El corazón espacial de las tinieblas

Daniel Pérez Pamies


Existen dos posibilidades: o estamos solos en el universo o no lo estamos.
Las dos son igual de aterradoras.

Arthur C. Clarke

 

En la tragedia Hércules Loco, Séneca el Joven escribía: Non est ad astra mollis e terris via. No hay camino fácil de la tierra a las estrellas. La frase se concentra en la locución latina Per aspera ad astra (a las estrellas a través de la dificultad), que adorna una de las placas de la estación espacial de Cabo Cañaveral en homenaje póstumo a la tripulación del Apolo I. Y ad astra, hacia las estrellas, es donde se dirige la misión espacial del astronauta Roy McBride (Brad Pitt) en la última película de James Gray.

En Ad Astra y 2001: Una odisea en el espacio (1968) todo comienza con la imagen de una alineación interplanetaria. Son dos propuestas simétricas que parten de un mismo principio visual para derivar en aproximaciones distintas a la ciencia ficción. La fanfarria del poema sinfónico Así habló Zaratustra de Richard Strauss anuncia el tono trascendental y grandilocuente de la cinta de Stanley Kubrick, mientras que en la película de Gray, la cámara continúa su movimiento en barrido para desvelar la escafandra espacial de McBride, en la que se refleja el paisaje espacial. Lo terrenal y lo cósmico coexisten en el mismo plano, en cierta manera proponiendo que todos los misterios del universo están contenidos en el ser humano, porque como bien indicó Manu Yáñez en su crónica desde Venecia, «cuando hablamos de ciencia ficción espacial, la última frontera es siempre la propia identidad». Sin renunciar a la aventura, con unas set pieces de acción eléctricas y unas persecuciones lunares dignas de una revisión a gravedad cero de Mad Max: Fury Road (2015), Ad Astra es el reverso intimista de la odisea cósmica de Kubrick. De forma más depurada que en Z, La ciudad perdida (2016), Gray contiene la expansividad de la exploración (en este caso espacial) con el dramatismo introspectivo de otras de sus películas anteriores como Two Lovers (2008), en la que el póster de 2001: Una odisea en el espacio ya decoraba la habitación del personaje de Joaquin Phoenix.

Pasado 2001, 2049 fue el año en que Denis Villeneuve decidió situar su secuela de Blade Runner. Ryan Gosling interpretaba al agente K en la línea de sus personajes taciturnos, una trayectoria prolongada en su siguiente proyecto, First Man (2018), donde daba vida a una versión atormentada del legendario astronauta Neil Armstrong. Ad Astra transcurre en un futuro cercano, sin determinar, pero su protagonista, Roy McBride enlaza en su figura los arquetipos de los dos personajes de Gosling. Él es el Übermensch descrito por Friedrich Nietzsche precisamente en su Así habló Zaratustra, el superhombre capaz de dirigir su propio destino: racional, con un estricto sentido del deber, y famoso por no exceder nunca las ochenta pulsaciones por minuto. Como el agente K, McBride está sometido a la evaluación permanente de un test psicotécnico. Como Armstrong, su vida está marcada por la distancia física y emocional. Por una parte, es una figura autorreflexiva y espectral heredera del protagonista de Solaris (1971) de Andrei Tarkovski. Por otra, es el héroe de acción soñado por el cine de Michael Bay y Clint Eastwood: miembro de las fuerzas armadas, de complexión atlética, capaz de pilotar una nave espacial sin ayuda… McBride podría descender de las mitologías de Armageddon (1998), donde Liv Tyler también hacía el papel de esposa desamparada, o de Space Cowboys (2000), en la que Tommy Lee Jones y Donald Sutherland ya interpretaban a una pareja de amigos astronautas.

Ad Astra está repleta de citas cinematográficas, aunque su referente más claro hay que buscarlo en la literatura. Cuando Joseph Conrad publicó en 1902 El corazón de las tinieblas, su novela se consolidaba como referente en la crítica al imperialismo occidental sobre África. Su adaptación cinematográfica más célebre, realizada en 1979 por Francis Ford Coppola bajo el título Apocalypse Now, volvía su mirada hacia Vietnam y contra el gobierno de los Estados Unidos. Ad Astra también relee de forma abierta la novela de Conrad ㅡcomo ha declarado en alguna ocasión el propio Grayㅡ, sin embargo, su radiografía apunta ya a un colonialismo interplanetario: la Luna se ha convertido en otro destino turístico, donde sus cráteres están ocupados por multinacionales y franquicias alimenticias. El capitalismo ha desplazado un poco más lejos la última frontera.

Pero El corazón de las tinieblas también es un estudio sobre la locura. Como un Charlie Marlow cosmonauta, el McBride de Ad Astra deberá adentrarse en los confines del universo para localizar una expedición espacial que, en su búsqueda obsesiva por descubrir vida en otros planetas, amenaza con destruir la del sistema solar. La travesía de McBride es una inmersión en el corazón de las tinieblas espaciales. Cuanto más se aleja de la calidez del sol y de la tierra, la luz y la existencia se van convirtiendo en espejismos, en proyecciones sobre muros de hormigón. La fotografía de Hoyte van Hoytema, que ya había explorado el universo en Interstellar (2014), se va oscureciendo con cada secuencia, y uno se siente más atrapado cuanto más lejos avanza la nave y cuanto más se adentra McBride en su pensamiento. En la epopeya espacial de Ad Astra no hay multiversos, ni agujeros de gusano, ni trascendentalismo exacerbado, sino un drama íntimo revestido de aventura espacial: una inmersión en los confines de la mente humana. La película de James Gray es, por supuesto, una revisión de El corazón de las tinieblas de Conrad, pero también es ese relato de William Faulkner publicado en 1936 y titulado precisamente Ad Astra, que comenzaba diciendo: «No sé muy bien qué éramos».



 

AD ASTRA

Dirección: James Gray.

Intérpretes: Brad Pitt, Liv Tyler, Tommy Lee Jones, Ruth Negga, Donald Shuterland.

Género: ciencia ficción. Estados Unidos, Brasil, China, 2019.

Duración: 122 minutos.

 


 

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