Obrar el milagro

Santiago Alonso 


En uno de los números seguramente más celebrados de Granujas a todo ritmo (1980), la visita de Jake y Elwood Blues a la iglesia baptista, los feligreses que asistían al oficio religioso daban rienda suelta a sus sentimientos de la manera más expresiva posible: coreaban sin cesar, bailaban bajo la influencia del frenesí y hasta daban piruetas en el aire cuando llegaban al punto más alto de su comunión con el Señor. La secuencia tomaba el góspel bajo una perspectiva propia del espectáculo cinematográfico coreografiado, pero eso no significaba que desentonara del todo con el funcionamiento de una misa real ni con el consciente discurso que construía John Landis respecto a la música negra popular del siglo XX, vista esta como una mezcla de tendencias y estilos con varios vasos comunicantes entre sí. La presencia de James Brown, protagonizando al pastor de almas, daba la idea de que a veces lo sacro y lo muy terrenal no están tan separados en el mundo de los cantos evangélicos. Y, sobre todo, debe señalarse que el responsable del arreglo y cointérprete de la canción, el clásico The Old Landmark, era el reverendo James Cleveland, auténtico factótum en el acercamiento del góspel tradicional a formas modernas como el jazz o el soul, como bien había demostrado años antes participando al lado de su mejor alumna, la extraordinaria Aretha Franklin, en Amazing Grace (1972), el álbum más vendido de la carrera de la cantante.

Hay al menos tres historias detrás del homónimo documental que se ahora se estrena. Durante el prólogo se recuerdan las circunstancias en las que se realizó el exitoso disco y su significado. Aretha era desde hacía tiempo la estrella femenina más rutilante del sello Atlantic y todo un referente para la comunidad negra. Tras Young, Gifted and Black (1971), la reina del soul decidió hacer un viaje a sus raíces (era hija del conocido ministro baptista C.L. Franklin) e irse a una iglesia a grabar durante dos días consecutivos, completamente en directo y con los asistentes ocupando los bancos del templo. El resultado fue un elepé que trasportaba a quien lo escuchaba a un auténtico cónclave religioso, que trascendía el género musical al cual se adscribía y que, según muchos críticos, permitió a Aretha llegar a lo más alto de su poderío vocal, mostrando unas capacidades que no podía conseguir en una grabación convencional.

Amazing Grace, la película, esconde también la historia de un error mayúsculo. Hasta ahora, pocos sabían que ambos conciertos habían sido rodados en su integridad por un equipo de cámaras en 16 mm, pues la idea consistía en elaborar al mismo tiempo un filme. A los mandos estaba Sidney Pollack, un grandísimo cineasta que no hizo los deberes cuando asumió un proyecto de estas características y, ¡ejem!, no se planteó cuestiones tan básicas como el uso de claquetas con la finalidad de poder sincronizar después la imagen y el sonido en cada toma. Ante una labor de montaje que habría llevado un tiempo inimaginable, amén de requerir una paciencia sobrehumana, el proyectó se canceló al final y el material se abandonó en un archivo.

Y he aquí, ahora, la tercera historia. La protagoniza un cineasta canadiense llamado Alan Elliott, que ha luchado por retomar el informe tesoro audiovisual que había en las 20 horas rodadas por Pollack y su equipo, hasta convertirlo en la esplendorosa pieza que por fin ha llegado a los cines. Ejemplo de cabezonería (hubo muchos abogados de por medio) y pasión inauditas que hay que agradecer (llegó a hipotecar su casa para sufragar la aventura), Elliott ha obrado el milagro y ha reconstruido hora y media de una ceremonia musical difícil de olvidar una vez que nos invita a disfrutar de ella. Tenemos un hueco privilegiado entre el público, los músicos, el coro y los operadores de cámara mientras Pollack se pasea ufano sin saber muy bien lo que hacer u ordenar.

Para quienes conozcan el disco y lo hayan disfrutado en el pasado, la cinta supone la mágica materialización en imágenes de una fuente inmensa de emociones que tiene como centro motor el carisma y la voz de Aretha. Y, en general, supone para cualquier espectador la prueba fehaciente de que el góspel probablemente plantee lo que es una canción de amor a lo divino en su versión más enérgica y sudorosa. Pero aún hay más, pues a partir del caos que consigue reorganizar Elliott, crea un documento con valor incluso etnográfico, devolviendo a la luz la captación in situ de una manifestación veraz de la cultura negra. Por cierto, en Amazing Grace también cantan The Old Landmark, lo que nos valdría para proponer un estudio comparativo con la escena de Granujas a todo ritmo    y apreciar cómo se moldea la representación de un número de película que proviene de una manifestación artística popular.



 

AMAZING GRACE

Dirección: Alan Elliott, Sidney Pollack.

Con Aretha Franklin, James Cleveland, Alexander Hamilton.

Género: documental musical. Estados Unidos, 2018.

Duración: 89 minutos.

 


 

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