Horizontes perdidos

Jesús Cuéllar


En su segundo largometraje, el fotógrafo y cineasta suizo Germinal Roaux narra la historia de la adolescente etíope Fortuna, que llega a Europa como refugiada después de una peligrosa travesía por el Mediterráneo, y acaba recalando sola en un monasterio de los Alpes suizos. El guión, escrito por el propio Roaux y por Claudia Gallo, se basa tanto en la historia real de una refugiada como en el acogimiento de solicitantes de asilo que realizó el monasterio suizo de Einsiedeln para compensar la falta de espacio en los espacios públicos. Sin embargo, Roaux, que en su primer largo, Left Foot, Right Foot (2013), no estrenado en España, relataba la problemática entrada en la madurez de una joven pareja, privada como la joven Fortuna de referentes parentales, no sólo muestra la vulnerable situación de una menor refugiada, también las crisis que suscita en su país de acogida y, en concreto, en la reducida y apartada congregación religiosa que le ofrece cobijo.

Filmada, como es habitual en Roaux, con una bellísima fotografía en blanco y negro, y un formato 1.33, el ritmo pausado, la sensibilidad narrativa y el paisaje agreste de Fortuna remiten al Ermanno Olmi de El tiempo se ha detenido. Los Alpes enmarcan en un entorno amenazador la triste historia de Fortuna, enfrentada también a una forzosa madurez, esta vez en un país extranjero y sin apoyo familiar, pero, al mismo tiempo, proporcionan un escenario lleno de pureza, no por azar elegido por los monjes para su retiro, y en el que los religiosos dirimen las contradicciones doctrinales y humanas que la presencia de los solicitantes de asilo suscita en su comunidad.

Roaux construye una protagonista de enorme fuerza vital (interpretada con gran economía de medios expresivos por Kidist Siyum, a quien ya habíamos visto en Efraín, de Yared Zeleke), que se rebela contra sus circunstancias y las imposiciones del entorno. Sin embargo, en todo momento los hombres adultos intentan determinar su destino: primero su novio Kabir, otro refugiado, y después su asistente social (Patrick d’Assumpçao) y el prior del monasterio (un imponente Bruno Ganz, en una de sus últimas interpretaciones), quienes, en una estremecedora pero sencilla escena, acabarán decidiendo por ella.

Roaux inicia y termina su película con las mismas imágenes, que remiten al origen rural de Fortuna en Etiopía —aunque ahora esté en los Alpes suizos—, y que plasman su desamparo y también la soledad que le impone su nuevo país. Manejando con soltura recursos simbólicos como los animales, la montaña o las aguas turbulentas con las que sueña recurrentemente la joven, Fortuna habla de una Europa que, en la respuesta que da a la llamada «crisis de los refugiados», está sufriendo una profunda «crisis de fe» y de identidad. Sin pretenderlo, Fortuna y las demás personas arrojadas a este lado del Mediterráneo vienen a alterar la paz que los monjes buscaban, unos Horizontes perdidos trastocados por la realidad exterior como los que captó Frank Capra en 1937. En esa metáfora radica gran parte de la fuerza de esta emocionante película.



 

FORTUNA

Dirección: Germinal Roaux.

Intérpretes: Kidist Siyum, Bruno Ganz, Patrick d’Assumçao, Stéphane Bissot.

Género: drama, Suiza, 2019.

Duración: 106 minutos.

 


 

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