El zombi es el público

Yago Paris


Una escena de transición a mitad de película, que podría entenderse como un simple chiste sin mayor trascendencia, recoge las claves creativas de Los muertos no mueren, la comedia de zombis que dirige Jim Jarmusch. En este fragmento se muestra cómo se comportan los muertos vivientes, que retornan a los lugares que frecuentaban con asiduidad en vida. Aparecen una tienda de cómics y chucherías o una farmacia, donde los cadáveres andantes reclaman sus golosinas o sus pastillas para dormir. A estos se suman otros, que caminan por la calle móvil en mano, buscando el acceso a internet. Teniendo en cuenta que en la cultura occidental el zombi habitualmente se ha entendido como una metáfora de la sociedad, lo sencillo sería interpretar que Jarmusch ha querido encuadrar su creación en los cánones del subgénero de terror, representando a sus criaturas en clave crítica, como seres adictos a la experiencia consumista y a las drogas legales.

Nada de esto desentonaría en una cinta de zombis, pero lo que propone el director de Paterson es algo diferente. Lejos de conformarse con la comodidad de seguir el patrón, el autor también muestra a un no-muerto queriendo recuperar su vieja costumbre  de tocar la guitarra —una conducta habitualmente entendida como positiva, de ámbito cultural y creativo— o a un grupo de estos seres tratando de acceder a una ferretería, con lo que derriba de una tacada todo el posible simbolismo crítico de la escena. Es cierto que sí que hay una intención de reflexión acerca de la sociedad actual, como se expresa en el tramo final de la cinta, pero, al mismo tiempo, como señala esta escena, Los muertos no mueren es algo diferente, inesperado y profundamente jarmuschiano.

En lo nuevo del cineasta estadounidense todo apunta a que se trata de una creación menor, incluso autocomplaciente: una visita a los lugares comunes de su filmografía —como señala Javier Ocaña en su crítica para El País, la extrañeza, la incomunicación, la morosidad, la repetición de diálogos y situaciones, o la reflexión metarreferencial y metacinematográfica— en compañía de habituales de su obra como Bill Murray, Tilda Swinton, Adam Driver, Tom Waits o Iggy Pop, y en clave de parodia ligera sin mayores pretensiones que jugar superficialmente con las claves del género. Nada de esto parece realmente incorrecto, pero, como ya ocurría con The Laundromat: dinero sucio, es difícil que creadores talentosos como Steven Soderbergh o el propio Jarmusch no ofrezcan algo de valor incluso cuando sus imágenes admiten de manera abierta que no pretenden trascender.

Así se entiende mejor Los muertos no mueren, una obra que, sin marcar un antes y un después en la filmografía de su autor, expone con rotundidad por qué es uno de los cineastas más importantes del panorama independiente estadounidense. Algo que se intuye en los detalles, en la mirada, en su capacidad para convertir lo rutinario en personal, y por tanto en valioso. La mezcla de estatismo autoparódico y constante gag a medio gas compone una atmósfera de ligereza que contrasta fuertemente con las escenas de violencia salvaje y explícita —mención especial a la escena en el diner, de escalofriante, por inesperada, visceralidad. La risa se congela y se entra en un terreno de incomodidad, donde uno debe interpretar el significado de las imágenes. ¿El filme ha dejado de ser una comedia?

Perlas de lo absurdo como el motivo que causa el despertar de los zombis —un fracking inmisericorde— o sus consecuencias —que siga siendo de día a las ocho de la noche— se suman a un constante anticlímax metatextual —el protagonista le anticipa al público el final de la historia porque, literalmente, ha leído el guion— tejen un universo que solo puede salir de la mente de un autor con las ideas tan claras como Jarmusch. Aunque el final verbaliza innecesariamente un significado que ya se podía extraer de las imágenes —la humanidad está condenada por ella misma; ya es una muerta en vida—, la idea en sí es imprescindible para comprender una posible lectura metacinematográfica y autorreferencial: en una época como la actual, donde se consume más producto audiovisual que nunca, muchas veces a modo de fagocitosis bulímica, y en la que la mirada ante lo que se observa parece más adormecida, más acrítica que nunca, ¿no somos nosotros acaso también zombis, que deglutimos cine como una droga más, sin detenernos a reflexionar acerca del valor de las imágenes?


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LOS MUERTOS NO MUEREN

Dirección: Jim Jarmusch.

Reparto: Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Chloë Sevigny, Steve Buscemi, Danny Glover, Caleb Landry Jones, Rosie Pérez, Iggy Pop, Sarah Driver, RZA, Selena Gomez, Carol Kane, Tom Waits.

Género: comedia de terror. Estados Unidos, 2019.

Duración: 103 minutos.

 


 

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