Esa frágil y menuda humanidad

Jesús Cuéllar


En Ha nacido una estrella de George Cukor, una de las cumbres interpretativas de Judy Garland, Vicki Lester, el personaje interpretado por la diva, le pregunta a su productor y amigo Oliver Niles (Charles Bickford) por qué se autodestruye la gente. Ambos pensaban en Norman Maine (James Mason), marido de Vicki en la película. Pero es muy posible que la Garland de carne y hueso también estuviera pensando en ella misma, víctima, aún en su apogeo, de todo tipo de adicciones, problemas mentales y reveses sentimentales.

Y ese es precisamente el escenario elegido por Judy, el biopic dedicado a la gran estrella estadounidense. Siguiendo el guión elaborado por Tom Edge a partir de su propia obra teatral (que en Madrid interpretó hace años Natalia Dicenta), Judy se centra en el tramo final de ese camino de autodestrucción. En sus últimos meses de vida en Londres, Judy Garland, entre pastillas, discusiones con su exmarido Sidney Luft por la custodia de sus hijos y problemas económicos y laborales, intentó por enésima vez reiventarse. El trágico final ya lo sabemos y Judy tampoco escatima las explicaciones de esa situación de deterioro irreversible.

Mediante flashbacks constantes que se intercalan con los azarosos días londinenses de la estrella (una desventurada serie de conciertos en el Talk of the Town durante 1969, pocos meses antes de su muerte), asistimos al rodaje de El mago de Oz y sabemos de las penalidades que el cruel Louis B. Mayer le hizo pasar a una Judy aún adolescente. De este modo, la película dirigida por Rupert Goold pretende explicarnos por qué esa mujer que aparentemente llegó a tenerlo todo —fama, dinero, reconocimiento, éxito profesional—, nunca llegó a aceptarse plenamente tal como era ni a reconciliarse consigo misma. Sin embargo, al reducir la realidad de una artista tan polifacética a su declive y a las supuestas, pero esquemáticas, razones del mismo, Judy contribuye poco a la comprensión del personaje y aún menos a la de su obra.

Salta a la vista el gran esfuerzo interpretativo que ha realizado Renée Zellweger al encarnar a la diva (parece que prestando mucha atención a las cintas que en su día grabó Judy Garland con vistas a la redacción de una autobiografía que no llegó a publicarse), y logra trasmitir la fragilidad que siempre se cernió sobre Judy, la mujer, y también sobre la Garland, como se decía antes, la gran estrella de Hollywood. Sin embargo, resulta un tanto osado que Zellweger se haya atrevido a interpretar ella misma las clásicas canciones de Garland, y el registro actoral que acaba adoptando resulta, como el propio guión, excesivamente monocorde y sentimental.

Por otra parte, el retrato de esta Garland llegando al final del camino se resiente de una realización en exceso académica de Rupert Goold, director artístico del Almeida Theatre londinense, más versado en producciones shakespeareanianas (Hollow Crown) que en musicales. La presencia de actores británicos como Jessie Buckley en el papel de la asistente Rosalyn Wilder, de Michael Gambon o de Andy Nyman, pone de manifiesto el choque cultural (y también interpretativo), entre la exuberancia e incluso la altanería de las estrellas estadounidenses del cine clásico, y la distante pero eficaz contención de la escuela británica, que seguramente también captara personalmente Judy Garland en sus frecuentes estancias en la capital inglesa.

En la última escena de Judy, cuando la estrella, en contra de todo pronóstico, logra arrancar ovaciones a un público que tiene en su contra por sus desplantes y caprichos, esa Rosalyn que no ha sabido o querido llegar al personaje de carne y hueso que se desmorona entre bambalinas, sentencia: «No lo puede evitar». Quizá fuera así, quizá Judy Garland, a la que Louis B. Mayer llamaba sarcásticamente «jorobadita» y en la que Cabrera Infante veía cariñosamente una «menuda humanidad», no podía evitar emocionar a su público en una buena noche, ni quizá tampoco decepcionarlo como se decepcionaba a sí misma. Dialogando con las películas de Garland, que son al fin y al cabo su mejor retrato, porque en ellas vertió la actriz buena parte de su experiencia personal, Judy intenta perfilar una figura envuelta en claroscuros.



JUDY

Dirección: Rupert Goold.

Intérpretes: Renée Zellweger, Rufus Sewell, Michael Gambon, Finn Wittrock, Bella Ramsey, Jessie Buckley.

Género: biografía, drama. Reino Unido, 2019.

Duración: 118 minutos.

 


 

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