Yago Paris


Cuando se cumplen veinte años del estreno de Matrix, uno se puede preguntar qué ha hecho de esta película una obra fundamental de la cultura pop contemporánea. Mirando en retrospectiva, se encuentran infinidad de referencias a la entrega inicial de la trilogía, ya sea en homenajes explícitos en filmes posteriores o en parodias de su estilo, por no hablar directamente de cómo el filme ha influenciado de manera determinante en la manera de rodar cine de acción. Pero, más allá de la evidente presencia que dicha obra mantiene en nuestro presente, sería necesario preguntarse qué, concretamente, convierte esta cinta en imprescindible. La respuesta de quien esto escribe es: su capacidad para ser icónica en cada uno de sus fotogramas. 

Tomando como referencia la escena de batalla entre el protagonista, Neo (Keanu Reeves), y el antagonista, el agente Smith (Hugo Weaving), que tiene lugar en un andén de metro, resulta sencillo encontrar los elementos clave que definen el complejo y arrollador estilo que desarrollaron las hermanas Lana y Lilly Wachowski. El escenario se define por presentar una modernidad decadente donde la tecnología convive con la mugre, en gran medida gracias al gran uso de un filtro fotográfico que tiñe de verde todo el fotograma —influencias estéticas tomadas de Dark City (1998). También está la querencia por las artes marciales; y, en general, por un lenguaje visual sobrecargado, abundante en cambios radicales de ritmo, que es el resultado del recurrente uso de las cámaras lentas o las repentinas detenciones de la acción, que se filma desde diferentes puntos de vista —el ejemplo más famoso es el de Trinity (Carrie-Anne Moss) suspendida en el aire, a punto de dar una patada. Estos elementos definen una propuesta visual que aspira a la iconicidad en cada plano.

Podría parecer evidente que una película con los ingredientes de Matrix se haya convertido en un icono de los que traspasan la barrera de lo cinematográfico y se instauran en el imaginario colectivo. Sin embargo, si esto fuera así, todas las obras con características similares lo lograrían. En este caso concreto, la conclusión a la que llega este crítico es que el aspecto diferencial de la obra es su valentía para caminar por la cuerda floja. Porque, si uno se para a pensarlo, que dos personas se suspendan en el aire y comiencen a dispararse a cámara lenta, con las balas creando un rastro y un sendero de ondas de sonido en el aire, tiene todas las papeletas para resultar risible. Porque en pleno futuro, en una sociedad hipertecnificada, combatir empleando artes marciales y venciendo las reglas de la física, con increíbles saltos y velocísimas patadas, suena extrañísimo. Y sin embargo, lo que aparece en pantalla no lo es. A pesar de tener un estilo tan recargado, el gran valor de Matrix consiste en la capacidad de sus creadoras para hilar tan fino, creyendo tanto en el proyecto que, a través de una inmensa personalidad, transforman lo potencialmente ridículo en sublime.


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