Irene Bullock


Un guionista (Willian Holden) se encierra en un lujoso apartamento con un balcón que da a la torre Eiffel, pues según dice está puesta ahí para que él se acuerde siempre de dónde se encuentra. Este ha dicho a su productor (Noël Coward), que lo acribilla a telegramas y memorandos, que tiene ya 138 páginas de un guion de oro: La chica que robó la torre Eiffel. Es viernes y el domingo por la mañana el productor, que está enterado de su dudosa fama en la profesión, irá a recoger su guion. El atribulado guionista cuenta con unas horas para plasmar ese guion en papel… del cual no ha escrito ni una sola página. Para mecanografiar lo que no existe acude una joven mecanógrafa (Audrey Hepburn). Y los dos, enclaustrados entre cuatro paredes, darán rienda suelta a la imaginación… Esta puede ser una sinopsis simple y superficial de Encuentro en París (Paris, when it sizzles, Estados Unidos, 1964), de Richard Quine. Pero esta película encierra muchísimo más entre sus fotogramas. Es una pequeña, incomprendida y extraña joya cinematográfica que si se analiza con cuidado aporta un artefacto original de cine dentro del cine, además de  ser una comedia romántica con un fondo real. 

Richard Quine ofrece mil y un trucos para crear en poco tiempo un guion básico, con todas las claves para atrapar a los poderosos de la industria de Hollywood. Pero también, tras una aparente comedia chispeante, colorida, alegre, evasiva, disparatada…, etcétera, nace un drama, el drama de un guionista alcohólico que sabe que se ha vendido a la industria, que ya hace su trabajo sin pasión y de manera mecánica, pues solo le interesa mantener un nivel de vida para el que necesita dinero y más dinero . A la vez, Quine realiza un canto nostálgico y crepuscular al cine clásico, al cine de géneros, al star system, a un Hollywood condenado a desaparecer ante un cine nuevo influenciado por los aires europeos y las nuevas olas, con otra generación de actores, alejados de las viejas estrellas y más cercanos al Actors Studio, que sigue el método Stanislavski. Y esa visión propia la vuelca en una película donde la forma es la reina, arriesgada y atrevida. Como extra regala una de esas historias de amor que traspasan los fotogramas a través de sus dos actores principales, William Holden y Audrey Hepburn, que se habían conocido y enamorado diez años antes durante el rodaje de Sabrina, de Billy Wilder.

 Cómo crear un guion

Encuentro en París es el manual de cómo escribir un guion… que acaba en el fuego. Richard Benson, que así se llama este guionista estrella, descubre a la mecanógrafa Gabrielle Simpson los secretos para engatusar a un productor que le paga muy bien por su trabajo. Un título de impacto; unos títulos de crédito con una canción con la voz de moda, en aquel momento era Frank Sinatra, siempre seductor; y un arranque poderoso que sitúe la historia  con, a ser posible, un personaje protagonizado por una estrella de impacto como Marlene Dietrich. Richard  va a ir incorporando todas estas ideas a un manual que piensa elaborar en el futuro. Mientras crea, va tirando o desechando ideas por otras nuevas. Y el espectador puede ver cada una de ellas, pues Quine filma la mente de un guionista.

Al principio, mientras exhibe una fila de páginas en blanco delante de una alucinada Gabrielle, Benson le dice que en su película habrá comedia, romanticismo, aventura, suspense… Todo un cóctel de lo que normalmente funciona. Después le explica que hace falta un conflicto y distintos cambios, saltos, sorpresas y giros para mantener la atención del espectador hasta llegar al momento clímax y al esperadísimo y venerado beso entre los dos protagonistas.

Richard Quine no deja de jugar en este recorrido delicioso con los distintos éxitos de su estrella protagonista, Audrey Hepburn. Así, en un momento que Richard le describe a Gabrielle una secuencia final emocionante, en realidad, le está contando el beso bajo la lluvia con el que termina Desayuno con diamantes . O en otro, mientras está reflexionando con Gabrielle sobre una parte del guion, le suelta que si no le parece que hay muchas similitudes entre Frankenstein y My fair lady. El mismo guion que imaginan en unas horas tiene bastantes ingredientes y guiños similares a un reciente éxito de la actriz, Charada.

En un instante delicioso, cuando Richard está intentando exponer a Grabrielle cómo va a empezar su película y se corrige varias veces, se van vislumbrando las distintas posibilidades de arranque. Algo similar hará en 1979 Woody Allen en Manhattan. El personaje también explica distintas técnicas que sirven para hacer avanzar una historia, como el fundido a negro; o para evitar la censura cuando dos amantes pasan una noche de amor y lujuria…, y en vez de la tórrida secuencia de cama, los muestra jugando al parchís. Y se ve cómo la construcción del guion es una labor de arquitectura del texto, una lluvia de ideas e imaginación continua. Todo sirve de inspiración. Es más, Richard Benson, que se encuentra en crisis creativa, ve en Gabrielle Simpson un punto de partida, una oportunidad de encontrar aire fresco. Y, desde el principio, fantasea con la posibilidad de un futuro, de una salvación a través de la mecanógrafa; de que el encuentro  sea algo más que pura atracción física. De esta manera, empieza a fluir una historia donde el personaje guionista crea dos alter ego con sus rostros y, junto con Gabrielle, da vida a las aventuras de Rick y Gaby durante un día de fiesta en París, un 14 de julio.

Hay más guionistas y creadores de historias implicados de una manera u otra en Encuentro en París. El guion de la película de Richard Quine es del dramaturgo y guionista George Axelrod, responsable de guiones de éxito durante los cincuenta y principios de los sesenta como La tentación vive arriba, Desayuno con diamantes, Bus Stop o El mensajero del miedo. Y el personaje del productor,  Alexander Meyerheim, tiene el rostro del dramaturgo Noël Coward, que estuvo muy relacionado de distintas maneras con el mundo del cine. De hecho, algunas de sus obras adaptadas a la gran pantalla han dado clásicos como Una mujer para dos o Breve encuentro.

Pero lo más curioso es que a pesar de parecer una historia original, la película de Richard Quine se inspira en una película francesa de Julien Duvivier, La fête à Henriette, 1952. En ella se narran las tribulaciones de dos guionistas cuyo libreto es censurado, lo tienen que volver a escribir y, a pesar de estar estancados, deben crear una historia que llevar a la pantalla de cine. La idea surgió de Duvivier y su guionista Henri Jeanson.

 Canto nostálgico

Todo en Encuentro en París es un canto crepuscular y nostálgico a un tipo de cine. Al cine de géneros que surgía de las entrañas del sistema de estudios de Hollywood: a un modo de crear y contar historias. Una oda al cine de terror, al thriller, a la comedia romántica, al cine del Oeste y a la comedia pura y dura: a una manera de entender el cine como una forma de viajar a otros mundos, de divertirse, de evadirse, de soñar, de creer en la magia o en lo imposible…  Un cine donde las estrellas eran protagonistas , siempre con un magnetismo especial.

Por eso Richard Quine cuenta en su reparto con dos actores de la vieja escuela: William Holden, el Golden Boy, y Audrey Hepburn, elegante como una gacela.  Y, a la vez, cuenta con varias estrellas de cine clásico para distintos tipos de cameos, tanto visuales como auditivos: las voces de Frank Sinatra y Fred Astaire, el físico de Marlene Dietrich o de Mel Ferrer . Y aparece un maravilloso personaje secundario en la historia de Rick y Gaby que se rebela porque no quiere su papel (algo muy pirandelliano) y porque, además, todo el mundo le recuerda una y otra vez que su  protagonismo en la película no tiene importancia. Los demás personajes confunden su nombre o no valoran sus acciones. Y  este individuo tiene el rostro de Tony Curtis, que está divertídisimo. Hace una parodia de los actores que empleaban otros métodos de actuación, como el de Stanislavski, o de aquellos que buscaban otros horizontes interpretativos en las distintas olas europeas, sobre todo en la nouvelle vague. Precisamente, la mecanógrafa Gabrielle Simpson le explica a Benson que ha trabajado con uno de los nuevos directores, y esta le  detalla  una serie de títulos, que claramente se burlan del tipo de historia que interesa a las nuevas cinematografías, más cercanas a la realidad, a lo cotidiano, a los tiempos muertos que siempre se habían evitado filmar.

Sin embargo, en la película imaginada, con Rick y Gaby como protagonistas, no faltan persecuciones; y hasta en un momento dado aparecen unos indios en lo alto de una montaña. Hay romanticismo y erotismo, y una química entre ambos personajes que no se apaga, sino que se aviva cada vez más. Y una y otra vez hay giros sorprendentes en la historia y fundidos a negro. Y el guion imaginado termina siendo también cine dentro del cine, pues lo que se pretende «robar» son los rollos de una película de la cual no hay más copias y extorsionar a los productores para que paguen una cantidad desorbitada por su devolución.Rick va con Gaby hasta unos estudios de cine y se dirigen al despacho de un pez gordo; luego a una sala enorme con diferentes decorados. Y todo acaba con un emocionante final que parodia Casablanca. Pero antes, hay una fiesta en la cumbre de la torre Eiffel donde todos están disfrazados como si fueran figurantes de películas de romanos, del Oeste, de historias medievales, de terror con un doctor Jekyll y mister Hyde muy cinematográfico, y hasta hay un Charlot triste o unos hermanos Marx correteando.

Un drama en una sola secuencia

Pero el gran momento decisivo de Encuentro en París ocurre en una sola secuencia. Cuando ya está escrito el guion en tiempo récord, y Gabrielle se muestra en desacuerdo con el final trágico que tiene la historia con la que tan bien se lo ha pasado, se revela lo que ya habíamos intuido: un Richard Benson desencantado y cruel, desengañado con su profesión, que se sabe vendido a la industria y que sigue ahí por dinero y por su dependencia al alcohol. Un Richard Benson agotado, alcohólico, acabado y vencido; y, por todo eso, sin pelos en la lengua. Invita a Grabielle a que se aleje y se vaya, porque él nada tiene que ver con Rick, su alter ego. Le hace creer que todo ha sido un juego de seducción, nada más.. Y, sobre todo, le confiesa que lo que acaban de crear es un mal guion, una mala película para salir del paso, un trabajo del que no está satisfecho. Los grandes ojos de Gabrielle lo miran al borde de la lágrima; ella niega con la cabeza. La mujer solo puede decirle, aunque más tarde guarda silencio, que ella ha visto a otra persona durante estas horas. Que ella sí ha visto al creador de historias, al que sigue y encuentra soluciones ante las dificultades de la creación, a un hombre que se apasiona por su profesión… Pero Benson agotado y bebido se queda, por fin, callado y profundamente dormido. Richard Benson es como una evolución tragicómica de otro ilustre guionista, Joe Gillis (El crepúsculo de los dioses),  si no le hubiesen pegado un tiro y no hubiese acabado flotando en la piscina de una estrella de cine mudo. Los dos fueron interpretados por William Holden.

Una historia de amor más allá de la pantalla

Y con William Holden se llega al elemento extra de Encuentro en París cuando a veces no se distingue el cine de la vida. Éranse dos actores que se enamoraron durante el rodaje Sabrina. Vivieron un amor apasionado; la relación, incluso, tenía posibilidades de futuro. Según cuenta la leyenda de Hollywood, las ganas de ser madre de ella, y la imposibilidad de él, por una operación, de ser padre provocaron la ruptura. Diez años después volvieron a encontrarse en otra película. Él, más mayor y más alcohólico; ella, con el sueño cumplido de la maternidad, pero con  mala  suerte en su relación, pues nunca lograría ser feliz en su matrimonio con Mel Ferrer. Y, de pronto, es evidente que en la pantalla vuelve a surgir la química y el tremendo cariño que se tienen ambos. William Holden imprime a su guionista esa vulnerabilidad y ese problema con el alcohol que él mismo padecía. Y Audrey Hepburn mantiene la complicidad del pasado y unos ojos enormes que miran al hombre que una vez amó, sabiendo todo lo que él oculta en su interior. Hay un momento mágico en Encuentro en París, un simple gesto, donde  surge mucha verdad.

Grabielle está arreglándose en su dormitorio, después de una noche de trabajo y alcohol, mientras suena un disco con la canción de That face, que canta Fred Astaire. Ella sale del dormitorio y encuentra un camino de folios mecanografiados que la llevan hasta Richard, que está haciendo el pino en la pared. Este se levanta y estudia el rostro de la mujer que le gusta: sus ojos, sus labios, su sonrisa. Y baila con ella. Y Gabrielle se deja arrastrar. En un momento acaban detrás de una columna, a punto de darse un beso, y en primer plano sus manos se unen en un movimiento íntimo que parece improvisado por parte de los actores. Y siguen bailando hasta que él llega al tocadiscos, quita la canción, y le dice a ella que es una lástima que no estén escribiendo un musical.

El final feliz que no tuvieron Audrey Hepburn y William Holden, sí se lo permite Encuentro en París a los personajes de Gabrielle y Richard, que terminan en un primer plano y con el esperadísimo beso entre los dos, después de una carrera entre fuegos artificiales, y la posibilidad de un futuro juntos.



 

2 Comentarios »

  1. ¡Pero, me ha fallado la alerta de notificación que tengo para cada nueva entrada!
    Qué tentación esta película, leí con avidez tu texto querida Irene, pero al mismo tiempo no quise enterarme de demasiados detalles. Me estás llenando de películas pendientes, jeje.-
    Un beso grande, Bet.-

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  2. Amiga Bet, qué placer leerte. Encuentro en París es una película olvidada que, a mi parecer, esconde grandes sorpresas y se ve con gusto.
    ¡Viva las películas pendientes que nos quedan por descubrir!
    Un brindis
    Irene Bullock

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