el veteranísimo Krzrisztof Zanussi revela en los imponentes títulos de crédito posteriores al prólogo por donde van a ir los tiros —no con palabras sino con una cámara que recorre al detalle el tríptico de El Juicio Final (1466-1473) de Hans Memling—, tenemos permiso para indicar que Éter es una nueva relectura (aunque no de índole muy contemporánea) del mito de Fausto. Adiós el factor sorpresa, pues se trata de un hecho que sale a la luz ya demasiado avanzado el metraje y divide la obra en dos partes bien diferenciadas: «La historia conocida», primero; «La historia secreta», después, como extensísima coda que vuelve, completa y, en realidad, da sentido a todo lo visto previamente. Pero seguro que esta faena que se le hace al público no le importa nada a Zanussi porque no interfiere en el propósito adoctrinador de su mirada católica hacia temas como el mal y la tentación diabólica que se halla tanto en el poder como en la ciencia.

Si alguien esperaba, por lo tanto, disfrutar de una sugerente propuesta de género fantástico al estilo europeo, con independencia de la religiosidad o no del autor que la haya ideado, conviene avisarle desde el principio de que se llevará un chasco. Al espectador le han colocado delante un sermón que ni más ni menos se ajusta a la labor ejercida por el Consejo Pontificio para la Cultura del Vaticano, dicasterio de la curia romana al que está unido el director polaco. Para entendernos, la cinta sigue lo indicado en la carta de Juan Pablo II por la que se instituía dicho organismo: «La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe… Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida». Traducido a un lenguaje sin rodeos: si la gente no viene a la Iglesia, llevemos la Iglesia a la gente.

¿Y qué cuenta el largometraje? El protagonista, médico de profesión, asesina a la chica a la que pretende violar cuando se le va la mano con el éter que emplea para adormecerla. Aunque lo condenan a muerte, en el último momento le conmutan la pena por un exilio forzoso en una plaza militar de Centroeuropa, todavía bajo el dominio del Imperio austrohúngaro. Allí, inmerso en un ambiente decadente y de miseria castrense, deberá ejercer su profesión, circunstancia que aprovecha para seguir investigando, prácticamente con total impunidad, sobre la sustancia etílica que es una poderosa arma de control sobre los demás.

Llevando la premisa a un mundo en vísperas de la Primera Guerra Mundial, Zanussi plantea el retrato de un miserable sin valores cuyo mayor pecado, según la visión de autor, es un instinto científico desaforado que destruye en el personaje cualquier rastro de humanidad y espiritualidad, hasta arrastrar su alma hacia una insalvable perdición. El aire tenebroso, la perpetua tonalidad gris y la sensación de frialdad que no abandona en ningún momento la pantalla, al menos durante toda la parte correspondiente a «La historia conocida», hacen de Éter una película tremendamente áspera, inhóspita incluso, y llena de angustia. Está claro que con ello el cineasta no persigue otro objetivo que aterrorizar a la feligresía, perdón, queríamos decir al público, y advertir de los castigos eternos que les espera a quienes se aparten del camino.

Tanta ansia por fijar un mensaje pastoral tiene como damnificado más inmediato el relato en sí, porque su desarrollo se dispersa, sin que se concreten en ningún momento los temas, la reflexión metafísica o, mismamente, las motivaciones del personaje, así como el resultado de las investigaciones que lleva a cabo. Después, a quien le guste el cine fantástico y turbio apreciará el impacto atmosférico, pero es difícil que le digan mucho las trazas de mad doctor gótico que se gasta el protagonista, pues resulta, desde el punto de vista narrativo, una cáscara vacía. Y, por último, cabría preguntarle a un practicante sereno si tanta ortodoxia castigadora le atrae o constituye un motivo de rechazo. Éter cumple la misma función de ese arte plástico católico que mediante el culto a la violencia y la degradación, colgado de las paredes de las iglesias, imponía la «verdad» provocando lágrimas, aflicción y dolor en el pueblo. Una función, por fortuna, propia de otros tiempos.



 

ÉTER

Dirección: Krzrisztof Zanussi.

Intérpretes: Jacek Poniedzialek, Ostap Vakulyuk, Andrzej Chyra, Malgorzata Pritulak.

Género: drama. Polonia, Ucrania, Lituania, Italia, Hungría, 2018.

Duración: 118 minutos.

 


 

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